

Pierre-Philippe Fraiture, Universidad de Warwick/ 15 abril 2024 15:32 CEST
El trabajo de Sammy Baloji nos permite revisar el pasado de la República Democrática del Congo y explorar cómo el arte puede ayudarnos a comprender la descolonización.
Con demasiada frecuencia se asocia a la República Democrática del Congo (RDC) con conflictos violentos, a expensas de sus aspectos positivos. Los informes sobre este enorme país, el segundo más grande de África después de Argelia, y casi el doble del tamaño de Sudáfrica, tienden a pasar por alto su vitalidad intelectual y artística.
Mi investigación se ha centrado en esta parte del continente. Este artículo se basa en dos contribuciones recientes en las que examino la riqueza cultural de la República Democrática del Congo y exploro el papel y el lugar de la extracción de minerales en su literatura y arte.
La contribución de la República Democrática del Congo a la cultura africana es inmensa. En la época precolonial, la escultura y los textiles congoleños se encontraban entre los logros culturales más notables del continente. Durante la ocupación colonial belga (1885-1960), surgieron importantes pintores Djilatendo y Albert Lubaki y escritores (Paul Lomami-Tshibamba). Después de la descolonización (1960), la rumba congoleña se convirtió en uno de los géneros musicales más interpretados en África.
Sin embargo, entre 1990 y 2006 esta efervescencia cultural se detuvo.
Los dos factores principales fueron la violencia política que acompañó al fin de la dictadura de Mobutu Sese Seko (1965-1997) y las consecuencias del genocidio de 1994 contra los tutsis en Ruanda. El genocidio precipitó un conflicto asesino al que habitualmente se hace referencia como las “Guerras del Congo”.
Tras las primeras elecciones democráticas de 2006, las actividades culturales se reanudaron gradualmente. La República Democrática del Congo experimentó una oleada de creatividad en todos los ámbitos.