

21 julio 2021 20:17 CES
Decía el constitucionalista Gustavo Zagrebelsky que el investigador es como un nadador que avanza con la cabeza siempre en el agua, observando el fondo que es donde en teoría se encuentra su objeto de estudio. Sin embargo, de vez en cuando debe sacar la cabeza para respirar y no perder de vista los factores que le rodean y son imprescindibles para entender aquello que pretende analizar.
No cabe duda de que hoy en día el odio, que Plutarco definía acertadamente como “una tendencia a aprovechar todas las ocasiones para perjudicar a los demás”, es un fenómeno en expansión. Recordemos las palabras de António Guterres, secretario general de la ONU: “Vivimos en un tsunami de odio”.
Adentrarse en la forma más severa que nuestros políticos han adoptado para frenarlo –su regulación penal a través de los delitos de odio– se asemeja a sumergirse en un océano sin fin, en el que la orilla, que podría ser la sociedad a la que deberíamos dedicar nuestras investigaciones, cada vez queda más alejada.