
Por el Cardenal Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas, México/ 17 febrero 2021
Dos municipios tsotsiles de Chiapas, Chenalhó y Chalchihuitán, desde hace muchos años están confrontados por límites territoriales. Ambos pueblos sostienen ser los dueños legítimos de tierras limítrofes que bordean un río, que era la división milenaria entre los dos municipios. Un documento hecho en las oficinas de la entonces llamada Reforma Agraria, sin tener en cuenta la historia, la geografía y la cultura, le quitó hectáreas a Chalchihuitán y se las dio a Chenalhó. Por ello, ha habido asesinatos, despojos, invasiones, diálogos, estudios, decisiones parciales de las autoridades, y el problema no se ha resuelto. Son pueblos hermanos por cultura y vecinos geográficamente, pero distanciados entre sí. No es un conflicto religioso. La diócesis promovió caminos de reconciliación, pero sin resultado satisfactorio. Chenalhó tiene problemas semejantes con comunidades vecinas de otro municipio por la misma razón: la posesión de las tierras. Son conflictos muy preocupantes. ¡Cómo se anhela la fraternidad entre ellos!
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Pensar
El Papa Francisco, junto con el Gran Imán Ahmed el Tayeb y su Alteza el Sheikh Mohammed bin Zayed, musulmanes, está promoviendo un gran movimiento de fraternidad universal. No se hace a un lado nuestra fe católica, ni se la relativiza; al contrario, pues el mandato supremo es el amor. Es la fe la que promueve que las religiones no sean semillas de enfrentamiento, sino de aportación al bien de la humanidad, para acelerar la presencia del Reino de Dios, que es verdad y vida, santidad y gracia, justicia, amor y paz.
El 4 de febrero, declarado por la ONU como Día de la Fraternidad Universal, en un encuentro virtual para celebrar ese acontecimiento, el Papa expresó:
“Gracias a todos por apostar por la fraternidad, porque hoy la fraternidad es la nueva frontera de la humanidad. O somos hermanos, o nos destruimos mutuamente.
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