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5º Domingo Ordinario «A»

5º domingo A —   9 febrero 2020

Isaías 58, 7-10   —   1Corintios 2, 1-5   —   Mateo 5, 13-16

¿Qué gafas usamos cuando observamos lo que y a quiénes nos rodean? Se dice en español que «todo es según el color del cristal con que se mira», y en francés que «todo depende del prisma que usamos», o que «la realidad está en los ojos del espectador». Mi experiencia «crística» (este adjetivo me gusta más que «cristiana», sin duda a causa de su derivado «cristiandad”), es decir, mi relación personal con Jesús, el Cristo, da una coloración particular a mis relaciones interpersonales (independientemente de que el otro sea un amigo, un enemigo o un extraño) y a mis responsabilidades sociales. Y aunque a veces me gustaría quitármelas por lo exigentes que resultan, estas «gafas crísticas», las llevo puestas día y noche, ahora que escribo estas líneas, cuando camino por los parques y cuando voto en las elecciones al parlamento (¡demasiado a menudo en estos tiempos!). Y por ello percibo como una evidencia las palabras de Jesús “Vosotros sois la sal de la tierra”, “Vosotros sois la luz del mundo”. Pero, ¡cuidado!, luz que ilumina sin deslumbrar, y sal que sazona sin hacerse notar, excepto cuando falta. Nada anormal en lo dicho hasta ahora. 

Por el contrario, lo que me cuestiona y me preocupa es esa frase hacia el final del evangelio de este domingo: “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. Sería hipócrita, incluso inhumano, si afirmara que las reacciones positivas a mis conferencias y comentarios no me afectan, o que no las busco. Pero no debo olvidar cuál es la verdadera medida de mis éxitos o de mis fracasos: ¿Cuándo la gente observa lo que vivo y lo que hago, sienten el deseo de dar gloria a «nuestro Padre»?

La realidad de una Europa cada día más post-cristiana y post-religiosa nos invita a retomar la antigua costumbre de nuestros antepasados, el pueblo del Antiguo Testamento, que no pronunciaban el nombre de «Dios». «El Señor» (para seguir su costumbre) viene en busca nuestra. Hace que vivamos. Nos ama. Hace que podamos amarlo y vivir con él. Pero es y sigue siendo el Inaprensible, el Indescriptible, el Totalmente-Otro, como nos recuerdan algunos antiguos padres orientales. Proclamar hoy que «Dios es amor» (1Juan 4.8) parece banal, ya no significa nada, como observa el obispo Rouet en su libro «Creer, ¿pero en qué? Cuando Dios ya no significa nada”. Y sin embargo, nuestra vivencia cristiana nos dice en lo más profundo de nosotros mismos que «quien ama nace de Dios y conoce a Dios» (1Juan 4.7). O, mejor aún si usamos el vocabulario de Jesús, que quien ama da, en lo más íntimo de uno mismo, gloria a «nuestro Padre», por quien se siente amado, aunque sea incapaz de nombrarlo.  

Pero puesto que términos como «amor» o «amar» son siempre parciales, incluso ambiguos, necesitamos ampliar el concepto. Quien ayuda a su prójimo, es hijo de nuestro Padre, da gloria a nuestro Padre, aunque sea incapaz de nombrarlo. Quien busca la verdad y se deja cuestionar por la realidad, es hijo de nuestro Padre, da gloria a nuestro Padre, aunque sea incapaz de nombrarlo. Todo aquel que desea vivir y que trabaja para que otros tengan una vida digna, es hijo de nuestro Padre, da gloria a nuestro Padre, aunque sea incapaz de nombrarlo…  

Y es así como la pregunta que me hace el Evangelio, “Cuando la gente observa lo que vivo y hago, ¿sienten el deseo de dar gloria a nuestro Padre?», se vuelve más concreta y explícita. Mis conferencias, mis comentarios, mi propia vida… ¿hacen que la gente quiera vivir plenamente, buscar la verdad, ayudar a su prójimo, mirar a los demás con las gafas de Jesús, y ser, aunque sean incapaces de decirlo, hijos de nuestro Padre?

P. J.Ramón Echeverria Macho, Msr.d’Afr

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