

Según el Nuevo Testamento, la ruptura entre Jesús y las autoridades judías, el centro de las controversias y su juicio, fue su reivindicación de una relación singular con Dios: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios» (Juan 10, 33); «Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios» (Juan 5, 18).
Seis siglos después, los musulmanes se escandalizan: Impíos quienes dicen: «?Alá es el tercero de una tríada?. No hay más dios que uno» (Corán, V, 7). Al «añadir» al Hijo y al Espíritu Santo a la fe en el Dios único, ¿no hacen los cristianos imposible el diálogo con otros creyentes?
Sin embargo, la originalidad trinitaria, tal como aparece en la celebración del bautismo, en el «Gloria a Dios», en el Credo o en las oraciones eucarísticas, es inseparable en la fe cristiana. Pero, ¿Cómo se explica que los cristianos, que siguen creyendo, como Jesús y con él, en un solo Dios, puedan llegar a creer «también» en Jesús?
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