

Maria Eugenia Aguado / 27 diciembre, 2023
En cada hermano o hermana hay una posibilidad de regalo, hay una posibilidad de encuentro, hay una posibilidad de Dios.
En esta época, cuando está terminando el año y empieza a asomar el siguiente, las personas tendemos a hacer balance y a trazarnos nuevos propósitos.
A mí me gusta mucho agradecer la presencia de aquellas personas que son instrumentos de la Luz en mi vida, que me recuerdan la ternura divina. Si nos ponemos a pensar, son tantas…
Por compartir con vosotras, me vienen a la mente dos religiosas de nombre Carmen, que han tenido vidas muy “probadas” y que han sido fieles, sencillas y felices. Recuerdo con mucho cariño a una hermana franciscana y valenciana, que se acaba de ir al cielo después de una vida llena de amor y entrega, por los niños y jóvenes que educaba y procuraba cuando estaba en activo; y por sus hermanas, cuando estuvo en la enfermería de hermanas mayores. Era una mujer dotada de gran inteligencia, bondad y humildad que no dejó que la enfermedad que la perseguía durante más de media vida le robara la alegría del cristiano de veras.
También recuerdo a otra hermana que he conocido recientemente, dominica, y creo que navarra, a la que las circunstancias políticas le privaron desde niña de su padre -injustamente encarcelado durante años-, y que ha sido capellana de prisiones durante más de 40 años, escuchando y acompañando a los presos y presas que se encontró en su camino, dejando en ellos una huella imborrable del amor de Dios.
Y es que en cada hermano o hermana hay una posibilidad de regalo, hay una posibilidad de encuentro, hay una posibilidad de Dios.
A lo mejor ya me habéis escuchado esta semejanza de la naturaleza, pues me encanta, pero la repito. Cada día los girasoles se despiertan y se mueven hacia el Sol, siguiendo al astro en su ruta de este a oeste, como agujas de un reloj. Por la noche vuelven a hacerlo en sentido contrario para esperar su salida en la mañana del día siguiente. Sin embargo, en los días nublados, los girasoles se miran unos a otros buscando la energía de cada uno. No se quedan mustios, se miran unos a otros, erguidos, hermosos y se comparten la energía que no pueden obtener del sol.
Esa energía, ese ser instrumento de la Luz, ese amor, sólo puede anidar en nosotros si tenemos el corazón despierto y abierto. Humildemente creo que ese es un regalo que el Niño Jesús espera de nosotros, un corazón que no tenga miedo de abrirse y ofrecerse, tal cual es, y se deje querer y se deje llenar para donarse a su vez. Ojalá seamos como los girasoles y seamos misión unos para otros.
Feliz año 2024 a todos y a cada uno de vosotros.