La Inmaculada Concepción es el título por el cual reconocemos que la Virgen María, por Gracia especial de Dios, fue exenta del pecado original. A veces confundimos esta cualidad de María con su virginidad, pero son dos realidades distintas en María.
Hablar de María, como mujer inmaculada, es acercarnos a su transparencia y a su limpieza interior. Dios sabía muy bien cómo sería aquella mujer, cómo iba a ser, cómo se podría contar con ella. Y por eso la preserva de todo mal para que su hijo nazca en una morada llena de gracia. No es sólo un privilegio; es también un reconocimiento previo por parte de Dios a la que sería la opción libre y meditada de María: ser una mujer de Dios. Una vez más Dios se anticipa a nuestros cálculos.
Las autoridades reservan muchas veces un espacio de tierra, como reserva natural protegida, para mantenerlo libre de la especulación y de la contaminación humana. Así tenemos parques naturales y zonas vírgenes que podemos disfrutar. María ha sido una mujer que se ha reservado por entero. Ella es un espacio natural y protegido para Dios. Esa tierra virgen, interior, de María es su limpieza inmaculada. Por eso la llamamos Inmaculada y la Iglesia así lo ha proclamado solemnemente.
El dogma de la Inmaculada no está expresamente recogido en la Sagrada Escritura. Ha sido una conquista lenta y larga del pueblo de Dios. Podíamos decir que María ha llegado a ser declarada como Inmaculada por aclamación popular.
En el año 431 en el concilio de Éfeso ya se produce la primera manifestación con antorchas en favor de la Madre de Dios. Los primeros padres no lo tienen claro; algunos afirman que sólo Jesús estaba libre de pecado; otros ya van señalando la inmaculada concepción de María.
La primera referencia a la Inmaculada aparece en el siglo V con San Sabas. En el siglo VII: San Ildefonso de Toledo declara fiesta en España el día 18 de diciembre.