

«La cola de la capilla ardiente de Benedicto XVI iba dando vueltas para que cupiese más gente»
| Alberto Royo Mejía, relator del Dicasterio para las Causas De los Santos (Roma)
Desde las ventanas de nuestro dicasterio que dan a la plaza de San Pedro -no es el caso de la mía, que da a un estrecho callejón- hemos visto cómo esta mañana se iba llenando poco a poco la plaza de San Pedro y la cola para entrar a la capilla ardiente de Benedicto XVI iba dando vueltas para que cupiese más gente en la plaza.
El comentario de los compañeros de trabajo era más o menos éste: “Es que la gente lo quería mucho”. Y me preguntaba yo si no sería una redundancia hablar de un Papa querido por la gente porque parece que es algo normal, que es lógico que sea así. Y cuando se habla de la gente nos referimos sobre todo a los cristianos, pero no solamente, también a otros muchos. Y tampoco hablamos de un cariño como al que muchos están acostumbrados, es algo diferente, ni mejor ni peor, simplemente diferente, con unos ingredientes –fe o por lo menos de búsqueda sincera de Dios, amor a la Iglesia o por lo menos al bien que hace la Iglesia y visión sobrenatural o por lo menos apertura a la trascendencia- que lo definen.
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