

Diez años de la muerte del Cardenal de Milán
| Felisa Elizondo
Pronto se cumplirán diez años de la muerte de Carlo María Martini, Cardenal de Milán, conocido por sus publicaciones y por su presencia en momentos importantes de la historia eclesial y cultural reciente.
Con esta ocasión se multiplican los estudios sobre sus escritos – un número de títulos llamativo – los reconocimientos de su hacer, recuerdos personales y semblanzas. Contamos además con biografías más detalladas y con el documental Sono uno di voi que lleva la firma de Ermano Olmi, el admirado director de cine que se honraba de haberle tratado. Y en distintas páginas de internet se pueden encontrar grabaciones y fotografías que traen la presencia de un hombre de estatura notable y ojos claros que reunía elegancia y humildad a un tiempo. Que bajaba la vista ante al aplauso pero, contrariamente a lo que apuntó con ironía un clásico, al que “no le venía grande la grandeza”.
Antes de verlo revestido como cardenal en la fachada del Duomo de Milán, diócesis que a su llegada en 1980 sobrepasaba ya los cinco millones, mis recuerdos me llevan a un jesuita en clergyman gris, que, en los años setenta, con voz pausada, comentaba los salmos o el evangelio del día ante grupos de personas que habían leído alguno de sus primeros libros o seguido sus clases en el Pontificio Instituto Bíblico y en la Universidad Gregoriana. Alto, afable en su seriedad, con una mirada atenta a cualquiera que se acercara para saludarle o preguntar, leía los pasajes bíblicos con sencillez y sin alardes de erudición. Los acercaba a la vida como si aquellas fueran palabras recientes y decisivas para que aprendiéramos a ser cristianos. Quienes le oíamos por entonces sólo podíamos sospechar algo de lo que la Palabra significaba para el experto en crítica textual que era el profesor Martini.