

Textos bíblicos de la misa del 6º domingo de pascua (A)
La providencia de Dios ha querido que comentemos su Palabra el 10 de mayo, el cumpleaños de mi “Papá”. El cumpleaños de «nuestro Jiménez».
Papá, los que tanto te quisimos cuando estabas con nosotros, te recordamos cada día, no necesitamos ocasiones especiales, pero es verdad que te recordamos especialmente en días como el de hoy, y me gustaría aprovechar la ocasión para que pensemos en nuestras familias y lo que de verdad, en lo profundo, significan.
En el Evangelio de hoy tenemos una de las grandes promesas de nuestro Dios, “No os dejaré huérfanos”: todos somos hijos de nuestros padres y todos somos Hijos de Dios.
Todos somos herederos en nuestras familias y a lo mejor no somos conscientes, pero todos somos herederos del Reino de Dios, y además este honor nos ha sido regalado, se nos ha dado gratuitamente.
Y que privilegiados somos de que nuestros padres, nuestra familia, haya sido el lugar en el que hayamos recibido ejemplo, en el que aprender la infinita bondad de Dios.
Cómo no recordar, papá, cuando gratuitamente llevabas a una madre a ver a su hijo que estaba en la cárcel, o acompañabas a tu prima a llevar a su hijo a rehabilitarse de la droga, o callabas y jamás criticabas a quien desde un punto de vista humano merecía críticas, o seguías visitando a quien lo necesitaba aunque no siempre fueras bien recibido.
Junto a mamá construisteis un hogar en el que todas las personas siempre eran bien recibidas, los miembros de Amigos de África, las familias de saharauis, los misioneros y Paquita Reche -Misionera de las Hnas. Blancas- te definió del siguiente modo “Tu padre es todo un San José”.
Siempre interesándote por la educación de tus cinco hijos primero y amando hasta el extremo a tus nueve nietos después. En todos ellos, en todos, sembraste un amor y un recuerdo que no se borrará jamás.
Nunca tuviste pereza para visitar a tu madre diariamente cuando fue mayor con gestos de cariño constantes, imposible olvidar cuando simplemente le cogías la mano para calentársela porque a sus 102 años se le quedaba fría.
Y sí, hace un ratito he mencionado a mamá es porque vosotros fuisteis para nosotros ejemplo único de esa frase que dice “los dos serán una sola carne”: los dos siempre unidos, sencillos, humildes, siempre haciendo el bien en lo cotidiano, siempre siendo reflejo del Amor de Dios en la tierra.
Leyendo la primera lectura de hoy te recuerdo: “El gentío escuchaba lo que decía Felipe por los signos que hacía”. Yo siempre digo que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, y tu forma de transmitir siempre fue esa, las únicas palabras aludiendo a Dios que te recordamos, porque las decías constantemente, era esa coletilla que repetías una y otra vez: “ SEÑOR TEN PIEDAD, CRISTO TEN PIEDAD”.
Todos somos hijos de nuestros padres y todos podríamos contar mil historias, y seguro que para todos los nuestros son especiales, y eso es reflejo de la gran promesa del Evangelio: todos somos Hijos de Dios y los hermanos con los que convivimos también tienen esa condición; haríamos bien en recordarlo cada día cuando nos crucemos con cualquier africano en un semáforo, cuando veamos un mendigo en la puerta del supermercado, cuando un conocido necesite una palabra de cariño… cada vez que tengamos la oportunidad de que los hermanos vean, a través de nosotros, a Dios, no por mérito nuestro, sino porque Él nos quiera utilizar.
«Y la ciudad se llenó de ALEGRÍA» (1ª lect.), porque cuando Cristo llega a nuestros hogares, a nuestras familias, a nuestros trabajos, a nuestras cofradías, todo se transforma en alegría, y esa alegría, si es verdadera, se contagia y se comparte.
Qué suerte tenemos todos por las familias en las que hemos crecido porque cada vez que vivimos amando, nuestra vida se transforma en verdadero testimonio.
No puedo acabar este texto que hoy he tenido el privilegio de escribir sin recordar, papá, las palabras que nos dijiste en nuestra última cena familiar, tres días antes de irte con el Padre, al bendecir la mesa: “Que siempre permanezcáis unidos”. Este es tu pueblo Señor, el que está llamado a siempre ser uno.
Mari Ángeles Jiménez
(junto a su esposo e hijos,
ya ha comentado Evangelio dominical en adviento y cuaresma)