CON JESÚS
EN EL CAMINO DE LA MISIÓN
Nuestra reflexión se articula del siguiente modo: primero
veremos, cómo y porqué podemos hablar de una espiritualidad
misionera, después, en pocas palabras, indicaremos en qué
consiste la misión para terminar señalando y describiendo
algunas de las notas que especifican esta espiritualidad.
(Notas sobre la espiritualidad misionera)
La presente reflexión quisiera por una parte, trazar un
cuadro general en el que aparezca con claridad el lugar de una
espiritualidad misionera y por otra parte, indicar algunas de
sus características más importantes. Creemos indispensable
tener una visión de conjunto sobre el tema si queremos
saber de qué se trata y si queremos hablar de él
sin caer en tópicos y generalidades insignificantes.
I. La espiritualidad misionera
1. ¿Existen espiritualidades diversas?
Decimos que queremos reflexionar sobre la espiritualidad misionera,
pero ¿podemos hablar de espiritualidades diversas? La vida
cristiana en su totalidad es una vida espiritual puesto que vive
del Espíritu y, con mayor precisión, vive de, en
y según el Espíritu de Jesús de Nazaret.
Bajo este aspecto no existen diferencias entre los cristianos:
todos están llamados a vivir una vida interior y por consiguiente
espiritual, y todos están llamados a seguir y a imitar
a Jesús. Todos, pues, están llamados a la espiritualidad
cristiana. Para hablar de diversas espiritualidades, tenemos que
buscar su origen en otra dirección. ¿Dónde?
La diversidad de espiritualidades viene del modo diverso de vivir
la única espiritualidad cristiana. Y su fuente se encuentra
en la acción misma del Espíritu Santo que, de manera
diferenciada, distribuye sus dones a los fieles para manifestar
la inagotable riqueza de Dios y realizar así su proyecto
de salvación en la creación y en la historia de
la humanidad.
Los dones del Espíritu, distribuidos a los fieles según
sus propios caracteres y según las circunstancias de la
vida, tienden espontáneamente a expresarse en formas diversas
según la personalidad de los beneficiados y las situaciones
históricas en las que viven. Así, a partir de una
fuente única - el Espíritu de Dios - nacen numerosas
formas de ver y de sentir la llamada de Dios en Cristo Jesús.
Gracias a ello, los fieles se insertan en la vida siguiendo diversos
modos de expresión. Hay un solo Señor y un solo
Espíritu, que, por sus dones diversos, están al
origen de una manifestación plural de las riquezas sin
límites de Dios, el Padre de todos (1Cor 12,4-6; Ef 4,4-6).
Así, en el seno de una única vida espiritual cristiana
podemos hablar ciertamente de espiritualidades diversas.
2. ¿Cuando se puede hablar de una espiritualidad particular?
Ya lo hemos sugerido. La vida espiritual se encarna en la vida
real. La vida espiritual cristiana es tan solo la vida humana
vivida con interioridad en y según el Espíritu de
Jesús de Nazaret. En su seno podrá hablarse de espiritualidad
propia cada vez que haya un modo específico suficientemente
significativo de vivir la vida cristiana. Del mismo modo, si queremos
saber cual es el núcleo o el corazón de una espiritualidad
particular y si nos preguntamos por sus características
propias, tendremos que mirar a su inserción en la vida
concreta. Al ser la espiritualidad la fusión entre la vida
concreta y el espíritu con el que se vive, está
sellada necesariamente y en profundidad por la realidad vivida.
Podemos hablar de espiritualidad misionera, porque existe para
el misionero un modo particular de vivir la vida cristiana: un
modo especial de contemplar el misterio de Dios, una sensibilidad
propia en su oración y unos temas específicos privilegiados
en su reflexión y en su actividad.
De lo dicho, podemos sacar ya dos verdades importantes: la primera,
que no se puede hablar de espiritualidad misionera sin conocer
en qué consiste la misión; y segundo, que, a causa
de la diversidad de la acción misionera, no se puede hablar
de una espiritualidad misionera única, válida para
todos. Cierto, se podrán identificar algunas de sus notas
generales y descubrir algunas de sus actitudes propias, pero,
corresponde al mismo misionero, viviendo del Espíritu de
Jesús en su contexto particular, descubrir los contornos
específicos de su propia espiritualidad, tanto personal
como de grupo.
II. La Acción misionera
Puesto que la vida real es un elemento fundamental en toda espiritualidad,
si queremos descubrir los acentos propios de la espiritualidad
del misionero tenemos que saber en qué consiste la obra
misionera.
He aquí algunos elementos importantes que la caracterizan:
1. La Misión hunde sus raíces en el corazón
del misterio de Dios
Dios es bondad absoluta; amor, nos dice san Juan (1Jn 4,7-12).
Sabemos además que "Bonum est diffusivum sui".
Así pues, Dios es, en su propio ser, don y comunicación.
Dios se comunica "al interior" de sí mismo (misterio
trinitario) y, libremente, se comunica también al exterior
- si podemos hablar de este modo - por la creación y por
su acción redentora. La Misión, podemos decir, corresponde
al dinamismo propio del amor de Dios quien, por la creación,
la encarnación del Verbo y el envío del Espíritu
Santo, asocia a sus criaturas a su vida y a su felicidad. Dios
es el primer misionero. En Él toda misión encuentra
su fuente, su motivación y su término.
2. Es un proyecto de salvación único y universal
El proyecto de salvación de Dios es único y universal
para toda la humanidad pero se realiza de modo diferenciado según
diversas etapas, coordenadas entre sí, muchas de las cuales
solo Dios conoce. La creación, en su conjunto y en su totalidad,
es una maravillosa manifestación del proyecto salvador
de Dios, una revelación de su propio corazón ( Ef
1,3-14; Col 1,15-20; Jn 1,1-5.9-14).
3. Cuyo vértice es Cristo Jesús
Jesús de Nazaret es el revelador del misterio de Dios y
de su proyecto: "Dios, nadie lo ha conocido, el Hijo que
mora en su seno, lo ha revelado" Jn 1,18. Es también
el realizador del proyecto divino en su plenitud: "El tiempo
se ha cumplido" Mc 1,15. Mediante su vida, su enseñanza,
su muerte y su resurrección, Jesús manifiesta y
realiza en su persona la salvación de Dios: "Padre,
ha llegado la Hora, glorifica a tu Hijo" Jn12,23-28. Inaugura
el Reino del Padre en la historia: "El Espíritu de
Dios está sobre mí, me ha enviado..." Lc 4,18-19,
y nos invita a colaborar en él: llama a los discípulos:
"Ven y sígueme" Mc 1,16-20 y a todos los fieles:
"Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo"
Mt 5,13-16.
4. Confiado a toda la Iglesia
La Iglesia ha entendido como un deber de gratitud, por la fe que
ha recibido gratuitamente, la misión confiada por el Señor
de vivir, manifestar y proclamar el proyecto de salvación
de Dios: "Desgraciado de mí si no proclamo el evangelio"
1Cor 9,16, y como un acto de obediencia al mandamiento del Señor
resucitado: "Id y de todos los pueblos haced discípulos"
Mt 28,18.
La Iglesia realiza su misión en primer lugar, por una
vida conforme a la gracia recibida y la expresa de modo diferenciado:
en alabanza a Dios (culto) y en entrega al servicio del Reino,
en colaboración con todos, a fin de llevar la creación
adelante según el diseño divino. Cumple su tarea
en diálogo abierto y respetuoso con todos, buscando sin
cesar una verdad siempre mayor, dando explícitamente testimonio
su fe y ofreciendo a todos la Buena Noticia de Dios en Cristo
Jesús.
5. Con una especificación propia
Todo cristiano está animado por el dinamismo vital de la
misión y todos están llamados a dar una respuesta
personal a la invitación universal del Espíritu.
Pero, lo que cada cristiano es, de modo general, algunos lo son
de modo particular, gracias a la diversidad de carismas que adornan
el único Cuerpo de Cristo. Por eso, en el seno de una misma
comunidad, algunos fieles se sienten invitados por el Espíritu
a consagrar sus vidas al servicio del dinamismo de expansión
de la Buena Noticia. Esa es la gracia específica, y la
actividad particular, de la vocación misionera: "Nosotros
iremos a los paganos, ellos a los circuncisión" Gal
2,9; "Ponedme aparte Saulo y Bernabé para la misión
que les he confiado" Hech 13,2.
6. En las fronteras
La llamada a la misión y la tarea confiada al misionero
nacen, se alimentan y viven en el seno de la Iglesia, en unión
vital con la comunidad de la que expresan su dinamismo y vitalidad,
pero están orientadas a sus fronteras. La misión
está al servicio del dinamismo de crecimiento del Reino.
Las formas en las que se plasmará la misión confiada
serán múltiples y dependerán de las circunstancias
concretas de los ambientes en los que se ejercerá la tarea.
Pero será siempre en las fronteras de la Iglesia, hacia
el exterior - ad extra - (ad gentes, como se dice habitualmente).
Sus actividades concretas podrán ser.
- El acercamiento respetuoso a los demás en vistas a un
conocimiento y a un enriquecimiento mutuo, pues el misionero es
consciente de la presencia universal de la acción salvadora
de Dios,
- La colaboración con todos en vistas a la construcción
de un mundo mejor, pues el misionero sabe que todo crecimiento
en el orden de la vida, del bien, de la verdad, de la justicia
y de la paz... es crecimiento en la misma dirección: es
realización de la salvación de Dios,
- El testimonio de vida nueva, heredada del Señor Jesús,
pues el misionero no olvida la consigna recibida de "ser
luz del mundo y sal de la tierra",
- El diálogo religioso para compartir - recibir y ofrecer
- con respeto y confianza las riquezas que Dios distribuye a todos
sin cesar,
- La proclamación del Evangelio y el servicio a la comunidad
cristiana. La misión, en efecto, encontrará su plenitud
en la proclamación explícita del mensaje de salvación
y en la participación en la construcción y consolidación
de la nuevas comunidades cristianas hasta que éstas lleguen
a un estado de madurez que les permita afrontar sus necesidades
de vida y de testimonio.
Hasta aquí hemos indicado los elementos mas significativos
a propósito del origen, del contenido y del quehacer misionero.
A partir de estos elementos podremos ahora identificar algunas
de las características de su espiritualidad. Repetimos
que lo esencial de las notas indicadas en esta reflexión
es común a toda vida cristiana. El misionero, sin embargo,
lo vive con tonalidades propias. Eso precisamente constituye su
espiritualidad propia.
III. Elementos de la Espiritualidad misionera
Cada espiritualidad se caracteriza por su enfoque propio del
misterio cristiano, por su sensibilidad frente a los valores del
Reino y por su comportamiento y compromisos concretos en la vida.
¿Cuáles son los que caracterizan al misionero?
1. Latiendo al unísono con el corazón de Dios
El misionero mira a Dios sobre todo como Fuente de Vida y de Salvación.
La misión surge del corazón de un Dios que se da
por amor. De la contemplación de este Dios fuente de vida
nace el deseo de participar a su acción. De este modo,
la vocación misionera está sellada en su origen
y en sus raíces más profundas por la admiración,
la adoración y el amor de Dios como fuente de vida y de
felicidad gratuitas para todos.
Los primeros frutos de esta contemplación de Dios son:
el amor, el dinamismo y la entrega al servicio de una vida desbordante.
Son notas propias de la espiritualidad misionera.
Dado que al misionero le gusta ver a Dios como dador de vida
y de salvación, presente y activo en todo tiempo y lugar,
bajo innumerables formas, desea descubrir sus más pequeños
signos de presencia, y conocerlo bajo otras expresiones. De este
modo, gusta al misionero unirse a su alabanza con fieles de otras
confesiones religiosas y quiere colaborar a que estos lo reconozcan,
si lo ignoran. El signo de un auténtico espíritu
misionero es un corazón abierto a las diferencias culturales
y religiosas y acogedor de las mismas.
Apasionado de Dios como fuente de vida, el misionero es también
un apasionado de la vida y se consagra a su servicio en todos
sus aspectos y dimensiones, pues descubre en todo su presencia
y su acción divinas.
2. Amigos y colaboradores de Jesús
Evidentemente Jesús está en el centro de toda espiritualidad
cristiana. En él y por él conocemos el verdadero
rostro de Dios: el que viste las flores del campo y alimenta las
aves del cielo (Mt 6,25-29), el que hace brillar el sol para los
buenos y los malos y el que hace llover sobre los justos y los
injustos(Mt 5,43-45). Jesús nos ha enseñado a llamarlo
Padre (Mt 6,9). Nos lo ha descrito como el padre que abraza a
su hijo perdido (Lc 15,21) y que une su perdón al que se
ofrecen los hermanos entre sí (Mt 6,14-15). Gracias a Jesús,
sabemos que Dios, como Padre, quiere que nosotros, como hijos,
lo imitemos, siendo Jesús, en medio nuestro, el hermano
mayor, su Imagen perfecta, el enviado para la construcción
del Reino y para invitarnos a entrar en él.
Frente a Jesús, el misionero tiene sin embargo una sensibilidad
propia. De cara a él, el misionero se ve y se sitúa
siguiéndolo como amigo y como colaborador. Se comprende
con facilidad la exigencia de unión que existe entre el
Señor y sus amigos y amigas, llamados a continuar su tarea.
Del mismo modo se comprende la exigencia de contemplación
y de compañía. A la escuela de Jesús y siguiéndolo,
el misionero descubre el Espíritu que anima al Maestro
y las características de su acción.
Alguien dirá quizás que forzamos las cosas al querer
hacer a Jesús el modelo del misionero, ya que Jesús
limitó su misión a sus compatriotas y correligionarios.
¿Cómo puede ser modelo del misionero, llamado a
trabajar en las fronteras? - Es verdad, la misión temporal
de Jesús no estaba orientada directamente a la acción
misionera de la que aquí hablamos, pero sus opciones, su
modo de obrar y sus motivaciones son válidas para toda
misión. Además no lo olvidemos, en varias ocasiones,
Jesús desbordó los límites de su misión
en medio de su pueblo (Mt 15,24), afirmó claramente la
universalidad de la acción divina y su acción salvadora
para todos: "Dios es Espíritu - nos dice en san Juan
- y los que lo adoran, lo adoran en espíritu y en verdad"
Jn 4,24), y en Mateo declara: "en ninguno de Israel he encontrado
una fe semejante. Pues bien, os digo que muchos vendrán
de oriente y de occidente y tendrán un sitio en el banquete
del Reino de los cielos" Mt 8,11-12. La apertura del espíritu
de Jesús llegó al punto de aceptar la sabia y humilde
observación de una mujer pagana a la que dio razón
cambiando su modo de proceder: "Mujer, grande es tu fe. Hágase
según tu deseo" Mt 15,28.
En Jesús, el misionero encuentra:
- Las raíces de su obrar, es decir: la orden de envío
del Padre y el sentimiento de piedad: "Vamos a otros lugares,
a las aldeas vecinas, par predicar también, pues es para
eso que he venido" Mc 1,38; "A la vista de las muchedumbres
sintió piedad, estaban cansados y desorientados como ovejas
sin pastor" Mt 9,36.
- Sus opciones fundamentales transmitidas en el relato de las
tentaciones. Estas opciones se concretizan en un servicio desinteresado:
"No solo de pan vive el hombre", en la sencillez y el
sentido común: "No tentarás al Señor
tu Dios" y en la intención que domina todo: "Adorarás
al Señor tu Dios, a él solo servirás"
Mt 4,4-10.
- Sus acciones concretas: ha sido "enviado a llevar la buena
noticia a los pobres, anunciar a los cautivos la liberación,
a los ciegos la vista, libertar a los oprimidos y proclamar un
año de gracia del Señor" Lc 4,18-19.
- Su propio estilo y el que quiere para los suyos: "Estoy
en medio de vosotros como el que sirve", y "Los reyes
de las naciones mandan... entre vosotros no será así,
al contrario, que el mayor entre vosotros se comporte como el
más joven y el que gobierna como el que sirve" Lc
22,26
- Y, finalmente, el misionero encuentra en su contemplación
del Señor sus preferencias: "No son los sanos quienes
tienen necesidad del médico, sino los enfermos" Mc
2,17, sin nombrar las numerosas otras actitudes apostólicas
con relación, por ejemplo, al respeto de las personas y
a sus ritmos de progresión.
3. Animados por el Espíritu
El misionero está sólidamente unido al Espíritu
Santo por varios motivos, en cierto modo específicos. Primero,
porque en la Escritura la misión aparece como la obra del
Espíritu. El Espíritu empuja a los Apóstoles
fuera del cenáculo y los envía al mundo (Hech 2).
Es él quien envía a Pedro a la casa de Cornelio:
"Estando aún Pedro reflexionando sobre el sentido
de su visión, el Espíritu le dijo: 'he ahí
hombres que te buscan. Va, baja y vete con ellos sin dudar, he
sido yo quien los ha enviado" Hech 10,19.
Encontramos el Espíritu en acción durante todo
el relato de san Lucas, especialmente en la extraordinaria epopeya
de Pablo, donde está presente en todas partes: en la alegría
que invade a los enviados y a los neófitos: "Llenos
de alegría a oír esas palabras, los paganos empezaron
a glorificar la palabra del Señor... Llenos de alegría
y del Espíritu Santo" Hech 13,52. "El carcelero
los hizo subir a su casa, preparó la mesa, y se alegró
con todos los suyos de haber creído en Dios" Hech
16,34. Encontramos el Espíritu en la potencia y en la eficacia
de las palabras y los actos de los enviados: "Pablo dijo
con fuerte voz: 'Levántate, ponte de pié'. Él
de puso de pié de un salto, y caminaba". Hech 14,10.
"En Iconio, entraron en la sinagoga de los Judios y de tal
modo hablaron que una gran muchedumbre de Judíos y de Griegos
abrazaron la fe" Hech 14,1. También está presente
en las iniciativas que toman y en las que rechazan: "Intentaron
entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no
se lo permitió" Hech 16,7; "A partir de esta
visión, intentamos marchar a Macedonia, persuadidos que
Dios nos llamaba a evangelizarla" Hech 16,10.
El misionero aparece como el aliado del Espíritu en una
acción que no le pertenece. Además, frente a las
numerosas y difíciles opciones que tiene que realizar por
el hecho de encontrarse y trabajar en situaciones fronteras, el
discernimiento de los espíritus constituye una pieza clave
en su acción. La interioridad y la escucha de la voz del
Espíritu son indispensables a su acción y caracterizan
necesariamente su espiritualidad.
4. En unión y en tensión con la Iglesia
Hasta hace poco, el misionero aparecía, sin lugar a dudas,
como el hombre de la Iglesia. Los teólogos de la misión
consideraban "la implantación de la Iglesia"
como su obra principal. Hoy, ese lazo privilegiado entre la Iglesia
y el misionero parece menos fuerte y, a veces, hasta problemático.
No es raro encontrar hoy en algunos misioneros una cierta actitud
de lejanía declarada. ¿Qué pasa exactamente?
Los condicionamientos históricos y los cambios que se han
producido en la reflexión teológica pueden explicar
en parte las actitudes de ayer y las de hoy. La cuestión,
sin embargo, viene de lejos: está presente desde el principio.
Desde siempre encontramos esta doble actitud de unión y
de tensión entre el misionero y la Iglesia. Veamos cómo
y porqué
Por una parte, la misión es claramente obra del Espíritu
por medio de la Iglesia. La vocación misionera es la expresión
espontánea e indispensable del dinamismo y de la salud
espiritual de la comunidad eclesial. En su seno germina y crece
la vocación del enviado. Es la comunidad quien lo envía
y lo sostiene. El lazo vital entre los dos es, pues, fundamental.
Por otra parte, sin embargo, la tensión también
lo es. La tensión nace espontáneamente de aquello
que constituye el corazón de la vocación misionera,
enviada a las fronteras. A causa de esto el misionero se encuentra
habitualmente en situaciones nuevas. Está obligado a inventar,
a crear, a tomar iniciativas que no siempre serán bien
vistas o adecuadas al parecer de los que viven en el centro. Este
centro (de pensamiento, organización y mando) tendrá
fácilmente tendencia a querer mantener los mismos horizontes
y tendrá la tentación de obligar a los recién
venidos a seguir las normas y costumbres de siempre. Es lo que
constatamos en los inicios frente a las primeras comunidades cristianas
no judías donde encontramos en litigio, ¡nada menos,
que a los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo! (Gal 2,11-14).
El problema no es pues de hoy sino de siempre. En nuestros días,
la sensibilidad es mayor a causa del impacto sobre nosotros de
las independencias políticas, económicas y culturales
de un buen número de comunidades humanas de cara a Occidente.
El misionero, parte integrante de la comunidad eclesial pero que
vive en las fronteras, es más consciente que sus hermanos
del centro de los frenos que la organización eclesial pretende
imponer a todos, confundiendo, a veces, lo esencial de la fe con
sus circunstancias históricas. El misionero sufre más
de esta situación y lucha por defender la libertad de las
nuevas comunidades. De ahí la exigencia particular para
él de cuidar la profunda comunión en lo esencial
con el fin de gozar de mayor libertad para lo demás.
5. Inmersos en un ambiente extranjero
El misionero vive una inevitable tensión, dolorosa pero
rica en frutos. Para que éstos puedan nacer y crecer sanos
y abundantes es necesaria una doble fidelidad en el misionero:
la fidelidad a la fe y a la comunión eclesial y la fidelidad
al pueblo (a la comunidad humana) en cuyo seno vive.
El Evangelio es para la vida. No solo toca a las personas y a
los pueblos como desde el exterior, cual si fuese un elemento
extraño destinado a quedar aislado e inmutable en una pura
identidad formal. El Evangelio es una palabra de vida, una mirada
penetrante sobre lo real, un dinamismo creador y transformador
que hace vivir de manera original. No existe otro Evangelio que
el vivido. Evangelio y vida se influencian y se condicionan mutuamente.
Juntos constituyen una síntesis viviente en la persona
del cristiano. A través de éste, pasa a la cultura
y a la vida de su pueblo. Es por osmosis, por contagio, que se
comunica la vida cristiana.
Esta es la ley de todo apostolado. Es también una de las
exigencias más marcadas en la tradición misionera
a causa del elemento de extrañeza - el "ad extra",
en las fronteras - que la misión lleva consigo. No le basta
al misionero amar su nueva comunidad humana, pueblo o cultura,
tiene que conocerlo desde el interior. Tiene que ser solidario
con él al punto de hacer suyos sus características,
y ser, en la medida de lo posible, un miembro pleno de su nueva
comunidad. Estamos hablando de un ideal a perseguir sin cesar
y difícilmente conseguido, pero un ideal que es parte integrante
de su espiritualidad: "Me he hecho Judío con los judíos...
Me he hecho un sin-ley con los sin-ley... Me he hecho débil
con los débiles... Me he hecho todo a todos con el fin
de, al menos, ganar a algunos" 1Cor 9,20-22.
Llamado a sumergirse en su nuevo ambiente, el misionero descubre
no pertenecer a nadie. Desraizado de su comunidad de origen y
transplantado a otra comunidad humana, constata no pertenecer
plenamente ni a una ni a otra. Ha escogido vivir donde no tiene
sus orígenes y se encuentra tan lejos de éstos que
termina siéndoles extranjero. En su nuevo ambiente, sin
embargo, todo es nuevo para él: el clima, la lengua, la
cultura, la sensibilidad; todo constituye para él un nuevo
reto. En esa situación encuentra el misionero uno de sus
mayores sufrimientos y una de las características de su
vida espiritual.
Este sufrimiento es hoy más intenso por el hecho ser consciente
de haber compartido durante algún tiempo el juicio de Occidente
a propósito de la pretendida superioridad de su cultura
frente a la del pueblo que lo acoge: dato que, tanto la comunidad
que lo envía como la que lo recibe, le hacen sentir a veces
con dureza. Se siente, en el fondo, como Abraham, un apartida,
un nómada en un mundo que no es el suyo. Por eso, o el
misionero posee sus raíces en su propio interior, o sencillamente
no tiene ninguna! Su definición verdadera se encuentra
finalmente en relación a quien lo ha llamado a caminar
con él.
6. Evolucionando con la historia
El pensamiento humano cambia y se transforma con el tiempo. El
concepto de misión tampoco es estático. Si los principios
básicos permanecen y podemos señalar algunos de
ellos, otros cambian. La espiritualidad misionera sigue esa misma
evolución y toma el color de cada época: salvación
de las almas, implantación de la Iglesia, desarrollo integral,
compromiso a favor de la justicia y la paz, encuentro y diálogo,
unidad y reconciliación... son las principales coloraciones
que el compromiso misionero ha tenido durante estos últimos
siglos. Cada una de ellas ha influenciado su vida espiritual y
ha marcado el modo de expresar su generosidad y su dinamismo.
A la salvación de las almas correspondía la angustia
del apóstol que "veía caer en el infierno a
millones de almas". El celo sin medida le empujaba, en una
carrera frenética, al bautismo, sin preocuparse demasiado
por una preparación adecuada. La gloria de Dios y la compasión
eran los motivos de esta espiritualidad misionera de la que san
Francisco Javier es quizás el mejor modelo.
El amor a la Iglesia y una buena formación en las técnicas
del apostolado son las notas características de la etapa
siguiente, la época de la implantación de la Iglesia.
El celo apostólico surgía de la admiración
a la Iglesia y del deseo profundo de comunión con ella,
puesto que era el medio de gracia y de salvación para todos.
Las cualidades requeridas eran la imaginación y la creatividad
en el campo de las técnicas de apostolado, acentuando la
adaptación de la doctrina y de los métodos de acción
con el fin de hacerlos más comprensibles y eficaces. Imaginación
y creatividad eran objeto del deseo espiritual de los apóstoles.
Conscientes de la importancia del substrato humano, necesario
para hacer surgir y desarrollar una vida cristiana rica y equilibrada,
la acción misionera - especialmente por el hecho de que
a menudo se ejercía en regiones económica y técnicamente
pobres - orienta su generosidad hacia algo que había sido
siempre una de sus preocupaciones importantes: el crecimiento
y el desarrollo en los diferentes sectores de la vida humana:
salud, instrucción, infraestructuras sociales, políticas
y económicas... La promoción de los valores humanos
y el compromiso en una acción eficaz se convertía
en expresión privilegiada de una espiritualidad misionera
viva e "iluminada".
Este mismo deseo de transformación de las condiciones
materiales llevaron la misión a analizar los mecanismos
que engendran o mantienen situaciones de pobreza y subdesarrollo.
Era necesario descubrir las raíces de las situaciones inhumanas
y atacarlas. La generosidad misionera se expresa entonces en el
esfuerzo por un estudio crítico de las situaciones, en
la denuncia profética de las injusticias y de las estructuras
que las generan y en un compromiso decidido en favor del binomio
justicia y paz. Justicia - pues solo a partir de ella se puede
colaborar a la construcción del proyecto de Dios sobre
el mundo - y paz, porque en la lucha en favor de la justicia se
pueden entrar acciones violentas no compatibles con el espíritu
del Evangelio.
En la misma línea de Justicia y Paz, y en simbiosis con
las circunstancias mundiales (guerras de carácter racial
y religioso, composición intercultural de las sociedades
modernas), el aspecto de la unidad del proyecto de Dios para toda
la humanidad aparece con mayor claridad. La misión se pone
así al servicio de la unidad, bajo su aspecto social y
político: unidad y reconciliación, y bajo su aspecto
cultural y religioso: ecumenismo, encuentro y diálogo.
La proximidad, el conocimiento, el respeto, la solidaridad, la
comunicación, el diálogo y la comunión entre
las diferentes culturas y religiones son notas especiales de la
espiritualidad misionera.
Importa conocer el proceso histórico de descubrimiento,
re-descubrimiento o acentuación de estas notas espirituales
para comprender su sentido y su importancia. Una vez descubierto
proceso, hay que conservar la nota espiritual descubierta, aunque
la etapa siguiente haya podido revelar errores o límites
en la reflexión o en la sensibilidad que la hizo surgir.
Por ejemplo: el celo misionero que nacía del deseo de la
gloria de Dios y de la compasión sigue siendo válido
aunque la motivación de salvar las almas que los acompañaban
correspondía a una visión miope de la voluntad divina
de salvación y a una concepción parcial de la persona
humana. La angustia del apóstol por la salvación
de las almas se transforma ahora en pasión por la venida
del Reino de Dios. Del mismo modo, el compromiso a favor de las
condiciones de vida realmente humana continúa siendo válido
aunque la reflexión que lo sostuvo en su origen estaba
construido sobre, o acompañado por la convicción
de la supremacía cultural de Occidente, etc..
7. Según un carisma particular
Otros elementos califican la espiritualidad misionera. A primera
vista, parecen ser primeros porque los descubrimos al inicio de
nuestra vocación personal. En realidad son segundos, pues
concretizan los elementos expuestos aquí. Hablamos del
carisma del grupo al que pertenece el misionero. Este carisma
nace de la experiencia espiritual de los miembros del grupo, especialmente
del fundador o fundadores. El carácter del fundador y las
circunstancias de tiempo y lugar de la fundación influencian
el modo de comprender y de vivir los elementos comunes a la vocación
misionera general y dan origen a un carisma particular, más
o menos importante, según las gracias recibidas. Estos
acentos marcan la vida espiritual del grupo sin crear necesariamente
una nueva espiritualidad.
Para los Misioneros de África, a partir de los textos
fundadores, en especial los del cardenal Lavigerie, el corazón
del carisma podría describirse del modo siguiente: "Un
grupo de apóstoles consagrados totalmente - vida y trabajo
- a Dios para la misión en favor de África, viviendo
en comunidades fraternas internacionales según un estilo
de vida propio hecho de total disponibilidad, de sencillez de
vida y de proximidad a la gente".
Concluyendo
Hacer una lista completa de todas las características de
una espiritualidad misionera sería pretencioso y conduciría
a un falso resultado por exceso, al querer incluir todas las cualidades
cristianas o por defecto, al limitarnos a una elección
parcial según la moda o las ideas y gustos de quien escribe.
Pienso sin embargo que las aquí señaladas constituyen
algunas de sus coordenadas ineluctables:
- La contemplación de Dios, Fuente de Vida y de Salvación,
con sus frutos de amor comunicativo, de dinamismo, de alegría
y de entrega a favor de la vida en su amplia gama de expresiones.
- La amistad y la compañía de Jesús, integrando
sus motivaciones, sus actividades, su estilo y sus preferencias.
- La escucha permanente del Espíritu, solo revelador del
proyecto del Padre y Guía seguro en la tarea de su concretización
en el aquí y ahora.
- La doble comunión con la comunidad eclesial y con la
comunidad humana en la que se inserta el misionero.
- La apertura acogedora de la propia época, integrando
con discernimiento los aspectos nuevos que el Espíritu
va haciendo descubrir a la humanidad y a la iglesia para llevar
a cabo el proyecto divino de salvación universal.
- La fidelidad creadora de cara a la intuición primera
que hizo nacer el grupo al que pertenece el misionero.
Estos me parecen ser elementos significativos de una espiritualidad
misionera. Son coordenadas ineluctables en las que se desenvuelve
la vida del misionero según el Espíritu, signos
de una misión viva que escucha al Espíritu de Dios
y a la vida, y que por ello, se mantiene en crecimiento, obligada
a la creatividad so pena de ajarse y de morir.
Jesús Salas
Madrid, noviembre 06