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La historia y la barbarie

19 abr 2021, 16:10  

No se puede borrar la historia de un plumazo. Por mucho que no les guste a los destructores de estatuas de toda clase, ningún régimen ha conseguido empezar desde cero. La historia no coincide con la justicia. No es monolítica, es pasta humana y, por tanto, compleja. Además, toda mirada sobre el pasado es necesariamente anacrónica por su propia naturaleza. Los que, por la noche, se las toman con las estatuas de las calles, recuerdan a los esbirros del Daech mutilando las esculturas preislámicas. O a las tropas nazis que, en 1940, destruyeron el monumento a los «héroes del ejército negro» erigido en Reims en recuerdo de los fusileros senegaleses de la Primera Guerra mundial, que los alemanes habían llamado el monumento de la vergüenza negra, Die schwarze Schande.

La iconoclasia es siempre un intento de tomar el poder

La iconoclasia, vieja como el mundo, conlleva siempre un intento de tomar el poder, una voluntad de reemplazar una soberanía por otra soberanía. Intento raramente coronado de éxito a largo plazo. En 1794, la Revolución francesa sacó a Mirabeau del Panteón y quiso refundar nuestro calendario. Pues bien, hoy el Sena continúa pasando bajo un puente Mirabeau y continuamos estando en 2021 «después de Jesucristo». Querer acabar así con el pasado, cortar los lazos que lo relacionan con nuestro presente y nuestro porvenir colectivo no es más que un acto «in-humano», en el sentido literal del término, un acto de barbarie que nos hace salir de la civilización.

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Manolo Fernández