Nadie nos podrá quitar la esperanza
Existen dos modos de esperar: uno, se refiere al futuro como realidad determinada de antemano, a la vez que incierta, conduciendo al temor y a la inseguridad, o a la indiferencia burguesa de lo seguro; otro, mira el futuro en cuanto realidad abierta, desde una comprensión de la historia como espacio novedoso en el que se encuentran dos libertades, la humana y la divina.
El cristiano, que camina por la segunda versión de la espera, vive el futuro como esperanza, desde una serenidad y certeza que inquieta lo más profundo del ser humano para amar la historia y hacerla capaz de eternidad en el corazón de Dios, viviéndola como gracia a la luz de la promesa divina que nos lanza a la fraternidad sin límites.
Sabemos que la esperanza es un bien divino y universal. Las esperas pueden estar determinadas a tiempos, colectivos y tierras, pero la esperanza es de todos: no puede ser individual, es colectiva y universal, con dirección de absoluto, y por eso no puede haber esperanza sin los hermanos. Se trata de un tesoro que llevamos en vasijas de barro, pero que pertenece a toda la humanidad, y los que más pueden reclamarla -porque más derecho tienen a ella- son los pobres y los desesperados: esos han de ser nuestros hermanos preferidos. Sin los hermanos no hay esperanza; Dios quiere darla y nadie tiene derecho a quitársela.





