

«Que la comunidad cristiana no se deje contaminar nunca más por la idea de que existe una cultura superior a otras
«Si nos detenemos en una mirada negativa, acabaremos por negar la encarnaciónporque, más que encarnarnos en la realidad, huiremos de ella. Nos cerraremos en nosotros mismos, lloraremos nuestras pérdidas, nos lamentaremos continuamente y caeremos en la tristeza y en el pesimismo, que nunca vienen de Dios». El Papa Francisco aprovechó su encuentro con obispos, clero, seminaristas y consagrados para lanzar una dura advertencia contra los «funcionarios de lo sagrado», sin «corazón de pastores», que viven «en espíritu de cruzada».
«Que la comunidad cristiana no se deje contaminar nunca más por la idea de que existe una cultura superior a otras y que es legítimo usar medios de coacción contra los demás», señaló Bergoglio durante el rezo de vísperas en la catedral de Notre-Dame».
Empecemos nosotros: los pastores, que no se sientan superiores a los hermanos y a las hermanas del Pueblo de Dios; los agentes pastorales, que no conciban su servicio como poder. Se empieza desde aquí», explicó el Papa, pidiendo a la jerarquía eclesiástica preguntarse «¿cómo va la fraternidad entre nosotros? Los obispos entre ellos y con los sacerdotes, los sacerdotes entre ellos y con el Pueblo de Dios, ¿somos hermanos o rivales divididos en partidos? Y, ¿cómo están nuestras relaciones con los que no son “de los nuestros”, con los que no creen, con los que tienen tradiciones y costumbres diferentes?». Todo un golpe, uno más, a la línea de flotación de una Iglesia que, en algunos rincones, sigue trabajando ‘a la contra’ de un mundo que no comprende, y que no tiene necesidad, o eso cree, de entender.
En un denso discurso, Francisco pidió «generosidad» a los pastores para poder apacentar al rebaño. «Guíenlo, no dejen que se pierda mientras ustedes se ocupan de sus propios asuntos», y no lo hagan «de manera forzada, como un deber, como religiosos asalariados o funcionarios de lo sagrado, sino con corazón de pastores, con entusiasmo».
Hay que sentir, y proclamar, la alegría cristiana, que es «un don gratuito, la certeza de sabernos amados, sostenidos y abrazados por Cristo en cada situación de la vida». «¿Cómo va nuestra alegría? Nuestra Iglesia, ¿expresa la alegría del Evangelio? En nuestras comunidades, ¿hay una fe que atrae por la alegría que comunica?», preguntó.