
«¡La paz esté con ustedes!»
Lecturas bíblicas de la misa de Pentecostés
La imagen de este Evangelio me resulta familiar, esos atardeceres de la vida (no por lo de hacerse mas madurito), sino mas bien, por “la oscuridad” de la indecisión, del miedo al que hacer o del tembleque por lo que se nos viene encima. Con las puertas de la oración cerradas de “par en par” porque estamos bloqueados, olvidamos frecuentemente que en estos atardeceres, no estamos solos nunca y que Dios se hace presente siempre, trayéndonos Su paz.
Uno de estos momentos que recuerdo con más nitidez fue el previo a irme a Kenya en 2004 por un año para participar en un proyecto de un hospital de Madrid para dar respuesta a una de las mayores tragedias de África, el VIH/SIDA. Recuerdo que iban pasando los meses y, cuando se
empezaba a acercar el momento de salir, me entró un “tembleque” que me hizo escribir a Gusi, el que actualmente es la “voz que grita en el desierto” que Dios es nuestro Padre. Pues bien, le escribí contándole mis miedos, mi falta de preparación, le ponía en bandeja la respuesta que yo esperaba de él: que mejor no fuera y esperara, que proyectos para colaborar no me iban a faltar. Pero cual fue mi sorpresa que me contesto con dos líneas y un adiós: “Sigamos soñando con un mundo a la altura de nuestros sueños, a la talla de nuestras almas, al alcance de nuestras manos, que se nos vaya la vida en lo que queremos hacer y que eso sea lo que realmente tenemos que hacer”. El se quedó tan pancho y yo, me fui a Kenia, a una de las experiencias que más ha marcado mi vida y que he tenido la suerte de compartir con él y con otros compañeros. suerte de compartir con él y con otros compañeros, entre ellos Juan y Carlos que vinieron a ayudarnos unas semanas en la consulta y muchos amigos (ellos saben quienes son) que presencialmente y virtualmente nos “sostuvieron” todo el tiempo.

Juan pasando consulta en Kenia.
La situación con relación al VIH en todo el continente era dantesca, pero yo no perdía la oportunidad de hacerme fotos con cualquier cartel con el lazo rojo aunque no lo comprendiera. Eso sí, sonriente a mas no poder. Años después miro esta foto con inocencia (el mensaje: tahadhari na hatari dawa yake ni kaburi ukimwi hauna tiba = ¡cuidado con el peligro! el sida no tiene cura, su medicina es la tumba) y también con mucha alegría porque el VIH, afortunadamente si tiene tratamiento y la respuesta mundial es una de las mayores hazañas de Salud Pública, un esfuerzo donde grandes y pequeños han sido parte del éxito.

Conchi frente a un cartel de prevención del VIH
Este Evangelio, me ha recordado mucho el escenario de caos, desolación y miedo por el que los creyentes pasamos, de eso no nos libramos y como necesitamos en nuestra vida, estar en paz, con paz interior. La paz que viene del mundo es más social, la interior, es la de Dios, la paz del corazón y depende de nuestra relación con El y de nuestro “si” incondicional tallado en “hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”. Hacer lo que Dios quiere es aceptar y abrazar la propuesta que Jesús sello con nosotros en la cruz cumpliendo sus mandamientos, querer lo que Dios hace es también aceptar y abrazar las circunstancias que nos rodean aun cuando son adversas y no podemos controlarlas y peleamos inútilmente, perdiendo la paz. Aceptar aquí no es conformarse, quedarse de mirón, siempre debemos esforzarnos para que el mundo sea mejor, para que las cosas con nosotros cambien para bien, en nuestra familia, nuestro barrio, …como así ha sido en el ámbito del VIH en África, aunque aún queda mucho por hacer.
Por eso, en este Domingo de Pentecostés quiero pedir que el Señor nos de su paz y que el Espíritu Santo nos conceda los dones que más necesitamos para aceptar la voluntad de Dios y nos empuje a salir al mundo sin miedo cambiando la realidad de muchas personas que nos estan esperando…y el fruto será la paz.
Conchi Meroño