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El miedo a la sinodalidad

 | Gabriel M.ª Otalora

 

Llevamos tiempo acostumbrados a una manera de ser Iglesia, donde unos lideran y otros viven pasivamente actuando solo cuando se les da permiso. La necesidad de transformación para vivir mejor el Evangelio, ha venido de la mano del Papa Francisco en forma de sinodalidad. Su propuesta de actitud de escucha para luego discernir ampliando el número de convocados, ha sido un terremoto eclesial. Quedan muchos oídos que no quieren escuchar desde la indiferencia, pero también desde una beligerante actitud que trata de entorpecer el proceso.

Seguro que hay más de una causa para tanto palo en las ruedas sinodales, pero una razón principal es el miedo; miedo al cambio y a lo que esto supone. Los dirigentes eclesiásticos del tiempo de Jesús también tuvieron miedo al cambio, a abrirse a una realidad religiosa más auténtica. Entonces no había Cuaresma, pero un proceso de conversión les hubiera venido muy bien.

Ese miedo es poliédrico por lo que supone de pérdida de poder que la organización institucional les ha conferido mediante una rígida jerarquía en la que el Código de Derecho Canónico ha llegado a ser en ocasiones más potente que el Evangelio. El liderazgo de servicio institucionalizado en la última Cena, ha sido menos importante en muchas ocasiones que el poder eclesial establecido por norma. El poder frente al servicio aparece en el Evangelio al revés, y sigue siendo muy del gusto en no pocos consagrados, laicos y laicas.

Con la promoción del sacerdocio bautismal en una iglesia donde la mayoría somos laicos y laicas, las cosas se plantean de otra manera, con otro protagonismo para la verdadera fe en el Espíritu, el impulsor de la sinodalidad. Y claro, causa miedo  compartir responsabilidades, carismas, ideas que, sin duda, su aplicación reducirá los abusos de poder.

Eso de “alquilar la conciencia”al sacerdote de turno para que me diga lo que tengo que hacer, ha sido norma en buena parte del laicado, que ahora ve como sus seguridades también se tambalean. Que una cosa es hacer la labor de un padre espiritual, y otra propiciar cristianos inmaduros con una conciencia infantilizada. Y con el miedo mayor a cambios en el papel de la mujer, claro. Todo gira en torno a perder una identidad llena de seguridades que fueron ajenas al mensaje de Jesús. Francisco lo llama clericalismo, en sus diferentes formas.

 


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