

En Argel ya son seis los años en los que la pequeña comunidad de católicos monta el belén y decora la basílica. Para muchos de ellos es la única ocasión de contribuir (por muy discretamente que sea) a la vida de la Iglesia, pues el resto del tiempo, en lo referente a su fe cristiana, deben pasar desapercibidos en sus familias, lugares de trabajo, vecindario, etc.
Para ellos la existencia de este belén, que todo el mundo puede visitar, es un signo de libertad y de tolerancia: en esta sociedad existe una parcela (por pequeñita que sea) donde la alteridad tiene cabida.
Y todos ellos, mientras colocan pastorcillos, ovejas, montañas de cartón y luces, cuentan en qué librería han visto que vendían gorritos de Papá Noel; si en el aeropuerto hay o no, como otros años, algo que se parece a un abeto decorado, o si los chinos venden espumillón y guirnaldas de luces. Curiosamente, para nuestros feligreses todo eso no es signo de la mercantilización de la Navidad, sino más bien indicios de una posible coexistencia. Están convencidos de que si un día desapareciera, por causa de la presión popular o por ley, la vida sería mucho más dura para ellos y para todos los que son minoría aquí.
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