

José Ramón López/ 9 febrero, 2024
Nuestra vida tiene que estar en constante renovación, y nuestros compromisos tienen que renovarse, revitalizarse. También el voto de castidad. Pero, ¿qué es la castidad? El Catecismo de la Iglesia Católica nos indica que la castidad integra la sexualidad en la persona, desarrolla el dominio de sí mismo e imita la pureza de Cristo y, además, en el caso de los consagrados, el celibato facilita de manera eminente la dedicación exclusiva a Dios (CCE 2337-2349).
No es un voto fácil de renovar en el sentido que queremos plantear en este artículo. El celibato se ejerce y se vive, pero primero hay que reflexionarlo y abrazarlo con libertad para darle sentido y agradecerlo. Agradecer la elección que hicimos hace años de imitar a Jesús, conscientes de las renuncias que conlleva y agradecer también los dones que esto ha supuesto en nuestra vida. No es exagerado decir que buena parte de nuestro bienestar depende de saber renunciar, con palabras de San Agustín, “La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos” (Confesiones, 10, 29; 40).
Vivimos en una cultura que nos invita todo el tiempo a conseguir y a acumular, no a renunciar, y ésta cultura cada vez nos ha contagiado más y en más profundidad, también a los religiosos. Pero haber renunciado a tener una pareja, una familia, a tener hijos y haberse comprometido a ser castos de por vida también genera frutos. Agradecer la disposición de un corazón libre de ataduras y otros amores para amar el único AMOR de nuestra vida.
En contraste con los mensajes que recibimos de la sociedad actual, vivir la castidad es ser testimonio y luz. Cuidar y alimentar el compromiso adquirido con Cristo, quizá hace ya muchísimos años, nos hace libres para amar y abrazar a los demás.