

02.01.2023 | Rufo González
El Misterio es “Cristo en vosotros, esperanza de la gloria” (Col 1,27)
“La ley fundamental de la perfección humana, y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor”.
Comentario: “También los gentiles son miembros del mismo cuerpo” (Ef 3, 2-3a.5-6)
Buen texto para la Epifanía. La vida de Jesús es toda “epifanía” (manifestación) del Amor: “quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9). Celebramos hoy la epifanía a los Magos (Mt 2,1-12). Los adeptos de Basílides (s. II, dirigente gnóstico) celebraban la Encarnación del Verbo en Jesús al ser bautizado. Así “cristianizaban” la fiesta del solsticio, que en Egipto y en Arabia se celebraba el 6 de enero, a trece días del cambio estacional. Festejan al sol vencedor de la noche con mitos antiguos. En el s. IV, la Iglesia, Navidad en Occidente, Epifanía en Oriente (llamada: “santa luz”), responde a la celebración solar.
Los destinatarios de Efesios saben que “Pablo es apóstol, no por mediación de ningún hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre” y que “el Evangelio anunciado por él no es de origen humano; sino recibido por revelación de Jesucristo” (Gál 1,1.11-12). Evoca su “gracia”, dada por Dios “en favor de los gentiles”. “Gracia” que los máximos dirigentes eclesiales “vieron que se me ha encomendado anunciar el Evangelio a los incircuncisos, lo mismo que a Pedro a los circuncisos, pues el mismo que capacita a Pedro para su misión entre los judíos, me capacita a mí para la mía entre los gentiles; reconociendo la gracia que me ha sido otorgada, Santiago, Cefas y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano en señal de comunión a Bernabé y a mí, de modo que nosotros nos dirigiéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos” (Gál 2,7-9).
(…)
El Misterio, pues, se hace “epifanía” al creer a “Cristo en nosotros”. Sentir a “Cristo en nosotros”: mirar, aceptar, hablar y actuar: “Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. No habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él” (Rm 8,14-17).
Este es el misterio de Jesús, acreditado por el evangelio: “tuve hambre y sed, fui forastero, estuve desnudo, enfermo y en la cárcel… Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 31-46). Implica dejar una espiritualidad dedicada a desagraviar a Dios: contentarle con ritos, plegarias… La “gloria de Dios” no es lo que sugiere nuestro egoísmo, sino la voluntad divina: hacer bien al ser humano. “No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; esos son los sacrificios que agradan a Dios” (Hebr 13,16). Dios quiere la realización de todos: salud integral, comida, relaciones sanas, sentido vital…