“Porque la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios… con la esperanza de ser también liberada de la esclavitud… para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios…” (Rom. 8,19). Es uno de esos textos que siempre me han atraído, y que con el paso del tiempo han significado cada vez más para mí.
Hace ya veinticuatro años, en este mes de abril, que falleció mi madre. “Ha regresado a nuestra madre-tierra”. Lo dije en la misa celebrada en el pueblo. Yo acababa de vivir poco tiempo antes una experiencia muy especial en la “Piscina Probática” o “Estanque de Bethesda”, en Jerusalén, en el terreno de la Iglesia de Santa Ana, del que se encargan los Padres Blancos. Allí es donde coloca el evangelio de Juan el encuentro de Jesús con el inválido y su curación. Las excavaciones han revelado cómo en la época de Jesús, en lo que entonces era un riachuelo cerca del templo, se practicaban baños rituales en honor de Asclepios, dios griego de la medicina. Se trataba pues de un centro pagano de curaciones, frecuentado también por judíos y por el mismo Jesús. Y allí me encontraba yo en oración, dándole gracias a Jesús por el trato que él había tenido con los paganos hasta el punto de reunirse con ellos. También hay que decir que en aquel entonces me solía sentir incómodo, viéndome como una especie de hormiga, uno de los cuatro o cinco billones de habitantes del planeta… Y así fue como, de repente, durante la oración, mirando hacia arriba y observando las antenas de televisión de las casas que apuntaban hacia el cielo, me sentí en paz con todos los habitantes del planeta, con los millones de estrellas de nuestra galaxia y con los miles de millones de galaxias de un universo que sigue expandiéndose, con toda “la creación expectante que aguarda la plena manifestación de los hijos de Dios”…

Desde aquel día se diría que mi corazón se ensancha y da gracias al Señor cada vez que se descubre una nueva galaxia aún más lejana. Y en particular doy gracias porque la tierra que habitamos, la tierra en donde mi madre fue enterrada hace veinticuatro años, la entera creación, y todos los seres humanos… procedemos, – utilizando la bonita fórmula de algunos astrofísicos–, del polvo de las estrellas. “Y vio Dios que era bueno” (Gén. 1.10), será uno de los estribillos de la primera lectura de la vigilia pascual.

¿Y la resurrección que celebramos de manera especial este domingo de Pascua? Con toda sinceridad, nunca la resurrección ha supuesto para mí un serio problema. Desde un punto de vista racional, negar el más allá es tan difícil y complicado como el probarlo. Sigue siendo válido el argumento que escuché hace mucho tiempo al arzobispo anglicano de Canterbury (creo que fue George Carey): “Puesto que el amor de Dios no tiene fin, tampoco puede tenerlo el objeto de su amor.” “Y vio Dios que era bueno”. “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Juan 3,16).
La resurrección no me ha sido un problema, pero he pensado en ella a menudo. En primer lugar, porque los judíos creyeron en ella muy tarde, hasta el punto que para los tradicionalistas de la época de Jesús era todavía una novedad teológica. Lo que me ha llevado a admirar a los “pobres de Yahvé” que en el siglo IV antes de Cristo se mantuvieron fieles a Dios a pesar de su humillación política y social sin que por ello esperaran una “recompensa” en una vida futura. Y a valorar igualmente a Juan de la Cruz y Teresa de Ávila: “Aunque no hubiera cielo yo te amara”, dicen sus poemas.

También la resurrección me ha venido a la mente pensando en la tierra que había acogido a mi madre apoderándose de su cuerpo. Seguramente no soy el único que se hace preguntas sobre el cómo y el después de la resurrección. ¿Cuál y cómo será nuestro cuerpo, si es que lo tendremos? Al buscar una respuesta no me ayuda el “no me toques”, de Jesús a María de Magdala, “porque aún no estoy arriba con mi Padre”. Ni el que los discípulos no le reconocieran en el camino de Emaús. Entonces, dado que no me gusta la distinción platónica entre ‘cuerpo’ y ‘alma’, prefiero ocultar mi ignorancia utilizando el lenguaje imaginativo de la Biblia: “Dios sopló en su nariz [del hombre] aliento de vida”.

No obstante, esta ignorancia ha tenido estos días un pequeño consuelo. En un programa de divulgación, uno de los científicos insistió en que, por los orígenes y la historia de nuestro ADN, tenemos algo en común y estamos en comunión con todos los seres vivientes. Y añadió que se puede decir que la vida misma es consecuencia y continuación del Big-Bang inicial. Es verdad pues que ignoro cómo será mi ‘cuerpo resucitado’. Pero sé que el polvo de las estrellas, la tierra que acogió a mi madre, los árboles que admiro en mis paseos, y los miles de millones de seres humanos que me rodean… estarán presentes en ese cuerpo. Y por ello doy gracias al Señor cantando Aleluya.

Ramón Echeverría, mafr

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