
Es cu
rioso que casi mi primer pensamiento al leer este evangelio haya sido el recordar aquella pregunta realizada aquel día por un niño de la escuela que nuestro grupo misionero atendía: ¿POR QUÉ SOIS TAN BUENOS?
Esta pregunta me acompaña muchas veces en mi vida pues creo nunca nadie más me la ha verbalizado con esa sencillez y naturalidad que poseen los niños. Me interpela en lo más hondo por lo que conlleva de espejo de mi quehacer en la vida. Hago las cosas para sentirme bien, para que se vea, de alguna manera interesadamente o lo hago de corazón, por amor. En el fondo me está recordando las tentaciones diarias de quienes como decía san Pablo no hacemos el bien que queremos si no el mal que no queremos… Sólo Dios es BUENO se dice en el pasaje del joven rico. El Señor tuvo unas tentaciones muy “fuertes”: poder, riqueza, invulnerabilidad… Quizá en mi vida (tu vida) estas tentaciones no sean tan evidentes, pero este pasaje y esta pregunta me llevan a caer en la cuenta de las sutiles pero constantes tentaciones tenemos los bautizados en nuestro día a día, y especialmente, en aquellas que afectan a lo que creemos hacemos bien ya que nos parece somos menos egoístas que otros, ¡solo faltaba!… o aquellas que se nos presentan desde la pertenencia y participación en la vida de la parroquia o de la Iglesia donde nos catalogamos y nos criticamos tanto.
Una de estas tentaciones podría ser la de la vanagloria, el sentirnos mejores que otros que no son como nosotros, creyentes, practicantes o simplemente buenos o justos, vamos como ¡Dios manda! qué dirían nuestros abuelos… Sentirnos reconocidos, admirados por ello: fíjate que he venido aquí a ayudarte renunciando a otros planes, a enseñarte, a acompañarte porque es mi deber, es como tiene que ser, es lo que dice la Iglesia….
Otra tentación podría ser esa falsa humildad o modestia con la que a veces hacemos las cosas: no me cuesta nada, si lo hago por ti, por amor, para alcanzar la salvación, por el qué dirán…bueno, de mí.
Otra tentación que tenemos muchas veces es la de la autosuficiencia y autocomplacencia, el que todas estas acciones que realizamos a priori buenas y justas, solo tú las puedes realizar mejor que nadie y buscando ahí tu satisfacción o realización personal.
¿Cuántas veces no me habré sentido así como médico atendiendo enfermos en África o incluso aquí en Madrid? Allí es más sencillo visualizar la parte de: ¡menos mal que estoy aquí porque tiene una oportunidad para mejorar! La falta de recursos y la pobreza enmarca de una manera más brillante lo poco o mucho que hagas. Aquí en nuestra sociedad todo es más sutil, pero el sentimiento de pensar que eres imprescindible o muy necesario y de merecer reconocimiento también es poderoso.
Y entonces te sorprendes mirando al sacerdote, a la religiosa o al misionero que allí están y que como tú no están muy libres de cansancios, problemas, debilidades, dudas o temores pero que mantienen una confianza plena en el Señor y son entonces capaces de vivir su vida con un cansancio sereno, con una entrega diferente, sobrehumana, que sólo se entiende desde una fe entregada y una oración constante que los sostiene. Ellos ponen en juego sin miedo a que se gasten sus talentos, y el mayor de todos, su vida, pero llena de Dios y no de otras cosas y que no busca éxitos personales o comunitarios, sino sólo la gloria de Dios.
Hoy en día quizás la mayor tentación es pensar que la misión es sólo la radical que conocemos de unos pocos hombres y mujeres muy especiales, y que por tanto los demás cristianos no tenemos que tener una misión propia allí donde quiera que estemos, en el seno de una familia, por muy natural y vulgar que parezca…o en un trabajo en el que no conocemos bien a nuestros compañeros, o en la parroquia donde parece que solo en un lugar donde “consumimos” sacramentos y cumplimos con lo mínimo y no nos involucramos… o en un convento o comunidad religiosa más preocupada por lo que están decreciendo y por la propia subsistencia que por mantener viva y fecunda su fe… Y quizás nos olvidamos como familias el pensar que nuestro prójimo a “misionar” es también nuestro marido, esposa, hijo, hermano… o el compañero de trabajo o el hermano de comunidad que Dios ha puesto en nuestra dulce rutina de la vida aunque nos cueste… La Misión no está lejos, está mucho más cerca de lo que creemos en la puerta de al lado, en nuestra propia habitación…cada uno tenemos que buscar cuál es y dotar así de sentido a lo que hacemos, ¡y ponerle corazón de misionero!
Por tanto, este primer domingo ya se nos está presentando claramente la actitud para vivir la cuaresma en plenitud con la mirada puesta en la Resurrección. En el desierto de nuestro corazón no tengamos miedo de las tentaciones que vengan porque el Señor ya nos ha mostrado como superarlas. El ayuno de lo no necesario, la escucha de la Palabra y oración constante y la confianza plena en el Padre nos ayudaran a que con un corazón renovado seamos capaces de compartir y dar limosna al modo de la viuda del evangelio.
Juan y Guiomar (familia Gonzalez Monforte)