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33 domingo B  –  14 noviembre 2021. J.R. Echeverría

Daniel 12,1-3   —   Hebreos 10,11-14.18   —   Marcos 13,24-32

Más aún que otros textos bíblicos, los de este domingo, especialmente la primera lectura y el texto de Marcos, nos llegan de una época y una mentalidad muy diferentes de las nuestras. Permitidme pues que una larga introducción «técnica» preceda a mi pequeña reflexión personal.

¿Qué hacer, cómo reaccionar cuando estamos oprimidos por extranjeros, despreciados por las autoridades locales, víctimas de un sistema sobre el que no tenemos control, hasta el punto de que el futuro aparece tan oscuro como el presente? ¿Cómo podemos esperar cuando no hay ninguna razón para esperar? Fue en su relación íntima con Dios, cuya fidelidad vivieron personalmente, que los profetas de Israel encontraron la fuerza para pensar en el futuro, para preverlo, para soñarlo, a veces con un vocabulario rico en imágenes. «Cuando hubiere dado remate el Señor a todas sus empresas… serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá.««, anuncia Isaías alrededor del año 730 a.C. «Acontecerá aquel día – oráculo de Yahveh Sebaot – que romperé el yugo sobre tu cerviz y tus coyundas arrancaré, y no servirán más a extranjeros,» proclamó Jeremías en Jerusalén en el momento del exilio. Y el sacerdote-profeta Ezequiel, él mismo en el Exilio, para transmitir a los demás exiliados la esperanza que lo habitaba, describió con gran imaginación el futuro templo, cuyas aguas, que emanaban de su interior, hacían florecer la tierra. Desde el siglo III A. C., siempre en circunstancias duras y difíciles, autores en su mayoría anónimos, tomaron el relevo de los antiguos profetas como portadores de esperanza. Pero su vocabulario, además de imaginativo, estaba codificado, de modo que el mensaje fuera comprendido tan sólo por aquellos a quienes estaba destinado. Y además de anunciar la futura liberación, describían también a menudo el triunfo definitivo de Dios y de su pueblo. Esos escritos se les sueles llamar «apocalípticos» porque «revelaban» el futuro. 

El libro de Daniel (1ª lectura) es el texto apocalíptico más conocido de Antiguo Testamento, así como el Libro del Apocalipsis en el Nuevo Testamento. Al igual que otros rabinos de su tiempo, Jesús empleó a veces un estilo apocalíptico. El texto de hoy de Marcos es un ejemplo de ello. La «moda» apocalíptica desapareció en el siglo II, en parte porque, según los líderes religiosos, quienes soñaban demasiado con el futuro se arriesgaban a olvidar que debemos servir al Señor ahora y aquí. Es en este sentido que San Pablo condena a aquellos tesalonicenses que, mientras esperan ansiosamente el futuro, «están ocupados en no hacer nada». Los organizadores de la liturgia católica nos invitan a meditar sobre algunos textos apocalípticos en este domingo en el que estamos casi concluyendo el año litúrgico (Tendrá lugar el próximo domingo con la fiesta de Cristo Rey). En su intención, esa conclusión y los textos bíblicos que la acompañan, deberían hacernos pensar en la conclusión del mundo, en la de cada uno de nosotros por la muerte, y en el «juicio» final que los acompaña.

Dicho esto, ¿Cómo puede inspirarnos este domingo el texto apocalíptico tomado del Evangelio de Marcos?

Texto completo: 33 domingo B-EcheverríaMancho

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Manolo Fernández