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Transfiguración del Señor A

mariposa

Daniel 7, 9-10.13-14   —   2 Pedro 1, 16-19   —   Mateo 17, 1-9

 

A menudo Mateo, el evangelista, trata a los discípulos de Jesús con demasiado respeto y consideración y evita mencionar sus debilidades y sus miedos. No así Lucas y Marcos que en el texto de hoy añaden a propósito de Pedro: “No sabía lo que decía” (Lucas, año C); “Estaban asustados y no sabía lo que decía” (Marcos, año B). El reconocimiento por parte de Pedro y sus compañeros del hecho de que en Jesús encontraban a Dios, no pudo ser ni repentino ni instantáneo. En realidad no se completó hasta después de la resurrección. Pero en retrospectiva, cuando algunas décadas después de los acontecimientos, Marcos, Lucas y Mateo escriben sus Evangelios, los tres coinciden en que la experiencia que celebramos hoy, la de la ‘Transfiguración’ tuvo que ser un momento decisivo en el camino hacia ese reconocimiento.

Como toda experiencia mística, la de Pedro, Santiago y Juan tuvo que ser difícil de asumir y aún más de relatar.  Para ayudar a meternos en la piel de esos discípulos, en su vivencia y sus dificultades, los expertos que han organizado la liturgia nos ofrecen hoy en la primera lectura un texto apocalíptico del libro de Daniel: “Yo vi, en una visión nocturna, una especie de hombre entre las nubes del cielo”. Personalmente hubiera escogido las palabras con las que el profeta Ezequiel trata de hacernos captar cómo Dios se le apareció en Babilonia: “Yo miré: en el medio como el fulgor del electro… y en el centro como una forma de cuatro seres… Entre los seres había algo como brasas incandescentes… Por encima había algo como una piedra de zafiro… y en lo más alto, una figura de apariencia humana. Vi luego como el fulgor del electro, algo como un fuego que formaba una envoltura… Era algo como la forma de la gloria de Yahveh”.

Captamos sin ningún problema las dificultades de Ezequiel, las del autor del libro de Daniel, las de los evangelistas y discípulos para explicar sus importantes experiencias espirituales. Se cuenta que poco antes de su muerte, Santo Tomás de Aquino habría querido destruir todos sus escritos, porque los encontraba totalmente inadecuados cuando disertaban de la inefable comunión con Dios en Jesús. Una buena lección de humildad para quienes se creen “expertos”. Lo que cuenta es la vivencia espiritual, mucho más que las explicaciones y los tratados teológicos. Y de hecho, cuando nos transmiten el evento de la Transfiguración, los tres evangelistas están de acuerdo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Es cristiano quien vive en comunión con Jesús, aunque no sepa ni pueda explicarlo. Todo lo demás es secundario.

Y es ahí donde tengo a menudo la impresión de que estamos fallando en dos exigencias fundamentales de nuestra vocación cristiana. Por un lado no respetamos el misterio inefable de Dios, y por otra parte nuestras interminables discusiones teológicas y pastorales acerca de todo y de nada, muestran que Jesús no es suficientemente el centro, el sólo, único centro de nuestra vivencia cristiana.

Obviamente la comunión con Jesús es un don. Pero un don para el que uno se prepara, al menos escuchando al corazón, aceptando esa sed nuestra de amistad, de profundidad y trascendencia, que procuramos anestesiar a diario. A ese propósito, cuando he tratado de expresar los deseos de mi corazón, siempre me han ayudado las palabras de Pedro en el Evangelio de Juan. Al final del discurso sobre el Pan de Vida, los oyentes encuentran que las palabras de Jesús son difíciles, excesivamente misteriosas, y se van. “¿También vosotros queréis marcharos?”, pregunta Jesús a los Doce. Y Simón Pedro contesta: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. No es de extrañar que sea el mismo Pedro quien, sin apenas comprender, dirá en el momento de la Transfiguración: “Señor, ¡qué hermoso estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” ¡Cuánto me gustaría que uno de los tres, de preferencia Jesús, me invitara a entrar en su tienda!

 

Ramón Echeverría, mafr

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