ECLESALIA, 04/12/20.- La pandemia ha sido un golpe bajo para la arrogancia humana. Vino sin ser invitada y no está dispuesta a irse pronto. El ser humano, explorador, conquistador, creativo; se ha visto ninguneado, con toda su ciencia y tecnología, por un virus que, según los científicos, no mide más de 67 nanómetros [1] de diámetro.

Aún no está claro, después de un año de su aparición en el mundo, cómo se propaga, qué órganos ataca, cuáles son sus síntomas específicos o cómo muta. Sin embargo, ha llevado a la humanidad a verse de frente con su insignificancia, su nulidad, su temporalidad. No hay humano inmune al virus, y por ahora, no hay dinero que pueda garantizar la vida de nadie frente a este. Al ser humano, que pensaba que tenía el control de todo, no le queda otra que aceptar que vida y muerte escapan de su dominio y que son “un asunto serio” [2].

Al mundo, que no podía parar; a los mercados que solo conocían crecer, les fue puesto un alto. Los índices de las bolsas cayeron; el consumo, supuesto motor del desarrollo, se detuvo. ¿Quién diría que las otroras multimillonarias líneas aéreas, las grandes cadenas hoteleras, las petroleras, junto con tantas otras empresas, tuvieran un colapso económico? 

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