

Quiero aprender, Señor, a hablarte; a hablarte como amigo y confidente. ¡Tendría, Señor, que decirte tantas cosas!
Pero, sobre todo necesito aprender a escucharte, estar atento a tus señales y a tus signos delicados y casi imperceptibles, porque pongo siempre por delante mis ideas y proyectos, que me nublan la mirada y la orientan hacia mis planes…
¿Por qué pretendo trazar rutas y caminos para encontrarte, si estás tan cerca: a mi lado…?
¿Por qué busco inquieta y afanosamente motivos especiales y actividades concretas en las que agradarte, si cada momento y cada persona de mi vida cotidiana son ocasión privilegiada y única de tu presencia, de tu compañía y de tu llamada a descubrir el gozo y la alegría, el agradecimiento y la ilusión, sin necesidad de mis montajes, de mis elucubraciones, ni de mis deseos y ansiedades por atraparte y encerrarte en mi autocomplacencia?
¿Por qué me desasosiega ver que no se cumplen mis previsiones ni mis deseos, si afirmo que sólo pretendo hacer tu voluntad y no la mía? ¿O es que, por el contrario, pretendo someter tu voluntad a la mía?
¿Por qué tras esforzarme en que todo salga “perfecto”, me siento defraudado y triste ante el fracaso, como si el valor lo diera mi esfuerzo y fuera yo quien tiene que definir en tu nombre la perfección y dictar las normas para honrarte?
¿Por qué me asalta el temor y la tristeza cuando menos lo espero, y un simple detalle me desequilibra e incluso me enfada y me vuelve impaciente e incluso intransigente?
¿Por qué los defectos ajenos, que se muestran de modo innegable y manifiesto, no los miro con indulgencia; los asumo con paciencia; y los considero como lo que realmente son: expresión de esas torpes limitaciones humanas que tenemos todos y que, inconscientemente, nos dominan?
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