

Roberto R. Aramayo, Instituto de Filosofía (IFS-CSIC)/
Voltaire utiliza magistralmente la ironía para combatir con sus propias armas los dogmas fanáticos. El espíritu del pensamiento volteriano sugiere utilizarla como escudo ético frente al fanatismo.
Sería magnifico que recordáramos a Voltaire por sus múltiples facetas. Pero hay una que tiende a eclipsar al resto. Su consigna de “aplastad al infame” recobra vigencia en cuanto se recrudece la barbarie. Ideada para denunciar los excesos del catolicismo de su época, también sirve para combatir cualquier tipo de infamia contra la humanidad en general. No en vano, el patriarca de los philosophes personifica como ningún otro los avatares del Siglo de las Luces.
El uso que Voltaire hace de la ironía es una lección a retener. A su juicio, tal como señala en el artículo “Fanatismo” de su Diccionario filosófico: “El único remedio que hay para curar la enfermedad epidémica del fanatismo es el espíritu filosófico”.
Voltaire nos lega una vasta producción. Fue un dramaturgo exitoso y tiene hasta un relato que se considera pionero de la ciencia ficción (Micromegas). También fue cronista de su tiempo (Poema sobre el desastre de Lisboa), escribió cuentos (Cándido), poemas épicos (Henriade) y biografías (Carlos XII de Suecia). Fue ensayista (Antimaquiavelo) e historiador (El Siglo de Luis XIV), e incluso elaboró un Diccionario filosófico en solitario. También fue un infatigable corresponsal, como muestra su prolijo epistolario.
Por añadidura, nos legó una “filosofía de la historia” con su Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, en donde se cotejan los hábitos y las tradiciones de muy diversas culturas para valorar mejor la propia en términos comparativos.