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Domingo 22 del Tiempo Ordinario-C-:HUMILDAD Y GRATUIDAD (Lc 14, 7-14). J. León

Como Dios convoca a todos, indiscriminadamente, Jesús tiene palabras para todos, independientemente de su condición y del lugar en que se encuentren en cada momento de su vida. Y sus palabras siempre sorprendentes e inesperadas nos resultan provocadoras por varios motivos. Primero, y sobre todo, porque su voluntad de verdad y su amor a nuestra persona es tan genuino y de tal intensidad, que no puede consentir en que caminemos “como ovejas sin pastor”, cegados y atraídos por fáciles y engañosas promesas, o por señuelos de felicidad, de alegría, o incluso de aparentes y aplaudidas “buenas costumbres” y comportamientos piadosos, cuya razón de ser procede de una mentalidad y actitud de vida todavía contaminada de supersticiones, de temor y autoritarismo sagrado, de servilismo y sumisión… ¡Jesús quiere reivindicar nuestra verdadera dignidad de personas, de ser “imagen y semejanza divina”, de insatisfacción con lo terreno y anhelo de lo verdaderamente nuestro: lo divino que Él nos regala.

Por ello nos presenta esa verdad divina que desenmascara nuestros errores, más o menos conscientes y consentidos. Y tiene palabras iluminadoras para anfitriones satisfechos: para quien sólo sabe vivir desde los protocolos y normas que al encasillar a las personas nos hacen imposible compartir verdaderamente con ellas lo que somos, y enriquecernos mutuamente creciendo en “los misterios del Reino”, que son la comunión fraterna, la alegría del convivir desde la servicialidad y la entrega generosa, y la esperanza en el futuro de sus promesas; para quien muestra esa autosatisfacción complaciente del que sabe a quién ha invitado y cómo va a lucir su banquete… ; para quien en realidad está “lleno de sí mismo” porque conoce y calcula la importancia de las “normas sociales”… La vida de Dios, la que nos ofrece Jesús no se basa en los cálculos, sino en la gratuidad…

Y Jesús también quiere abrir los ojos y tiene palabras para los otros: los invitados, cuantos consideran el honor de “ser invitados” como ocasión y oportunidad de lucimiento, de autopromoción, de pretender mostrar “que son alguien” y no pasar desapercibidos (exhibicionismo y mentalidad de “escalafón”…) Sí, nuestra sociedad está organizada de ese modo; pero nuestra conducta personal no tiene por qué someterse a esos criterios, y las palabras y vida de Jesús son su constante denuncia no tanto de ese entramado social en que vivimos, como de nuestra voluntaria aceptación del mismo en lo que respecta a todo aquello que podemos vivir de otra manera, porque sólo depende de nuestra voluntad convertirlo en transparencia y sacramento de ese Reino de Dios que Él nos propone e inaugura. Somos nosotros quienes en el decurso de nuestra historia hemos convertido y falseado el gozo de celebrar y compartir, de sentirse hermanos y gozar de la fraternidad, en protocolo discriminador, en ocasión de excluir a quien “no brilla” ni tiene éxito, en exhibición de riqueza, de poder y de favoritismo interesado… Y nosotros mismos hemos vuelto a caer en la trampa: ¡cuántas veces nuestra solemne liturgia ha convertido las propias celebraciones sacramentales en motivo de exclusión de los “pequeños y los pobres”; en exhibición de lujo, poder, y protocolos palaciegos mundanos; en muestra de orgullo, de intransigencia y de acepción de personas!… Al banquete del Reino sólo entran los humildes, los que se consideran dichosos porque son pobres y sencillos, y sólo tienen palabras de gratitud y gestos de amor y comunión…

 

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Manolo Fernández