

Nos enfrenta este Evangelio a uno de los grandes retos que los hijos de Dios tenemos que asumir en nuestra vida.
Nuestro Dios, un Dios omnipotente, todopoderoso, un Dios al que cada vez que necesitamos algo acudimos para pedirle por cosas materiales o por las personas a las que queremos, esas cosas con las que no podemos solos. Nuestro Dios … ¡Necesita de nosotros¡
El mismísimo Jesucristo se encuentra con una humilde Samaritana, mujer, que en aquel tiempo de la historia no valían nada, y de Samaria, un pueblo al que ni siquiera hablaban los judíos, una mujer que en aquel momento estaría a sus cosas del día a día y no pensaría en la posibilidad de encontrarse con el mismísimo Dios y sin embargo se lo encuentra cara a cara, le habla y para más inri se muestra necesitado y le pide a la samaritana que le sacie su necesidad: “Dame de beber”.
Nuestro asombro es el mismo que pudiera tener cualquiera de los que estáis leyendo estas líneas.
Dios nos dijo y nos sigue diciendo que nos necesita para ayudarlo a construir su reino, y tu, a lo mejor no has sido consciente de ello, pero a ti también te lo ha pedido, y si no le dices que sí, te va a insistir porque eres su deseo más íntimo.
La respuesta de la samaritana fue la normal, la que tendríamos cualquiera de nosotros: la incredulidad.
Como tu, judío, hombre, te rebajas a hablarle a una mujer y encima de Samaria.
Como tu, inmigrante, africano, pobre, vas a enseñarme algo de Dios a mí, que soy europeo, católico desde mi niñez, a mi que he escuchado multitud de homilías que me explicaban las sagradas escrituras y he asistido a multitud de retiros espirituales. Me sé toda la teoría sobre nuestro Dios y su sagrado mensaje.
Como tu, inmigrante y pobre vas a formar parte de mi camino de salvación.
Como tu, sacerdote africano, pueblo evangelizado por nosotros, me vas a enseñar algo de Dios a mi, cristiano europeo cuando lo normal sería que fuéramos nosotros los que te enseñáramos a ti.
Hay una canción de Brotes de Olivo que dice en su estribillo, “¡Dios no quiso ser Dios sin su pueblo!” y ese sencillo mensaje define perfectamente la humildad de nuestro Dios.
Dios no quiso ser Dios sin su pueblo, y su pueblo somos cada uno de nosotros.
Dios no quiso ser Dios sin necesitar que la Samaritana le diera agua de un pozo profundo.
Dios no quiso ser Dios sin los pobres, sin los inmigrantes, sin los que cruzan el estrecho, sin los que piden por las calles, sin las mujeres obligadas a vender su cuerpo, sin los que están en la cárcel, sin …
Y Dios no quiso ser Dios sin cada uno de los miembros de su Iglesia y que siga siendo aguijón que recuerde que la única salvación posible pasa por amar a los hermanos como a nosotros mismos y por estar pendientes de las necesidades del hermano, porque las obras de misericordia son el único camino posible hacia el cielo.
Dios no quiso ser Dios sin rebajarse a necesitar de nuestro SI para completar su reino, su obra.

Que tu, Dios todopoderoso e inabarcable para nosotros, hayas decidido rebajarte a nuestra altura y contar con nosotros, pequeños e insignificantes, para completar tu obra. Que esa haya sido tu elección, es algo tan grande que debería quitarnos del corazón cualquier idea que nos pueda hacernos creer superiores a ninguno de tus hijos, a ninguno de nuestros hermanos.
Perdónanos Señor cuando no estemos a la altura, todavía lo estamos intentando entender.
Mi Señor. Mi Dios. Ayúdanos a decirte que SI, nos pidas lo que nos pidas.
Toda la familia Ortiz Jiménez (de izda. a dcha.: Juan Luis, padre, Pablo, M. Ángeles, madre, Isabel y Juan Luis, hijo) ante la imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo, que sale el Miércoles Santo a las 12 de la noche y en silencio.