

Recorrido histórico-artístico por la iconografía de la Natividad
Desde que el papa Liborio, en el 354, pasó la Natividad del 6 de enero al 25 de diciembre, para hacerla coincidir con el solsticio de invierno (por vincular a Dios con el sol), la representación de la Natividad, el nacimiento de Jesús, ha sido un continuo en el arte. Los belenes, que todavía hoy encantan a pequeños y mayores, materializan una escena que se concibió en los textos (los evangelios de Lucas, Mateo… también los apócrifos y, más adelante, la Leyenda Dorada de De la Vorágine) pero se ha popularizado en imágenes.
Si ya en el arte paleocristiano se encuentran muestras de la Natividad (en las catacumbas de Priscila, por ejemplo, aparece una madre con un niño en el regazo), esta iconografía se forjó durante la Edad Media. Primero, marcó el patrón el arte bizantino, en cuyas representaciones (pintura al fresco, iconos de madera, tallas de marfil…) aparece el Niño fajado y la madre tumbada en el interior de una cueva. Un detalle que no es arbitrario y que de hecho resulta básico en las diferencias teológicas entre Oriente y Occidente: en la tradición oriental, desde Bizancio, la Virgen María, como cualquier mujer, ha parido con dolor y por eso se encuentra recostada, recuperándose.