

La alegría de recobrar la oveja extraviada o la moneda perdida no es humana. Jesús nos dice que es la alegría del propio Dios Padre (“el Inmutable” decimos equivocadamente nosotros), que no puede contener su gozo ante cualquier “perdido” que se deja salvar, que se deja encontrar por su Hijo, cuya única obsesión cuando vive entre nosotros, como nosotros, siendo uno de nosotros, es la de ser para todos ocasión de misericordia, de compasión y de perdón; es decir, origen y causa de plenitud y salvación, de incorporación a la propia divinidad como hijo, como hermano y como amigo…
Compartir la mesa en un banquete celebrativo (y especialmente en la cultura y tiempo de Jesús), es la culminación del “encuentro” entre personas, de la confianza, disponibilidad, apertura, hospitalidad; porque implica compartir la vida, ofrecer la paz incondicional y la reconciliación; y, si hubo ofensa, el perdón ya eficaz y constructor de una renovada convivencia. Ése es el escándalo de Jesús sentado a la mesa con publicanos y pecadores, y justamente ése es el motivo de que hable con palabras inequívocas de la alegría de Dios Padre, que se convierte en el reconciliador de anfitriones e invitados, de todos los que celebran la confianza y la amistad de un modo pleno, transformador de sus vidas por la presencia de Jesús, el Hijo.
El escándalo y lo insoportable es la evidencia de que Jesús con su simple presencia y voluntad amorosa de acogida y de acompañamiento, con su dulzura y delicadeza expresada en una sonrisa indulgente y unas palabras consoladoras, es causa de perdón y actualización de la bondad y misericordia divina. Y que él mismo personaliza la eterna alegría del “dador de vida” y la celebración festiva de esa conciliación definitiva que incluye al propio Dios y a la humanidad entera.
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