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4º domingo de Cuaresma C   –  27 marzo 2022. J. R. Echeverría

Josué 5,10-12   —   2 Corintios 5,17-21   —   Lucas 15,1-3.11-32

 

La parábola del «hijo pródigo» no necesita explicación, tan clara es, inquietante y exigente. Solo hay que leerla sencillamente, meditarla, asumirla, vivirla. Este es un himno del breviario francés que me ha ayudado a menudo en esa meditación:

No hay pródigo sin que el Perdón le busque, Para Dios nadie está lejos;
Vengan las lágrimas donde renace el hijo, Alegría de volver al Padre.

No hay herida que su mano no cure,
Para Dios nada hay perdido;
Venga la gracia donde la vida renace,
Llama que brota de las cenizas.

No hay tinieblas sin esperanza de luz,
Para Dios nada se ha terminado;
Venga el amanecer donde surge el amor,
Canción de una mañana de Pascua.

«Como todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo». Comentando este versículo, algunos hablan de la profunda humanidad de Dios, que estamos llamados a imitar. No se equivocan. Pero, ¿no es también la actitud del hijo mayor, “En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos”, profundamente humana cuando se queja, y con razón, de no ser tratado de manera equitativa?

Texto completo: 4ºCuaresma-C-Echeverría


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Manolo Fernández