
Fuente: OMPRESS-RUANDA
La misionera Josefa Idiazábal, religiosa de San José de Gerona, hace muchos años que unió su destino a África. Recuerda el Domund y también las celebraciones de San Francisco Javier, porque ella nació en Sangüesa, Navarra, no muy lejos de la cuna del patrón de la misiones.
Al celebrar este siglo del Domund, la hermana Josefa expresa su agradecimiento por la cercanía a los misioneros que ha significado esta fiesta de la Misión. Y también recuerda “lo vivido a mis 13 ó 14 años. Mi relación con San Francisco Javier: La procesiones por la Calle Mayor de Sangüesa, en las que se paseaba el brazo incorrupto del santo; la peregrinación desde Sangüesa a Javier, acompañada por el Viacrucis que los peregrinos rezábamos. Había peregrinos de los pueblos de Navarra, que llegaban a Sangüesa pidiendo posada. Y lo más fascinante era participar en la misa en Javier en la que algún milagro se dejaba ver en los presentes. Todo esto tocaba profundamente mi interior y sentía que algo me decía el santo”. La hermana no duda en reconocer que el Domund y el ejemplo de San Francisco Javier fueron “preparando mi vocación misionera”.
Hoy está en Butare, Ruanda. Tras prepararse como enfermera partió hacia África y fue una de las fundadoras de la primera comunidad en este continente de su congregación, el Instituto de Religiosas de San José de Gerona. Aquella comunidad comenzó en 1979 en Nyarusange, Ruanda. A pesar de que llegaron sin saber el idioma y que aquella zona era muy pobre, poco a poco se ganaron el aprecio de la gente. Allí estuvo 15 años hasta que el conocido como “genocidio de Ruanda” obligó a las religiosas a salir de allí, para dirigirse a la República Democrática del Congo, en Rubare. Muchas cosas podría contar la hermana Josefa de aquellos terribles acontecimientos, la marea de refugiados, caras y rostros. Tras el genocidio, tuvieron que rehabilitar sus casas en Ruanda, que habían sido ocupadas por los militares, y la hermana trabajó en la organización de la adopción de niños huérfanos en un campo de refugiados.
Ahora, en su comunidad de Butare, como tantas misioneras y misioneros sigue haciendo de las obras de misericordia su manual del día a día: visita y atiende a enfermos y no olvida visitar a los presos y continúa acogiendo y ayudando a los pobres que Dios le pone en el camino. Y así lleva casi 50 años en África.