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Fuera de la Iglesia hay salvación (De lo que pasa dentro)

Si eres imperfecto y se te nota no vayas.

Vidas amenazadas por lecturas dañinas de la biblia sobre la vida en pareja, la familia o la crianza de los hijos. Maltratos y abusos cometidos con la aprobación del catecismo. Rechazos y discriminación pasivo-agresiva cuidadosamente envueltas en corrección fraterna: «te lo digo por tu bien (no solo porque sabemos que eres despreciable y que soy mejor que tú)».

El cristianismo en el que crecí era tan entusiasta como inmaduro. Hoy, mirando en retrospectiva, lo percibo como una oferta afectiva (un dios que te quiere) cubierta con un exagerado ropaje sensacionalista (una espiritualidad aeróbica y en voz alta) que guardaba en los bolsillos una muy precaria y nociva concepción moral, basada en la exigencia sin acompañamiento, en la confrontación sin herramientas y en la sospechosa obsesión de ciertos líderes con ciertos temas. Como si tomaras a un grupo de chicos y les dijeras que pueden ser los mejores jugadores en cualquier cancha, les trajeras lindos uniformes y los mandaras a competir sin haber entrenado nunca, demandando de ellos campeonatos solo porque les has dado 20mil charlas en el camerino, y luego, cuando perdieran – según los estándares de ese campeonato imaginario – les dieras otras 5mil charlas sobre su falta de compromiso o simplemente les quitaras el uniforme.
En algunos, diría que pocos casos, el entusiasmo fue detonante de una búsqueda menos ingenua y de una fe más encarnada. Es gente de la que he aprendido mucho. En otros casos, diría que pocos aunque más que los anteriores, la exigencia y la confrontación se convirtieron en modo de vida y se erigieron en una especie de vigilantes del comportamiento ajeno y reproductores de una versión de cristianismo, ya no entusiasta, menos afectiva, más piadosa y repetitiva, cargada con el mismo añejo moralismo que no da nada pero sí lo pide todo. Los demás, la mayoría, pasaron, llegaron tan rápido como se fueron, y quiera dios que de algo les haya servido pasar. Gente en la que pienso mucho.
Este fue el comienzo.
Cuando la experiencia de fe no es un hilo conductor del propio crecimiento como humanos, cuando no es un combustible de tu autenticidad, tu sentido y tu talento; cuando no te pone en marcha hacia convertirte en otro tipo de persona sin jamás dejar de ser tú mismo, cuando el reto no es tener una profunda y milagrosa vida que valga la pena dar, sino mantenerte en el standard de los prejuicios religiosos y de las exigencias morales del grupo, tener arreglada y linda la fachada del testimonio, entonces todo se convierte en potencial de daño, de herida, de trauma. Y eso es lo que ha pasado con este cristianismo que se resiste a madurar: Vidas amenazadas por lecturas dañinas de la biblia sobre la vida en pareja, la familia o la crianza de los hijos. Maltratos y abusos cometidos con la aprobación del catecismo. Rechazos y discriminación pasivo-agresiva cuidadosamente envueltas en corrección fraterna: «te lo digo por tu bien (no solo porque sabemos que eres despreciable y que soy mejor que tú)«. Las prácticas de fe de todos los días convertidas en estrategias para regañar y señalar: el quinto misterio es por qué insistes en hacer lo contrario de lo que te hemos dicho, dios te salve…

¿Y lo central, esencial, indiscutible de la buena noticia? ¿El anuncio de todo lo bueno y alegre que puede pasar con nuestra vida? ¿La decisión de vivir desde el perdón, curar toda herida, nunca señalar a quien necesita ser protegido de las piedras que le son lanzadas? ¿Hacer del amor la única norma, el único vínculo, la única causa? ¿Dónde queda el centro del centro del cristianismo? Al parecer lo viven mejor fuera de nuestros tan purificados grupos.

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Manolo Fernández