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La virginidad es un modo de vida que nos une a Cristo para hacer la voluntad de Dios en nuestra vida, desde el amor y la donación de la persona.

Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el Reino de los Cielos. (Mateo 19, 12)

 

Con estas palabras del Evangelio de San Mateo, el Señor nos desvela parte de su persona. Él es el primero que se ha hecho eunuco por el Reino de los Cielos. Jesús ha tomado un modo de vida en virginidad. Y llama a algunos a seguir ese camino.

Nosotros vamos a seguir sus pasos, y considerar qué significa esta forma de vida en virginidad para cada uno de nosotros que vivimos en este siglo y en este mundo.

Lo primero que me atrevería a decir es que la virginidad es un estado de vida en el que la persona se entrega al Señor. Pero no es algo que se elige sino que es un don. Viene dado, se me da. Es un don para el seguimiento y la entrega de la vida.

Pero también cabe señalar que la virginidad es para y por algo: es por el Reino de los Cielos. El contenido de este Reino es el mismo Señor. La virginidad es por y para Cristo. Esta forma de vivir que asumió el Señor, tiene su plenitud en el Reino futuro pero ya la podemos acoger en el hoy y ahora de nuestro día a día.

Vivir en virginidad

La vida en virginidad es un don para otros. Es una llamada para vivir en la entrega, del cuerpo y de toda la persona. Es una invitación a darse al otro sin reservas. Es la acogida del dolor y el sufrimiento por cada hombre y de cada mujer.

La virginidad nos lleva a la unión con Cristo sin que medie la carne, pero desde la entrega de toda nuestra persona.

La virginidad nos lleva a unirnos a Dios Padre, para sabernos sus hijos, y así acoger en nuestra persona a todo hombre que sufre. La virginidad nos ayuda a vivir el misterio de la filiación, para amar a cada hombre con un amor sin reservas, como  Dios, que ama de forma incondicional a cada hombre.

La virginidad nos ayuda a vivir como esposas que se hacen uno con el Esposo, y a vivir en plenitud el don de la maternidad, que acoge a cada ser humano para llevarle la misma vida de Dios.

La virginidad es el modo más pleno de entregarse esponsalmente a la voluntad de Dios. Por eso la virginidad nos une plenamente a Cristo, acogiendo la misma vida que él vivió, en una entrega total y plena  al voluntad del Padre. Hace que podamos vivir haciendo de nuestra vida un fiat a la voluntad de Dios.

Así podemos señalar una persona que ha vivido en plenitud esa entrega al plan de Dios.

María, modelo de virginidad

María se convierte para la persona consagrada en el modelo de una vida en virginidad, porque ella vivió su vida desde la obediencia a lo que Dios le pedía.

La virginidad nos introduce en el don de la maternidad. Como María la persona consagrada se convierte en madre de cada hombre y de cada mujer. Por el don del Espíritu se prepara a vivir el don de la virginidad como una entrega que la hace ser madre, a imagen de María. Cada hombre se hace hijo. Su corazón abarca a todos. Ama al Señor, en exclusividad pero con una entrega al hermano que no tiene límites, ni fronteras.

 

Para seguir leyendo: https://institutohumanitate.org/el-sentido-de-la-virginidad/?utm_source=Instituto+Humanitate&utm_campaign=b8fd577e04-EMAIL_CAMPAIGN_2023_10_05_03_44&utm_medium=email&utm_term=0_-b8fd577e04-%5BLIST_EMAIL_ID%5D


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Manolo Fernández