El 13 de enero un terremoto sacudió El Salvador. Al día siguiente
recibí varias llamadas, de España sobre todo, preguntando cómo
estaba la situación y qué podían hacer. No podía dar muchas respuestas
concretas, pero se me ocurrieron algunas reflexiones "a propósito
del terremoto", por así decirlo. Esto es lo que pongo ahora
por escrito de manera un poco más organizada y pausadamente. El
lector notará también diversas emociones, obvias muchas de ellas.
Quizás note también otras un poco más personales: la indignación
de que siempre es "lo mismo" y sufren "los mismos",
la esperanza de que algún día no sea sí y una especie de veneración
ante la vida de los pobres, antes, durante y después de las catástrofes.
En El Salvador ha vuelto a ocurrir una gran tragedia. Un fortísimo
terremoto ha ocasionado muertos que por ahora se cuentan por cientos,
pero que bien podrán llegar a contarse por miles. Muchos más son
los heridos y muchísimos más los damnificados. Las casas destruidas
han dejado a decenas de miles sin hogar, viviendo a la intemperie,
aguantando el frío de la noche, con muchísimos niños pequeños.
El terremoto deja también la angustia de un futuro incierto sobre
cómo y dónde van a vivir las próximas semanas, meses y años, ya
ello se une el miedo -a veces todavía pánico- a que la tierra
vuelva a temblar. Muchas zonas han sido evacuadas y han quedado
desoladas, en otras se hacinan los damnificados. Las escenas son
aterradoras: dolor y llanto sin consuelo por los muertos, familias
enteras que han desaparecido, "la vecina perdió cinco hijos",
"la casa soterró a toda la familia". Ya medida que pasan
los días y van llegando noticias del interior crece la convicción
de que la catástrofe ha sido realmente grande, mayor de lo Que
se pensaba.
Baste lo dicho para poner en palabra una gran tragedia y un gran
sufrimiento. En los próximos días se conocerán mejor las cifras:
muer1os, heridos, desaparecidos, destrucción, pérdidas globales.
Ahora, a tres días del terremoto, ofrecemos unas breves reflexiones
sobre lo que realmente ha ocurrido, lo que nos interpela y -aunque
suene paradójico- lo que nos ofrece.

La
tragedia de los pobres.
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Vivir en este país es siempre una carga muy dura de llevar.
Oficialmente, la mitad de la población vive en pobreza, grave
o extrema. De la otra mitad, otra buena mayoría vive con serios
agobios y dificultades, todo lo cual se agrava con las catástrofes:
en 1986 otro terremoto asoló al país, hace dos años fue el Mitch
y no hay que olvidar quince años de represión, guerra, éxodo
masivo, destrucción.
Vivir es, pues, una pesada carga, pero no lo es para todos
por igual. Como siempre, lo es muchísimo más para las mayorías
pobres. El terremoto ha destruido casas, pero muy mayoritariamente
las de bajareque y adobe, donde viven los pobres porque no pueden
construirlas de cemento y hierro. Los deslaves y derrumbes han
soterrado personas y viviendas -esta vez también casitas de
clase media baja-, pero siempre soterran a los pobres porque
sólo en esas inhóspitas laderas, no en tierra llana y fértil,
han encontrado lugar para sembrar. Lo mismo ocurrió durante
el conflicto bélico. La inmensa mayoría de quienes sufrieron
la represión y de quienes murieron en guerra, de uno y otro
bando, fueron pobres. Y así sucesivamente.
El terremoto no es, pues, sólo una tragedia, sino que es también
una radiografía del país. Muy mayoritariamente mueren los pobres,
quedan soterrados los pobres, tienen que salir corriendo con
las cuatro cosas que les quedan los pobres, duermen a la intemperie
los pobres, se angustian por el futuro los pobres, encuentran
inmensos escollos para rehacer sus vidas los pobres. También
otros sufren con el terremoto, indudablemente, pero, por lo
general, pasado el susto, reconstruyen lo que se les ha dañado,
vuelven a la normalidad y pueden seguir viviendo, algunos de
ellos rodeados del lujo de siempre.
Los terremotos, como los cementerios, revelan la inicua desigualdad
de una sociedad y, así, muestran su más honda verdad. Algunas
tumbas son suntuosas, grandes panteones y lujosos mármoles,
bien ubicadas. Otras, casi sin nombre y sin cruces, se amontonan
en lugares y quedan anónimas. Son la mayoría.
Los terremotos recuerdan a los cementerios y escenifican, trágicamente,
la parábola de Jesús: "Había un señor muy rico que banqueteaba
todos los días. Ya los pies de su mesa había un pobre, Lázaro,
que esperaba que cayeran migajas de la mesa..."
- La injusticia que configura el planeta.
La tragedia tiene causas naturales, pero su desigual impacto
no se debe a la naturaleza, sino a lo que los seres humanos hacemos
unos con otros, unos a otros. Es la injusticia que configura el
planeta de forma masiva, cruel y duradera. La tragedia es en buena
parte obra de nuestras manos.
Es ilusorio que se apele a las normas de seguridad que se exigen
en la construcción de viviendas, cuando los pobres no tienen recursos
para cumplirlas. y yendo a la raíz, es insultante que no se haya
logrado -ni de lejos- vivienda digna para las mayorías, cuando
proliferan edificios llamativos y mejoran las autopistas, los
hoteles, los aeropuertos. También en El Salvador.
Según los expertos, en este celebrado milenio que comienza, el
de la globalización, dos mil millones de seres humanos no tienen
vivienda en que vivir con un mínimo de dignidad y de seguridad.
y cuando Gustavo Gutiérrez quiere sacudir la complacencia de este
mundo nuestro, hace esta sencilla pregunta: " ¿donde dormirán
los pobres en el siglo XXI?". "El capitalismo nació
sin corazón", dice Adolfo Pérez Esquivel. Lleva más de un
siglo generando champas infames y casitas que se caen, y con ello
se mofa de los pobres, quienes, cada veinte años, pierden sus
casas.
Pero se mofa también de los expertos. Un ejemplo. A tiempo, ecólogos
y técnicos, salvadoreños y extranjeros, denunciaron el peligro
que acarrearía la deforestación de la Cordillera del Bálsamo.
Haciendo oídos sordos, se construyeron centenares de casas, y
ocurrió lo que tenía que ocurrir: con el terremoto vino el deslave,
alrededor de 270 casas quedaron soterradas bajo cuatro metros
de tierra y alrededor de mil personas han muerto soterradas. Evidentemente,
la tragedia que ha causado el terremoto no se debe sólo a la deforestación,
pero ésta ha colaborado. Al día siguiente, el presidente Flores
se hizo presente al lugar de la tragedia, en esas visitas de gobernantes
que a veces pueden ser sentidas ya veces sólo para salir del paso.
La gente se le acercó, lo rodeó, lo abucheó e insultó -cosa que
no suele suceder normalmente- hasta el punto de que un funcionario
tuvo que interponerse entre la cámara de televisión y la gente
para que no quedase filmada la escena. De la respuesta de la gente
puede colegirse su indignación y dolor.
Una última reflexión en esta línea. Cada quince o veinte años
suele haber terremotos en el área centroamericana, pero la tragedia
que originan no parece enseñar mucho, ni servir eficazmente para
evitar en lo posible o minimizar la siguiente. Desde el terremoto
de 1986 no se ha buscado solución a la situación general de pobreza,
ni se ha avanzado eficazmente en prevenir y paliar las consecuencias
de catástrofes inevitables. En los quince años entre los dos últimos
terremotos el país ha invertido mucho para mejorar el armamento
de la fuerza armada y la tecnología de la banca. Pero para desescombrar
seguimos prácticamente con pico y pala, sobre todo en cantones
aldeas perdidas.
La tragedia ha sido grande para los pobres. Hoy
se habla de ella, pero pronto desaparecerá de la escena y será
desplazada por otros intereses, los de siempre. Ya se empieza
a hablar de si con el terremoto se activará la economía o no,
como cuando se piensa en el reparto de los despojos con el difunto
todavía presente. Los dueños del país buscan paliar los daños,
pero no se preocupan mucho de garantizar el futuro de la vida
de los pobres, sus viviendas, sus pertenencias. Y que las cosas
sean así oarece natural.
Por eso, con el terremoto siguen resonando la
palabra de Yahvé en el inicio de la historia: "¿qué has hecho
de tu hermano?".
La santidad de vivir.
Es más fácil escribir sobre la tragedia y la
maldad que sobre la vida y la bondad. Pero, aunque muy brevemente,
digamos que en medio de la tragedia la vida sigue pujando, atrayendo
y moviendo con fuerza. El desfile de gentes, caminando o en vehículos
muchas veces destartalados, con bultos en la cabeza y niños agarrados
de las manos, es la expresión más fundamental de vida y del anhelo
de vivir -con gran dramatismo lo hemos visto en Los Grandes Lagos.
Esa vida surge de lo mejor que somos y tenemos. Gente pobre, a
veces muy pobre y con muy pocos conocimientos, pone todo lo que
son y tienen al servicio de la vida, y lo hacen porque con frecuencia
no les queda mucho más.
Aquí en el tercer mundo, por experiencia secular, los pobres
desconfían de gobiernos, autoridades y funcionarios, aunque siempre
hay personas buenas y responsables. Los pobres saben que tienen
derechos humanos. En ocasiones de catástrofes saben que tienen
derecho a ser asistidos y ayudados. Si llega esa ayuda, es bien
recibida, por supuesto, y cuando no llega, y pueden hacerlo, protestan
porque no les ha llegado. Pero no esperan mucho y por ello su
reacción fundamental es otra: ponen a producir sus fuerzas y su
ingenio al servicio de la vida. En medio de la tragedia se impone
la fuerza de la vida y, a pesar de todo, se hace presente el encanto
de lo humano.
Y junto al impulso del propio vivir, surge también la fuerza
de la solidaridad. Como ha ocurrido en los últimos años, ha llegado
ya, y seguirá llegando, ayuda de muchas partes, y también han
llegado expertos en rescate, médicos, ingenieros...Prestan un
gran servicio, dan ánimo y hay que agradecérselo muy sinceramente.
Pero nos referimos ahora a la solidaridad más primaria y para
ello volvamos a lo ocurrido en la Cordillera del Bálsamo.
Para desenterrar cadáveres no había a mano muchas excavadoras
mecánicas y, además, hubiese sido peligroso usarlas, pues, al
desescombrar, podían pedacear cadáveres. Entonces, largas hileras
de hombres, pasándose baldes de tierra uno al otro, se pusieron
a remover miles de metros cúbicos de tierra y llevarlos a otro
lugar. Llevan así días y el cansancio es agotador. Pero siguen
buscando cadáveres, y esperando el milagro de algún cuerpo que
todavía esté con vida. Junto a ellos están socorristas beneméritos,
llegados de otros países. Es la fuerza primigenia de la solidaridad:
buscar a otros seres humanos, para hallarlos vivos o para enterrarlos
-con dignidad- cuando están muertos
Y en esa solidaridad primigenia siempre e indefectiblemente está
la mujer con la más primaria de las solidaridades: cuidando de
los niños entre escombros, haciendo y repartiendo lo que haya
de comida en los campamentos de damnificados, animando siempre,
sobre todo, con su presencia, sin claudicar, sin cansarse, como
referente último de vida que no falla...
Me gusta pensar que en esa decisión primaria de vivir y dar vida
aparece una como santidad primordial, que no se pregunta todavía
si es virtud u obligación, si es libertad o necesidad, si es gracia
o mérito. No es la santidad reconocida en las canonizaciones,
pero bien la aprecia un corazón limpio. No es la santidad de las
virtudes heroicas, sino la de una vida realmente heroica. No sabemos
si estos pobres que claman por vivir son santos intercesores o
no, pero mueven el corazón. Pueden ser santos pecadores, si se
quiere, pero cumplen insignemente con la vocación primordial de
la creación: son obedientes a la llamada de Dios a vivir y dar
vida a otros, aun en medio de la catástrofe.
Es la santidad del sufrimiento, que tiene una
lógica distinta, pero más primaria, que la santidad de la virtud.
Puede sonar exagerado, pero ante estos pobres, quizás podamos
repetir lo que dijo el centurión ante Jesús crucificado: "verdaderamente
éstos son hijos e hijas de Dios".
- La compasión que nos salva.
En el país, y sobre todo fuera de él, muchos se preguntan qué
hacer. Unos quieren saber cómo enviar la ayuda para que ésta
llegue a sus destinatarios y no a bolsillos de corruptos, para
que no se repitan experiencias del pasado, cuando gobernantes
y militares se han embolsado la generosidad de mucha gente de
buena voluntad. Otros preguntan, quizás con escepticismo justificado
por experiencias pasadas, si y para qué sirve la ayuda. Otros,
en fin, preguntan qué ayuda es la más eficaz y la más necesaria.
No vamos a contestar, en concreto, a estas preguntas. Queremos,
ofrecer más bien, algunas reflexiones sobre la actitud fundamental
-tal como la vemos desde aquí- que lleva a ayudar con creatividad
y generosidad, con firmeza y fidelidad
En primer lugar,
es necesario dejarse afectar por la tragedia, no rehuirla ni
suavizarla. No se trata de fomentar el masoquismo ni de exigir
imposibilidades psicológicas. Se trata de un primer momento
de honradez con lo real. Rehuir, sutil o burdamente, la tragedia
es una forma de salir de la realidad de nuestro mundo. Pero
hay que estar claros en que sin quedarse y afincarse en la realidad
a nadie se puede ayudar, ni a los necesitados de fuera, ni a
uno mismo por dentro. Dejarse afectar, sentir dolor ante vidas
truncadas o amenazadas, sentir indignación ante la injusticia
que está detrás de la tragedia, sentir también vergüenza de
que hemos arruinado a esta planeta y que no lo arreglamos, todo
ello es importante para saber ayudar en la tragedia. y lo que
es más importante, todo ello puede llevar a sentir compasión
y ponerla en práctica, que es lo que nos salva.
En segundo lugar
este dejarse afectar por la tragedia es también salvífico,
porque nos instala en la verdad y nos hace superar la irrealidad
en que vivimos. Por ello, bien harán instituciones como Iglesias
y universidades en analizar y proclamar la verdad de estas tragedias
-y ojalá lo hagan también gobiernos, multinacionales, fuerzas
armadas y banca mundial, aunque aquí las esperanzas decaen o
se desvanecen según los casos.
En este contexto, es especialmente importante que los medios
de comunicación hagan "la opción preferencial por la verdad",
comenzando por lo más exterior de ella, aunque muy importante,
ofreciendo datos fidedignos de la realidad, y avanzando a lo
más profundo, sus causas. El panorama que ofrecen los medios
es muchas veces desolador. Es noticia -escandalosa, por cierto-
los millones que gana un futbolista, pero hay que ser consciente
de que este hecho no pertenece a la realidad más real, sino
a la anécdota factual, escandalosa y adormeciente en un mundo
que se muere de hambre. La "noticia" se conviel1e
en "realidad" cuando se comparan las cifras de lo
que cuestan y ganan deportistas, cantantes, estrellas de cine,
con lo que tiene para sobrevivir un ser humano en Africa o en
Bangladesh o en la paupérrima comunidad de Guadalupe destruida
por el terremoto. Y entonces se aprende mucho sobre lo que es
agravio comparativo, injusticia, inhumanidad. Hacer esta comparación
es algo que desafía la imaginación y produce vértigo, Pero,
sobre todo, se convierte en interpelación inacallable: "
¿es humano un mundo así?".
La tragedia tiene, pues, un inmenso potencial educativo. Si
analizamos y no encubrimos su verdad, nos introduce en la verdad
de nuestro mundo y en nuestra propia verdad. No es fácil. Incluso
en días de terremoto, en El Salvador hablamos mucho más de lo
que ocurre en ciudades que en escondidos cantones y aldeas.
Pero es necesario. Como decía Ellacuría, si el primer mundo
quiere saber lo que es, que mire al tercer mundo. y también
nosotros podemos decir aquí: si queremos conocer la verdad de
la capital miremos a aldeas y cantones.
En tercer lugar
este dejarse afectar por la tragedia puede generar solidaridad.
Suele ocurrir a veces que una desgracia familiar ayuda a unir
a una familia -félíx culpa!, se decía antes-, y puede ser incluso
lo único que la llegue a unir. O dicho de otra forma, si ni
siquiera el sufrimiento la une, no hay solución. Y es que en
los seres humanos siempre hay reservas y reductos de bondad,
dormidos muchas veces, pero que pueden ser activados por el
sufrimiento de los otros. No somos siempre y del todo egoístas.
Un terremoto en El Salvador, una hambruna en Calcuta, la epidemia
del sida en Africa, bien pueden ayudar a generar conciencia
de familia humana.
En los pueblos sufrientes, crucificados, algo hay que atrae
y convoca, que nos puede llegar a sacar de nosotros mismos,
y ahí está el origen de la solidaridad. Entonces, junto al sentimiento
ético de obligación o junto a la superación del sentimiento
de culpa, aparece lo más hondo y decisivo: el sentimiento de
cercanía entre los seres humanos. Las solidaridades concretas
vienen después, y buena falta hacen: ropa, comida, tiendas de
campaña, medicinas, dinero, ayudas técnicas de todo tipo, perdón
de deudas... Pero todo esto, su calidad, su firmeza, el "para
siempre" de la solidaridad, surge de ver algo bueno y humanizante
en ser cercanos a las víctimas de este mundo. Y entonces quizás
acaece el milagro de lo humano: el llevarnos mutuamente, el
dar y recibir lo mejor que tenemos. Y el milagro mayor de querernos
unos a otros como miembros de una sola familia. Los cristianos
lo decimos con la mayor radicalidad: querernos como hijos e
hijas de Dios. Ocurre, entonces, el milagro de la mesa compartida,
el gozo de ser familia humana.
- Dios y la esperanza.
En El Salvador proliferan diversos tipos de religiosidad, pero
en su conjunto es un país religioso, y más en estos días de catástrofe.
Unos, los fanáticos, dicen que el terremoto ha sido un castigo
de Dios -también en el terremoto de Guatemala, en 1976, el arzobispo
de entonces dijo que la causa eran los pecados de los sacerdotes.
Otros, la mayoría, se dirigen a Dios con agradecimiento: "gracias
a Dios estamos vivos", con esperanza: "primero Dios
saldremos adelante". y con sumisión para encontrar algún
sentido en la catástrofe: "que se haga la voluntad de Dios",
Son frases cercanas a otras típicamente salvadoreñas: "primero
Dios", es decir, "sólo Dios puede ayudar, de los hombres
no podemos esperar mucho". O esta otra, menos religiosa,
pero que apunta también a cómo comprenden los pobres el sentido
de la vida: "a saber" .Es decir, en la realidad no hay
mucha lógica que haga el futuro predecible, ciertamente no una
lógica que esté en su favor.
No se oye mucho la pregunta que lleva la teodicea clásica: "o
Dios no puede o no quiere evitar las catástrofes. En cualquier
caso no quedas bien parado". La pregunta, sin embargo, sigue
resonando: "dónde está Dios". También la hizo Jesús,
y Pablo tuvo la audacia de responder: "en la cruz".
Estos días alguien ha respondido. "Dios está en El Cafetalón",
refugio de damnificados sin nada.
A la pregunta de dónde está Dios en el sufrimiento no hay respuesta
lógica ni convincente. Sin entrar ahora en ello, digamos que también
Dios está crucificado. En Europa lo han dicho muy bien Bonhoeffer
y Moltmann. Entre nosotros algo, breve pero profundo, dijo Ellacuría.
En definitiva, la respuesta a la pregunta por Dios sólo se decide
en la vida: si del misterio último, también en tiempo de catástrofe,
surge una esperanza. Es decir, si la esperanza no muere. Para
ilustrarlo terminemos con la siguiente anécdota.
Con el terremoto han quedado destruidas varias iglesias, entre
ellas la Iglesia de El Carmen, en Santa Tecla, donde resido. Con
dolor le decía la gente al párroco "Padre, nos hemos quedado
sin iglesia". Y el párroco, Salvador Carranza, les contestó:
"Nos hemos quedado sin templo, pero no sin Iglesia. La Iglesia
somos nosotros y de nosotros depende mantenerla con vida".
Hace años en tiempo del terremoto histórico de
la represión y la guerra, decía Monseñor Romero: "El día
en que las fuerzas del mal nos dejaran sin esta maravilla (la
radio), sepamos que nada malo nos han hecho. Al contrario, seremos
entonces más 'vivientes micrófonos' del Señor y pronunciaremos
por todas partes sus palabras".
Estas palabras son retóricas, pero son lúcidas
y verdaderas. Sirven para animar a la Iglesia en una situación
difícil, pero sirven también para animar a un pueblo en circunstancias
como la actual. Las palabras apuntan, desacostumbradamente, a
lo fundamental. La mayor tragedia es la destrucción de lo humano
de un pueblo. La mayor solidaridad es ayudar a reconstruirlo.
La mayor esperanza es seguir caminando, practicando justicia y
amando con ternura.
¿Ha muerto esto en El Salvador? Creemos que no, pero hay que
hacerlo crecer. En este sentido, ojalá la solidaridad ayude a
reconstruir casas, pero sobre todo personas, al pueblo; ayude
a reparar caminos, pero sobre todo modos de caminar en la vida;
ayude a construir templos, pero sobre todo pueblo de Dios. Ojalá
la solidaridad dé esperanza a este pueblo. Con ella ya encontrará
la gente modos de valerse por sí misma. Y esa gente devolverá
con creces, en forma de luz y ánimo, lo que recibió.
Jon Sobrino.