

Mirika Labson no sabe decir cuántos años tiene. Calcula que serán 85, uno arriba o uno abajo, algo que confirman las arrugas de su piel, la dificultad que arrastra al moverse y las cataratas de sus ojos. Habita una casa de adobe en Bauleni, uno de esos barrios de Lusaka, la capital de Zambia, que nació como asentamiento informal hace unas décadas y que creció al ritmo que marcaba la ciudad hasta convertirse en lo que es hoy; una amalgama de viviendas desordenadas y sin apenas pavimento en los caminos y también el hogar de más de 80.000 personas. “Vivo con mis cuatro bisnietos; su madre murió hace unos años. En realidad, todos mis hijos ya han fallecido y algunos de mis nietos, también. Por eso me ocupo yo sola de los pequeños”, afirma sentada frente al portal de su casa.
Los chavales de los que habla Labson tienen 5, 8, 12 y 13 años. Revolotean por los alrededores mientras su bisabuela cuenta su historia. Dice que fue limpiadora durante muchos años, que trabajaba en algunos edificios públicos y otros de empresas privadas cuando la llamaban, y que gracias a ese oficio pudo pagar la construcción de la casita en la que hoy vive, que apenas consta de un par de habitaciones, un saloncito equipado con lo básico y un pequeño patio exterior que comparte con algunos de sus vecinos, al igual que la letrina. “Claro, tengo un sitio para dormir, pero lo de comer es más complicado. Debo comprar muchas cosas: alimentos, carbón para cocinar, aceite… Aquí somos cinco y se hace muy difícil. Yo no recibo pensión, ni ayuda del Gobierno, ni nada. Dependo solo de mí”, explica.