


Me llamo Jesús Jimeno Urzainqui. Nací el día de Navidad de 1935 en Vidangoz, un pueblo a caballo entre dos valles de la montaña navarra, Roncal y Salazar. Yo pertenecía a una familia numerosa compuesta de 3 varones y 5 chicas. Mis padres eran agricultores que compaginaban las tareas del campo con la explotación de la madera, abundante en la zona.
De acuerdo con la tradición familiar, mi camino vital estaba marcado: sería “almadiero”. Pero, acabada la primaria, gusté durante un año el oficio de mi padre y de mi hermano mayor. El hacha y el tronzador, la azada y la hoz fueron mis buenos amigos. Un día, en plena faena con mi padre, rompí un remo. Hubo truenos y relámpagos. Pero el cielo vino a echarme una mano, abriéndome caminos insospechados. Cambié de rumbo y decidí irme al seminario. Sería sacerdote y más tarde misionero.
Aquella época era especial para África. Vivíamos en la encrucijada de las independencias. África y la Iglesia compartían inquietudes acuciantes. Mi primer nombramiento fue Burundi. Allí sentí la urgencia de las palabras del Maestro: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. Id, pues, y haced discípulos de todas las gentes.”
Burundi aparecía como un país encantador, una tierra acogedora y de ensueño. Sin embargo, apenas hollé el país con mis pies quedé estupefacto. Dos semanas después de mi llegada al país, varios jóvenes políticos eran ejecutados Casos semejantes se repitieron poco más tarde periódicamente por razones étnicas o sociopolíticas. Los misioneros nos sentíamos aturdidos al contemplar tanta crueldad e insensatez. Difícil entenderlo y vivirlo. Tarea de largo recorrido que solo el Espíritu es capaz de conducir hasta el final por medio de la escucha, la compasión y el perdón. Así pasaron 15 años, compartiendo con los burundeses alegrías y penas, trabajos y servicios; perdonando y haciéndonos perdonar, intentando mostrar al Cristo viviente, sufriente y amante.
Aquella experiencia culminó con la expulsión. La Iglesia estaba en el punto de mira y nosotros, los misioneros, fuimos las primeras víctimas. Las autoridades nos “invitaron” a salir del país…. En marzo de 1980, dejé Burundi y, en octubre del mismo año, fui nombrado al Congo, llamado entonces Zaïre, un país muy diferente por la multiplicidad de sus etnias, lenguas, cultura y manera de ser, -incluso a nivel de las comunidades eclesiales-. Fui nombrado a Aba, Ituri, en la frontera con el Sudán. Aprendí otra lengua. La misión más próxima distaba 100 km y para llegar a ella había que atravesar 24 puentes peligrosos. Había que vadearlos en coche, haciendo equilibrios sobre dos troncos de árboles. Si fallabas el cálculo, te ibas al encuentro con San Pedro. Las habilidades adquiridas en mi tiempo de almadiero no fueron lecciones vanas.
Cuando cumplí 65 años, creí llegada la hora de distanciarme un tanto de funciones de dirección y administración para dedicarme a revalorizar un sector más urgente: la escuela. Los edificios tenían techos de paja Frecuentemente eran pábulo del fuego durante la estación seca. “Nada se hará sin vosotros”, les decíamos. “A vosotros los muros. A nosotros los costes del tejado” (chapas de zinc, barras de hierro, clavos, cemento). Lo comprendieron. Mayores y niños, jóvenes y madres con sus bebés en brazos se aliaron como un escuadrón en orden de batalla. Fruto de esta solidaridad y del concurso de Manos Unidas, de familiares y amigos fue la construcción de más de 300 aulas en tres parroquias. Ufanos del resultado, hablaban fácilmente de “nuestras escuelas”. En ellas se incluían un Instituto Pedagógico y otro de Ciencias de la Salud. Lo más bello y gratificante fue que la obra pertenecía a todos y habíamos trabajado juntos.
Nuestro objetivo último era humanizar evangelizando. En la misma medida que evangelizábamos, éramos evangelizados. Los antiguos movimientos apostólicos, la Legión de María, por ejemplo, daban muestras de envejecimiento. A penas existían relevos. Pero surgieron otros dos: los Carismáticos y las Comunidades de base (CEB). Ambas concurren armoniosamente en la proclamación del Evangelio y el servicio de las comunidades.
Termino recordando de manera especial a algunas personas: a mi hermana Celsa SMNDA (Hermana Blanca), la última de la familia, con quien compartí vocación, espíritu y misión en África. De ella he recibido afecto y apoyo profundo. El Señor la llamó en 2013. Continúo también en comunicación con una familia africana. El padre es catequista; su esposa es maestra y anima un grupo “Anuarita” de niñas. Los dos hijos mayores han acabado estudios universitarios y otros dos siguen el mismo camino. Tres más hacen la primaria. Les ayudo algo en sus estudios. De ellos espero que perseveren en su fe, siendo piedras vivas en la Iglesia y en su país tan necesitado.
Jesús Jimeno Urzainqui, M.Afr.