Del libro "LA IGLESIA QUE QUISO EL VATICANO"de Jose María Castillo,sj

Acabo de leer el libro "La Iglesia que quiso el Concilio Vaticano" del teólogo José Mª Castillo y no me he podido resistir a tentación de escanear algunos trozos que me han resultado interesantes para releerlos y tratar de asimilarlos mejor. Los pongos a tu consideración por si también a ti te resultan de interés. Son citas sacadas del contexto, por lo que algunas quizás no reflejen todo lo que ha querido decir el autor del libro. Me temo que no sean quizás las más significativas. De todas formas lo mejor es que compres el libro y lo leas. No tiene desperdicios. Está publicado en PPC.

Una realidad

El Concilio Vaticano II,. se sigue citando en documentos eclesiásticos, en libros de teología, en determinadas charlas o conferencias, en alguna que otra homilía... pero el que se cite un texto del Concilio o se haga alguna alusión a él no significa que el Concilio esté presente y actuante hoy en la Iglesia como tendría que estar. Aquella explosión de entusiasmo, de libertad, de esperanza e ilusiones que desencadenó este acontecimiento, el más importante desde el punto de vista eclesiástico que ha acontecido en todo el siglo XX, en buena medida ha quedado para unos desconocido, para otros incomprendido y, para una mayoría, algo que pertenece al recuerdo, porque la Iglesia sigue siendo sustancialmente lo que era antes del Concilio. Han cambiado algunas cosas ... pero hay cuestiones muy vitales en las que tenemos no la sospecha sino la convicción de que estamos peor que antes del Concilio

Sobre el poder

Cualquier persona que, por una parte lee desapasionadamente los evangelios y por otra, ve como está organizada y la forma como se ejerce el poder en la Iglesia, enseguida advierte una distancia y, en determinadas cosas, una contradicción que resulta alarmante.

La institución eclesiástica, tal como de hecho está organizada y tal como se comporta , es uno de los impedimentos más serios con que tropieza la gente (sobre todo la mayor de los jóvenes) cuando se trata de buscar y encontrar sentido último de la vida y, en definitiva, al Dios de vida

El Concilio introdujo cambios profundos en cuestiones muy determinantes de la teología de la Iglesia, pero dejo prácticamente intacta la organización eclesiástica y la forma cómo ésta puede ejercer el poder que tiene. Y, nos guste o no, la Iglesia a partir del Concilio ha estado y sigue estando obsesionada con el problema de su propio poder y de su propio prestigio. Y es, en como se visualiza ese poder y ese prestigio, donde pone la clave del éxito o fracaso del Evangelio en el mundo. Más que místicos y profetas lo que le interesa es organizar acontecimientos donde se haga ver su grandeza y su prestigio y sobre todo tener teólogos, obispos, sacerdotes y cristianos sumisos La razón de ser del papado en la Iglesia es mantener la unidad en la fe y en la comunión. Unidad y comunión de toda la multitud de creyentes. Pero esa unidad y comunión no se puede conseguir dando decretos, imponiendo normas, prohibiendo cosas y fijando sus poderes para obligar a sus súbditos a someterse a la fe y a la comunión. Por este camino se podrá conseguir un alto nivel de sometimiento externo e incluso de notable uniformidad en ciertos comportamientos más o menos externos, pero no se podrá conseguir una unión en la fe y menos todavía la comunión de vida, porque eso es algo que no brota de lo jurídico sino que son acontecimientos y experiencias de carácter estrictamente teológico. Si algo está claro en el gran relato de los evangelios es que Jesús "puso el comienzo de la Iglesia" predicando la Buena Noticia, es decir el Reino de Dios, pero no dando decretos ni imponiendo normas y prohibiciones

Un hombre que se constituye en punto de encuentro y de coincidencia de gentes, mentalidades y tradiciones tan diversas y, a veces contrapuestas, como se dan en el mundo entero, que se propone ir por la vida con la pretensión de ser el centro en el que coincidan todos, de manera que, quienes no coincidan, deben considerarse así mismos malas personas, es pretender algo imposible en nuestra cultura de la postmodernidad. Tal figura producirá necesariamente la atracción de unos, el rechazo de otros y la indiferencia de los más.

Precisamente cuando en nuestros días observamos como la figura del Papa ha alcanzado el culmen de la popularidad, de la estima en grandes sectores de la opinión pública y, sobre todo, cuando el control que ejerce el Papa sobre la Iglesia, a través de la Curia Romana, es más fuerte que en los pontificados anteriores, cuando se ha conseguido la mayor uniformidad de todos los cristianos... es cuando la fe se ve más cuestionada que nunca, la Iglesia pierde credibilidad, el pensamiento teológico es cada vez más marginal en la cultura dominante, la unión de los cristianos no se consigue, y las crisis en el interior de la misma Iglesia se acentúan, como es el caso de las vocaciones sacerdotales y religiosas, el abandono creciente de católicos que dejan la iglesia, la impopularidad de la institución entre las generaciones jóvenes, la pérdida de los valores éticos en la sociedad y un largo etcétera de cosas demasiado tristes que están sucediendo, sin que se advierta una preocupación sería por buscar remedios eficaces a tal situación.

Cuando el Código de Derecho Canónico vigente afirma que el Papa ( y en su nombre la Curia Romana) tiene una potestad "plena, (legislativa, judicial y punitiva) inmediata y universal" que además "puede ejercer siempre libremente" ante la que "no cabe apelación ni recurso alguno" cuyas decisiones "no pueden ser juzgadas por nadie", sin que "haya autoridad alguna a la que tenga que someterse, ni ante la cual tenga que dar cuenta" y ante la cual si "alguien recurre debe ser castigado con una sensura o un entredícho o una suspensión a divinis"... hace que en la Iglesia todos sin excepción tengan que ir por donde va el Papa y que nadie tenga en ella derechos adquiridos, derechos que pueda defender eficazmente... Es demencial el que la Iglesia se haya organizado de tal forma que la Buena Noticia de Jesús esté totalmente condicionada para todos los cristianos del mundo por la mentalidad, las preferencias y hasta la salud de un solo hombre. Es una situación insostenible y que mina de raíz cualquier intento de renovación

Una Iglesia de iguales

El Concilio al poner el capítulo del «pueblo de Dios» antes que los capítulos dedicados a la jerarquía, a los religiosos y a los laicos, quiso afirmar con fuerza que lo más básico en la Iglesia es la igualdad radical de todos los bautizados. Los tres sacramentos de la iniciación cristiana: el bautismo, la confirmación y la eucaristía, tienen tanta densidad teológica y llevan consigo tales exigencias, que todo lo demás en la Iglesia se queda en un plano enteramente secundario. Mientras esto no esté totalmente asimilado por todos los cristianos, la Iglesia andará desdibujada y su ser mismo se verá dañado en algo que es esencial.

El Concilio quiso una Iglesia que se entiende, antes que ninguna otra cosa, a partir de la igualdad fundamental de todos los cristianos y no desde la consideración de superioridad de quienes ostentan el poder.

El Concilio quiso una Iglesia en la que todos nos sintamos Iglesia, nos sintamos iguales, nos sintamos responsables de lo que pasa en la Iglesia y todos nos sintamos con la obligación de hacer lo queesté de nuestra parte para mejorar esa Iglesia, porque todos podemos participar y de hecho participamos en lo que se piensa , se dice y se decide. El Concilio quiso una Iglesia que todos por igual sienten y viven como propio, como algo que les concierne vivamente y en lo que se sienten comprometidos.

Lo primero en la Iglesia es el Pueblo, las comunidades de creyente, y dentro de esas comunidades de creyentes , hay que replantearse el papel y los poderes que tiene la jerarquía. Una Iglesia en la que el clero acapara y monopoliza el poder de pensar, de decir y de decidir es la Iglesia que expresamente rechazó el Concilio.

Esta eclesiología, fundada no en la comunión de personas sino el sometimiento a unas leyes y consecuentemente a las personas que ostenta el poder de forma plena y absoluta, que expresamente rechazó el Concilio, y que ha sido la que posteriormente se ha impuesto, son los dos hechos que han hecho abortar de raíz el Concilio.

Son muchos los que tienen el convencimiento de que la salvación depende del sometimiento y de la obediencia debida al poder espiritual de la jerarquía y a lo por ella establecido No es eso lo que quiso el Concilio porque Jesús no asoció en ningún momento la salvación al sometimiento a nadie, ni al cumplimiento de ritos y preceptos. La asoció al amor, a la misericordia, al perdón, a la bondad, a la solidaridad con los que sufren, pero nunca al cumplimiento de unas normas, a la práctica de unos ritos y mucho menos al sometimiento de unas personas sobre otras.

Hoy no es raro encontrar jóvenes clérigos que les gusta volver a la dignidad, distinción y rango que es propio de hombres sagrados y consagrados. Que les gusta vestirse de manera distinta a como se viste el común de los mortales (Mc 12,38) a ser venerados en público (Lc 20,46) a ponerse en los primero puestos (Mc 12.39) a ser tratados como personas respetable (Mt 23-7) a dejarse llevar de interese económicos (lc.16.14) a cargar con faldos pesados las espaldas de lo demás ( Mt.23-4)

La Iglesia un pueblo de creyentes

Según el Concilio la Iglesia es un Pueblo formado por creyentes que se caracterizan por tres cosas: ser libres, querer a los demás y tener como fin en la vida el trabajo por el Reino de Dios. Son las características diferenciales de la autenticidad de la Iglesia. Hay Iglesia en la comunidad en que se dan hombre y mujeres con estas características.

La Estructura eclesiástica es necesaria, pero en tanto en cuanto sirve para la organización y buena marcha de este Pueblo y de estas comunidades de creyentes. Nunca la podemos entender como lo primero, lo más determinante de la Iglesia. Lo más determinantes es la presencia de comunidades de creyentes.

No se puede decir que la Iglesia va bien porque en ella haya un Papa ejemplar y clarividente que arrastra con su ejemplo, su poder de convocatoria, la excelencia de su doctrina o el vigor con que impone sus decisiones. Ni tampoco es más bella porque los Obispos que se nombran sean hombres de gran calidad espiritual, teológico y humana. Y menos depende de la bondad de sus sacerdotes y religiosos. Todos ellos son necesarios para que ese comunidad de creyentes marche. Pero la Iglesia estará e irá bien en la medida en que haya más y mejores cristianos - clérigos, religiosos y laicos - creyentes: hombres libres, que se aman y tienen como el gran proyecto de sus vidas trabajar por hacer presente el Reino.

No hemos entendido lo más nuclear del Concilio cuando aceptamos sin más, que los que entienden y saben de Dios y los que tienen capacidad de tomar decisiones en cuestiones de Iglesia son los Obispos y los sacerdotes, y que los laicos lo que tienen que hacer es aprender, aceptar, obedecer y cumplir.

Y estamos favoreciendo el clericalismo cuando nos obsesionamos con el tema clerical. Cuando nos preocupa el denunciar al Papa, a los obispos, al párroco. Cuando ridiculizamos todo lo que se mueve con hábitos, sotanas o indumentarias clericales, porque con ello lo que conseguimos es hacerlos el centro, lo más importante en la Iglesia, les damos una importancia que el Concilio no quiso que tuvieran en el Pueblo de Dios. Cuando nos quejamos de los males de la Iglesia, y le echamos la culpa al papa, a los obispos o al clero en general, estamos favoreciendo un modelo de

Iglesia clerical que rechazó expresamente el Concilio.

Favorecemos igualmente una Iglesia clerical cuando luchamos porque las mujeres sean sacerdotes o los curas casados vuelvan al rol y al puesto que dejaron. El sacerdocio que Dios acepta como verdadero no es el del funcionario que ofrece ritos y ceremonias, sino el del creyente que ofrece su propia existencia. Jesús no ofreció a Dios unas ceremonias sagradas, sino una vida entera al servicio de quienes más sufren en la vida.

Hombres libres.

Según el Concilio se trata de "la libertad de los hijos de Dios", es decir, de la libertad "que rechaza todas las esclavitudes y respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión" Es una libertad que se enfrenta a las incontables esclavitudes que oprimen a las personas en " la Iglesia y en el mundo contemporáneo" No es una libertad que se nos da, sino más bien una libertad que conquistarnos, que brota desde dentro de uno mismo, de la propia conciencia. No es una libertad para "hacer lo que nos da la gana sino para "luchar contra todas las formas de esclavitud que oprimen a los seres de este mundo" Libertad que brota de la "dignidad de la conciencia y de su decisión libre.

En la Iglesia habrá más libertad, no en la medida no que los la dirigen y gobierne nos la vayan concediendo en asuntos concretos, sino en cuanto los cristianos seamos capaces de vivir en la libertad de los hijos de Dios y obrar en consecuencia

En la Iglesia todo poder que pretenda utilizarse para cosas que vayan en contra del Evangelio, que no sirven para asegurar el respeto a las personas, los derechos humanos de las personas , la dignidad de cualquier persona, no puede ser un poder que viene de Dios y no podemos sentimos obligados a aceptar sus exigencias. Si observamos en la Iglesia cosas que no nos gustan porque no pueden venir de Dios y nos dejamos llevar, no estamos actuando con la libertad de los hijos de Dios. Y si optamos por exigir o pedir a otros que cambien, estamos fomentando un clericalismo puro y duro, porque aceptamos que son ellos, los clérigos, los realmente importantes y determinantes en la Iglesia. No hay otro camino que el de actuar con la libertad de los hijos de Dios tratando de cambiar nosotros y actuar consecuentemente.

No podemos sentirnos más comprometidos con el Evangelio porque a todas horas arremetemos contra el clero. Comprometerse con el Evangelio, no es luchar contra los que dirigen la Iglesia, exigir a nuestros pastores cambios de mentalidad y actitudes. Comprometerse con el Evangelio es asumir apasionadamente la triple tarea que plantea el Concilio: vivir la fe desde la libertad, el amor y la causa del Reino. Ser libres ante las personas e instituciones que nos causan más esclavitud, querer a quienes con frecuencia no comprendemos e incluso nos resultan extraños, indiferentes y hasta odiosos, y andar por la vida curando todo achaque y todo sufrimiento, eso es lo que hace que uncristiano sea de verdad cristiano

Hombres que aman.

En la Iglesia tiene que haber necesariamente leyes, normas, directrices. Pero según el concilio lo que debe inspirar nuestras vidas y organizar el funcionamiento de la Iglesia es el amor. "La ley fundamental de la perfección humana y, por tanto, de la transformación del mundo, es el amor" Un amor que "se expresa en la vida ordinaria" "en circunstancias concretas y, con frecuencia, insignificantes y pequeñas de cada día". Amor que es una precepto y es una necesidad. El querer y sentirse querido en las cosas pequeñas de cada día es una necesidad tan apremiante para la vida como el aire que respiramos, el agua que bebemos o el alimento que tomamos. Así como quien no oxigena su sangre mediante la respiración, termina envenenado y muere, así también el que no quiere a nadie, ni e siente querido por nadie termina envenenado y, aunque siga viviendo físicamente, en realidad su vida es una muerte.

Somos muchos los creyentes que dan más importancia a la observación de la leyes, a la fidelidad a unos superiores, a lo que dice el cura, el obispo... que a la fidelidad a la propia conciencia y al cariño entre las personas y crean así a su alrededor ambientes, no de vida, sino de muerte.

El proyecto del Reino

¿Para qué somos libres? ¿Cómo gastar la fuerza inmensa del amor? El Concilio habla de creyentes, hombre libres que aman y que se marcan un fin en la vida: la tarea, el trabajo y la lucha por hacer cada día más presente el Reino de Dios en este mundo.

Una persona que se siente libre, liberado de esclavitudes, y que quizás ha renunciado a todo para mejor amar, si su amor no está inspirado por el proyecto del Reino, ese amor no pasará de ser una autocomplacencia y no pocas veces podrá degenerar en autosuficiencia. Persona que canalizan así su entusiasmo, su generosidad y su heroísmo está a punto de convertirse en un "peligro público". Porque su vida puede terminar siendo una fuente de indecibles de sufrimientos para quienes tienen la desgracia de convivir con semejante "persona espiritual"

Sobre lo religiosos/as

Resulta llamativo que el capítulo sexto de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, dedicado todo él a la vida religiosa, no cita ni un solo texto del Nuevo Testamento. En ese capítulo, se habla de los «consejos evangélicos», -pobreza, obediencia y castidad- pero no aduce ni un pasaje evangélico en el que se basen tales consejos, porque en realidad no los hay. Por supuesto, en los evangelios hay palabras de Jesús que se pueden aplicar a sí mismos los religiosos. Pero también se las pueden y se las deben aplicar los cristianos en general. En este sentido, es claro que la teología de la vida religiosa se ha justificado, con frecuencia, de una manera insuficiente y, no raras veces, manipulando textos evangélicos que poco o nada tienen que ver con lo que se pretendía demostrar

Ninguna propuesta que busque definir la vida religiosa mediante un tipo de nota que, directa o indirectamente, implique superioridad o excelencia sobre los demás modos de vida cristiana, por disimuladas que éstas puedan resultar, no va por buen camino».

Se puede decir que los tres consejos citados constituyen la esencia de la vida religiosa. Y con esta convicción ha existido esta forma de vida en la iglesia durante más de quince siglos Ahora bien, el grave problema que hoy tiene que afrontar la vida religiosa está en que la castidad, la pobreza y la obediencia abarcan la vida entera de una persona, porque prometen de manera radical el amor (relación con lo demás), el dinero (relación con las cosas) y la libertad (relación consigo mismo). Pero, al mismo tiempo, se trata de compromisos que responden a valores que hoy no son apreciados por los más amplios sectores de la población, sobre todo entre los jóvenes. La experiencia de todos los días nos demuestra que especialmente las nuevas generaciones piensan y sienten así.

Porque la sexualidad no es vista como un peligro o como algo negativo, de lo que haya que privarse, sino como algo indispensable para que una persona se sienta como un ser normal y le vea sentido a su vida.

Porque la pobreza, como tal., no significa nada o, si acaso, lo que significa es desgracia y miseria. De ahí que ya nadie valora el amor a la pobreza, sino la solidaridad con los pobres, que es una cosa muy distinta y que, en cualquier caso, puede ser practicada hasta el heroísmo sin hacer voto alguno de pobreza. Lo que hoy se valora no es que tú seas pobres, sino que luches porque haya menos pobres, porque se organice la sociedad de forma que los pobres dejen de ser pobres.

Y, finalmente, porque la obediencia y el consiguiente sometimiento, no ya sólo a Dios, sino además a un ser humano al que hay que aceptar como «voz de Dios", mande lo que mande (con tal de que lo que manda pecado), es lo más opuesto al sentido de la libertad y responsabilidad inalienable que hoy tiene el común de los mortales. Si a esto añadimos que los tres citado consejos evangélicos se sustentan sobre una base bíblica insuficiente y, en no pocos puntos, discutible, no nos debería sorprender que nuestras campanas vocacionales terminen siendo voces en el desierto, por más que intentemos "maquillar" la propuesta con expresiones o imágenes más o menos atractivas.

Jesús no se segregó ni se separó de nadie. Jesús no exigió a sus discípulo obedienia a ningún superior humano, ni les obligó a separarse de las mujeres con las que compartían la vida, ni les pidió amor a la pobreza, sino que se solidarizó con los enfermos, los pobres y los pecadores hasta el extremo de escandalizar a los hombres más religioso de su tiempo.

No vale la fácil escapatoria de atribuir las crisis de la vida religiosa a la falta de fe de los jóvenes, al materialismo imperante, a la perversión del mundo moderno o cosas por el estilo. En la actualidad, como ha pasado toda la vida, sigue habiendo jóvenes con una fe muy profunda y con generosidad a toda prueba. El problema está en que la vida religiosa nació en un contexto cultural que ya no es el nuestro. Y nosotros nos empeñamos en que los valores que le daban sentido a la vida de los creyentes en el siglo IV, sigan teniendo la misma fuerza y la misma significación ahora, cuando vivimos en una cultura y en una sociedad que no se parece casi en nada a aquella en la que hombres como Antonio Abad, Pacomio o Benito se fueron a los desiertos o a las cuevas solitarias para entregar sus vidas a Dios.

Lo decisivo hoy es que, efectivamente, haya personas en la Iglesia que vivan de tal manera que, por su misma forma de vivir, representen una interpelación, una llamada y un estímulo para el común de la gente. Ése fue el papel que cumplieron los mártires y las vírgenes en la Iglesia primitiva. A partir del siglo IV, fueron los monjes del desierto y más tarde las grandes órdenes religiosas en sus diversas formas y según el carisma de cada grupo. En este sentido, se puede y se debe decir que la vida religiosa es ahora más necesaria que nunca.

Cuando los grandes ideales, las grandes palabras, los grandes relatos y las utopías se hunden, arrasados por el huracán de la globalización y por la postmodernidad, se hace más apremiante que nunca la presencia, en la sociedad y en la Iglesia, de personas que digan algo distinto, radicalmente distinto, de las consignas que nos dicta a todas horas el «pensamiento único», esa forma de ver la vida que lo ha reducido todo a mercancía, bienestar y satisfacción plena, sin otro horizonte que la garantía de estar siempre como estamos. o mejor de lo que estamos, con tal de no salirse de lo establecido, resignadamente acomodados al sistema que se nos ha impuesto. Desde este punto de vista, la vida religiosa, con los tres votos de castidad, pobreza y obediencia y o sin ellos, tendrían que constituirse por grupos de personas libres, con la libertad de los hijos de Dios, que se quieren y quieren de verdad, y que hacen de su vida un grito de protesta - en la Iglesia y en la sociedad -, contra las incontables formas de agresión contra la vida y la esperanza que se cometen a diario por todas partes.