

«Dios se llama emigrante, refugiado, perseguido, humillado, calumniado, sin papeles, sin derechos»
En ese sistema legal de poder, la mentiraes recurso necesario para que el mal asuma la forma de bien, la opresión se disfrace de servicio al bien común, de modo que los pobres sean entregados a la muerte sin que la conciencia tenga nada que reprochar.
En ese espacio reseco de humanidad, las evidencias del horror no sirven para que se haga justicia a las víctimas sino para hacer rentables políticamente las tragedias.
Puede que en ese mundo nada signifiquen las palabras de un profeta, pero aún así, las hemos de recordar: “Escuchadme, jefes de Jacob, príncipes de Israel: ¿No os toca a vosotros ocuparos del derecho, vosotros que odiáis el bien y amáis el mal? Arrancáis la piel del cuerpo, la carne de los huesos; os coméis la carne de mi pueblo, lo despellejáis, le rompéis los huesos, lo cortáis como carne para la olla o el puchero.” –Miq 3, 1-3-.
Un día, lo sepan o no, también gritarán los devoradores de pobres: gritarán pidiendo auxilio, y el Señor “no les responderá, les ocultará el rostro por sus malas acciones” –Miq 3, 4-. En aquel día, nadie podrá ayudarles, pues ellos mismos han abierto un abismo entre su desdicha y el consuelo de Dios.
Ahora, Iglesia de Cristo, escucha la promesa del Señor: “Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas”.