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Domingo 1º de Adviento-C-. Agrelo: «Adviento, tiempo en que Dios se te hace presente en el grito de los náufragos»

«Comienza el Año litúrgico, sacramento del tiempo de la salvación»

«Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, como quien desde la tierra, desde lo hondo, desde la noche, desde la ausencia, busca las huellas del Amado».

«Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, pues en la noche de su ausencia nos sentimos pequeños como niños, necesitados como niños, confiados como niños».

«Le decimos, a ti levanto mi alma, y a él volvemos los ojos desde nuestra soledad, desde el sufrimiento de los pobres, desde la angustia de abandonados al borde del camino».

«Éste es el tiempo en que tu Dios, Dios solidario para siempre con la humanidad, se te hace presente en el grito de los náufragos, en las lágrimas de los huérfanos, en la agonía de los excluidos».

Comienza el Año litúrgico, sacramento del tiempo –de la historia- de la salvación.

Cristo llena con su presencia la historia de la salvación y el Año litúrgico: desde el principio lo hallamos anunciado y prometido; en la plenitud de los tiemos lo reconocemos encarnado; y esperamos su retorno glorioso cuando todo llegue a su fin.

Nuestra celebración eucarística se abre hoy con palabras de súplica, que nacen de una conciencia humilde, de un corazón confiado: “A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío”.

Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, como quien desde la tierra, desde lo hondo, desde la noche, desde la ausencia, busca las huellas del Amado.

Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, pues en la noche de su ausencia nos sentimos pequeños como niños, necesitados como niños, confiados como niños.

Le decimos, a ti, Señor, levanto mi alma, pues lo reconocemos grande, el único grande, generoso, el más generoso, cariñoso, el más acogedor.

Le decimos, a ti levanto mi alma, y a él volvemos los ojos desde nuestra soledad, desde el sufrimiento de los pobres, desde la angustia de abandonados al borde del camino, y en la mirada levantada, el alma y el corazón salen clamando, con la certeza de que el Señor se abajará hasta nuestra pequeñez, y nos levantará hasta su pecho, hasta su rostro, hasta sus mismos ojos.

Éste es nuestro Adviento, tiempo de humildad confiada, de confianza humilde, de deseo ardiente, de fraternidad vivida, de justicia amada, de mirada al cielo, de esperanza cierta.

Para seguir leyendo: https://www.religiondigital.org/santiago_agrelo/Agrelo-Adviento-Dios-presente-naufragos_7_2399830000.html


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Manolo Fernández