

El coronavirus no entiende de territorios, géneros, clases… Golpea por igual en todas partes pero su cicatriz no es ni de lejos la misma. Los efectos de la pandemia han reabierto las frágiles costuras de una herida aún por curar: la desigualdad. Más en territorios y comunidades en los que la crisis sanitaria -y su derivada económica- es solo una piedra más del camino que se mete siempre en los mismos zapatos: en los de las mujeres.
Según un informe de la ONU, esta crisis está afectando de forma desproporcionada al sexo femenino: no solo ha aumentado drásticamente su tasa de pobreza, sino que ha ampliado la brecha entre hombres y mujeres que viven en la pobreza extrema. De hecho, si se esperaba que la tasa de pobreza de las mujeres disminuyera en un 2,7% entre 2019 y 2021, las proyecciones ahora apuntan a un aumento del 9,1% debido a la pandemia y sus consecuencias.
Mujeres que, además, vertebran el sector más golpeado en muchos territorios: el turístico. Ante este escenario, cabe preguntarse si ¿puede la pandemia ser un punto de inflexión y actuar como revulsivo para reinventar este mercado? Una reinvención que, a través de la sostenibilidad, permita impulsar aquellos colectivos que, como las mujeres, han quedado injustamente rezagados. Sí, partiendo, eso sí, de dos premisas: la relación directa entre igualdad de género y desarrollo sostenible, y el potencial del turismo como motor de desarrollo económico y social en África.
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