

Requerimos un año o algo más para aprender a hablar y ¿cuántos? para aprender a callar
Requerimos un año o algo más para aprender a hablar y ¿cuántos? para aprender a callar; yo voy siendo ya mayorcito, y estoy en ello. De veras pensaba que había acuñado un pensamiento original y cierto, pero he googleado y resulta que Ernest Hemingway me echó la pata con una cita famosa: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.
Recuerdo que, durante mis viajes a África los veranos de teología, vi en una capilla un ambón de madera con un relieve tallado; representaba a un hombre de pie que se tapa la boca con una mano. Me explicaron que en aquella cultura ese gesto expresa una combinación de reverencia y asombro ante la Palabra y sus maravillas. Y con moderación y ademanes suaves, porque la acogida a lo que Dios revela está en las antípodas del alboroto.
Vuelve a mi corazón muy a menudo a modo de propósito para este día o los próximos minutos. Callar es un ejercicio de contención y de autocontrol, pero ante todo es una consecuencia de la destreza de contemplar. Cuando la realidad nos impacta por su belleza o su deformidad, se produce en nosotros un hiato, una pausa que conduce al silencio. El ruido es domesticado por la emoción sin que intervenga la mano.
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