

La escritora Espido Freire regala este relato a los lectores de Vida Nueva donde reflexiona sobre la necesidad de recuperar la fe en los demás.
El mediano, Marcos, se comportaba como casi todos los chicos de su edad: le interesaban los regalos, negociaba con ferocidad con su hermano mayor qué le correspondía a él (y consideraba que salía siempre malparado por la comparación) y se movía insatisfecho, como si sus padres, como si la vida entera le debiera algo, una promesa incumplida que debía repararse con dinero, con un nuevo juego o con dinero que atesoraba en una hucha con un apego inusual.
Pablo, el mayor, no se mostraba tan materialista, quizás porque nunca vivió la inseguridad de llegar el segundo a nada, pero se adentraba en la adolescencia con un gesto hosco, con un desapego absoluto hacia su familia. Los abuelos le parecían de otro planeta, y no disimulaba el desprecio que le inspiraban sus tíos y sus primas, las cejas arqueadas y los bufidos desesperados que avergonzaban a su madre. Solo con Marcos y con su hermanita se comportaba con la generosidad y el cariño de un príncipe ante sus vasallos, con una ternura que hacía pensar a sus padres que cuando esa ingrata etapa pasara se convertiría en un chico dulce y atento, en un protector de débiles y en un buen hombre.
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