

Sus prácticas religiosas fusionan el islam moderado y las creencias ancestrales
Sokhna Saibata recibe tumbada de costado, con sencilla dignidad, apoyando la cabeza en su nudosa mano de dedos larguísimos. Viste un pulcro traje blanco nuclear que acompaña con accesorios chic: enormes gafas de sol hexagonales, reloj de piel, robustos anillos dorados. Su trono se alza apenas unos centímetros sobre el resto de la estancia, el porche de su vivienda en Keur Iyakhine (Thiés, Senegal). Un puñado de calles con urbanismo irregular. Polvoriento y colorista. Donde niños y animales circulan a su antojo. Similar a tantos barrios populares del país.
La visita se interrumpe por la llegada repentina de dos jóvenes forasteros. “Estamos de paso y nos han dicho que aquí vive una mujer que resuelve cualquier problema”, cuenta uno de ellos. Al otro ya le atiende Saibata con su heterodoxo arsenal curativo. Rezos y plegarias. Un tasbih, equivalente al rosario cristiano. Tejidos con supuestas propiedades espirituales. Versículos del Corán plastificados. Un portátil que reproduce vídeos del Gran Magal, la peregrinación a la ciudad santa de Touba, hito anual del muridismo, la cofradía sufí a la que pertenece Saibata.
El ritual sanador concluye con la ingesta de un brebaje marrón y grumoso. El enfermo bebe de un trago dos vasos, convulsiona levemente y vomita sobre una túnica fucsia eléctrico. Por exceso de fruición o como parte del proceso purificador. Mor Ba, secretario personal de Saibata, muestra reserva ante la duda y se limita a explicar que su jefa tiene soluciones para cualquier “dolencia de cuerpo y alma”. ¿Ingredientes del mejunje? “Receta mística de composición secreta”, responde Ba con sonrisa pícara.
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