Estar de camino

CON JESÚS
EN EL CAMINO DE LA MISIÓN
Nuestra reflexión se articula del siguiente modo: primero veremos, cómo y porqué podemos hablar de una espiritualidad misionera, después, en pocas palabras, indicaremos en qué consiste la misión para terminar señalando y describiendo algunas de las notas que especifican esta espiritualidad.


(Notas sobre la espiritualidad misionera)

La presente reflexión quisiera por una parte, trazar un cuadro general en el que aparezca con claridad el lugar de una espiritualidad misionera y por otra parte, indicar algunas de sus características más importantes. Creemos indispensable tener una visión de conjunto sobre el tema si queremos saber de qué se trata y si queremos hablar de él sin caer en tópicos y generalidades insignificantes.

I. La espiritualidad misionera

1. ¿Existen espiritualidades diversas?
Decimos que queremos reflexionar sobre la espiritualidad misionera, pero ¿podemos hablar de espiritualidades diversas? La vida cristiana en su totalidad es una vida espiritual puesto que vive del Espíritu y, con mayor precisión, vive de, en y según el Espíritu de Jesús de Nazaret. Bajo este aspecto no existen diferencias entre los cristianos: todos están llamados a vivir una vida interior y por consiguiente espiritual, y todos están llamados a seguir y a imitar a Jesús. Todos, pues, están llamados a la espiritualidad cristiana. Para hablar de diversas espiritualidades, tenemos que buscar su origen en otra dirección. ¿Dónde?

La diversidad de espiritualidades viene del modo diverso de vivir la única espiritualidad cristiana. Y su fuente se encuentra en la acción misma del Espíritu Santo que, de manera diferenciada, distribuye sus dones a los fieles para manifestar la inagotable riqueza de Dios y realizar así su proyecto de salvación en la creación y en la historia de la humanidad.

Los dones del Espíritu, distribuidos a los fieles según sus propios caracteres y según las circunstancias de la vida, tienden espontáneamente a expresarse en formas diversas según la personalidad de los beneficiados y las situaciones históricas en las que viven. Así, a partir de una fuente única - el Espíritu de Dios - nacen numerosas formas de ver y de sentir la llamada de Dios en Cristo Jesús. Gracias a ello, los fieles se insertan en la vida siguiendo diversos modos de expresión. Hay un solo Señor y un solo Espíritu, que, por sus dones diversos, están al origen de una manifestación plural de las riquezas sin límites de Dios, el Padre de todos (1Cor 12,4-6; Ef 4,4-6). Así, en el seno de una única vida espiritual cristiana podemos hablar ciertamente de espiritualidades diversas.

2. ¿Cuando se puede hablar de una espiritualidad particular?
Ya lo hemos sugerido. La vida espiritual se encarna en la vida real. La vida espiritual cristiana es tan solo la vida humana vivida con interioridad en y según el Espíritu de Jesús de Nazaret. En su seno podrá hablarse de espiritualidad propia cada vez que haya un modo específico suficientemente significativo de vivir la vida cristiana. Del mismo modo, si queremos saber cual es el núcleo o el corazón de una espiritualidad particular y si nos preguntamos por sus características propias, tendremos que mirar a su inserción en la vida concreta. Al ser la espiritualidad la fusión entre la vida concreta y el espíritu con el que se vive, está sellada necesariamente y en profundidad por la realidad vivida.
Podemos hablar de espiritualidad misionera, porque existe para el misionero un modo particular de vivir la vida cristiana: un modo especial de contemplar el misterio de Dios, una sensibilidad propia en su oración y unos temas específicos privilegiados en su reflexión y en su actividad.

De lo dicho, podemos sacar ya dos verdades importantes: la primera, que no se puede hablar de espiritualidad misionera sin conocer en qué consiste la misión; y segundo, que, a causa de la diversidad de la acción misionera, no se puede hablar de una espiritualidad misionera única, válida para todos. Cierto, se podrán identificar algunas de sus notas generales y descubrir algunas de sus actitudes propias, pero, corresponde al mismo misionero, viviendo del Espíritu de Jesús en su contexto particular, descubrir los contornos específicos de su propia espiritualidad, tanto personal como de grupo.

II. La Acción misionera

Puesto que la vida real es un elemento fundamental en toda espiritualidad, si queremos descubrir los acentos propios de la espiritualidad del misionero tenemos que saber en qué consiste la obra misionera.
He aquí algunos elementos importantes que la caracterizan:

1. La Misión hunde sus raíces en el corazón del misterio de Dios
Dios es bondad absoluta; amor, nos dice san Juan (1Jn 4,7-12). Sabemos además que "Bonum est diffusivum sui". Así pues, Dios es, en su propio ser, don y comunicación. Dios se comunica "al interior" de sí mismo (misterio trinitario) y, libremente, se comunica también al exterior - si podemos hablar de este modo - por la creación y por su acción redentora. La Misión, podemos decir, corresponde al dinamismo propio del amor de Dios quien, por la creación, la encarnación del Verbo y el envío del Espíritu Santo, asocia a sus criaturas a su vida y a su felicidad. Dios es el primer misionero. En Él toda misión encuentra su fuente, su motivación y su término.

2. Es un proyecto de salvación único y universal
El proyecto de salvación de Dios es único y universal para toda la humanidad pero se realiza de modo diferenciado según diversas etapas, coordenadas entre sí, muchas de las cuales solo Dios conoce. La creación, en su conjunto y en su totalidad, es una maravillosa manifestación del proyecto salvador de Dios, una revelación de su propio corazón ( Ef 1,3-14; Col 1,15-20; Jn 1,1-5.9-14).

3. Cuyo vértice es Cristo Jesús
Jesús de Nazaret es el revelador del misterio de Dios y de su proyecto: "Dios, nadie lo ha conocido, el Hijo que mora en su seno, lo ha revelado" Jn 1,18. Es también el realizador del proyecto divino en su plenitud: "El tiempo se ha cumplido" Mc 1,15. Mediante su vida, su enseñanza, su muerte y su resurrección, Jesús manifiesta y realiza en su persona la salvación de Dios: "Padre, ha llegado la Hora, glorifica a tu Hijo" Jn12,23-28. Inaugura el Reino del Padre en la historia: "El Espíritu de Dios está sobre mí, me ha enviado..." Lc 4,18-19, y nos invita a colaborar en él: llama a los discípulos: "Ven y sígueme" Mc 1,16-20 y a todos los fieles: "Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo" Mt 5,13-16.

4. Confiado a toda la Iglesia
La Iglesia ha entendido como un deber de gratitud, por la fe que ha recibido gratuitamente, la misión confiada por el Señor de vivir, manifestar y proclamar el proyecto de salvación de Dios: "Desgraciado de mí si no proclamo el evangelio" 1Cor 9,16, y como un acto de obediencia al mandamiento del Señor resucitado: "Id y de todos los pueblos haced discípulos" Mt 28,18.

La Iglesia realiza su misión en primer lugar, por una vida conforme a la gracia recibida y la expresa de modo diferenciado: en alabanza a Dios (culto) y en entrega al servicio del Reino, en colaboración con todos, a fin de llevar la creación adelante según el diseño divino. Cumple su tarea en diálogo abierto y respetuoso con todos, buscando sin cesar una verdad siempre mayor, dando explícitamente testimonio su fe y ofreciendo a todos la Buena Noticia de Dios en Cristo Jesús.

5. Con una especificación propia
Todo cristiano está animado por el dinamismo vital de la misión y todos están llamados a dar una respuesta personal a la invitación universal del Espíritu. Pero, lo que cada cristiano es, de modo general, algunos lo son de modo particular, gracias a la diversidad de carismas que adornan el único Cuerpo de Cristo. Por eso, en el seno de una misma comunidad, algunos fieles se sienten invitados por el Espíritu a consagrar sus vidas al servicio del dinamismo de expansión de la Buena Noticia. Esa es la gracia específica, y la actividad particular, de la vocación misionera: "Nosotros iremos a los paganos, ellos a los circuncisión" Gal 2,9; "Ponedme aparte Saulo y Bernabé para la misión que les he confiado" Hech 13,2.

6. En las fronteras
La llamada a la misión y la tarea confiada al misionero nacen, se alimentan y viven en el seno de la Iglesia, en unión vital con la comunidad de la que expresan su dinamismo y vitalidad, pero están orientadas a sus fronteras. La misión está al servicio del dinamismo de crecimiento del Reino. Las formas en las que se plasmará la misión confiada serán múltiples y dependerán de las circunstancias concretas de los ambientes en los que se ejercerá la tarea. Pero será siempre en las fronteras de la Iglesia, hacia el exterior - ad extra - (ad gentes, como se dice habitualmente). Sus actividades concretas podrán ser.
- El acercamiento respetuoso a los demás en vistas a un conocimiento y a un enriquecimiento mutuo, pues el misionero es consciente de la presencia universal de la acción salvadora de Dios,
- La colaboración con todos en vistas a la construcción de un mundo mejor, pues el misionero sabe que todo crecimiento en el orden de la vida, del bien, de la verdad, de la justicia y de la paz... es crecimiento en la misma dirección: es realización de la salvación de Dios,
- El testimonio de vida nueva, heredada del Señor Jesús, pues el misionero no olvida la consigna recibida de "ser luz del mundo y sal de la tierra",
- El diálogo religioso para compartir - recibir y ofrecer - con respeto y confianza las riquezas que Dios distribuye a todos sin cesar,
- La proclamación del Evangelio y el servicio a la comunidad cristiana. La misión, en efecto, encontrará su plenitud en la proclamación explícita del mensaje de salvación y en la participación en la construcción y consolidación de la nuevas comunidades cristianas hasta que éstas lleguen a un estado de madurez que les permita afrontar sus necesidades de vida y de testimonio.

Hasta aquí hemos indicado los elementos mas significativos a propósito del origen, del contenido y del quehacer misionero. A partir de estos elementos podremos ahora identificar algunas de las características de su espiritualidad. Repetimos que lo esencial de las notas indicadas en esta reflexión es común a toda vida cristiana. El misionero, sin embargo, lo vive con tonalidades propias. Eso precisamente constituye su espiritualidad propia.

III. Elementos de la Espiritualidad misionera

Cada espiritualidad se caracteriza por su enfoque propio del misterio cristiano, por su sensibilidad frente a los valores del Reino y por su comportamiento y compromisos concretos en la vida. ¿Cuáles son los que caracterizan al misionero?

1. Latiendo al unísono con el corazón de Dios
El misionero mira a Dios sobre todo como Fuente de Vida y de Salvación. La misión surge del corazón de un Dios que se da por amor. De la contemplación de este Dios fuente de vida nace el deseo de participar a su acción. De este modo, la vocación misionera está sellada en su origen y en sus raíces más profundas por la admiración, la adoración y el amor de Dios como fuente de vida y de felicidad gratuitas para todos.
Los primeros frutos de esta contemplación de Dios son: el amor, el dinamismo y la entrega al servicio de una vida desbordante. Son notas propias de la espiritualidad misionera.

Dado que al misionero le gusta ver a Dios como dador de vida y de salvación, presente y activo en todo tiempo y lugar, bajo innumerables formas, desea descubrir sus más pequeños signos de presencia, y conocerlo bajo otras expresiones. De este modo, gusta al misionero unirse a su alabanza con fieles de otras confesiones religiosas y quiere colaborar a que estos lo reconozcan, si lo ignoran. El signo de un auténtico espíritu misionero es un corazón abierto a las diferencias culturales y religiosas y acogedor de las mismas.

Apasionado de Dios como fuente de vida, el misionero es también un apasionado de la vida y se consagra a su servicio en todos sus aspectos y dimensiones, pues descubre en todo su presencia y su acción divinas.

2. Amigos y colaboradores de Jesús
Evidentemente Jesús está en el centro de toda espiritualidad cristiana. En él y por él conocemos el verdadero rostro de Dios: el que viste las flores del campo y alimenta las aves del cielo (Mt 6,25-29), el que hace brillar el sol para los buenos y los malos y el que hace llover sobre los justos y los injustos(Mt 5,43-45). Jesús nos ha enseñado a llamarlo Padre (Mt 6,9). Nos lo ha descrito como el padre que abraza a su hijo perdido (Lc 15,21) y que une su perdón al que se ofrecen los hermanos entre sí (Mt 6,14-15). Gracias a Jesús, sabemos que Dios, como Padre, quiere que nosotros, como hijos, lo imitemos, siendo Jesús, en medio nuestro, el hermano mayor, su Imagen perfecta, el enviado para la construcción del Reino y para invitarnos a entrar en él.

Frente a Jesús, el misionero tiene sin embargo una sensibilidad propia. De cara a él, el misionero se ve y se sitúa siguiéndolo como amigo y como colaborador. Se comprende con facilidad la exigencia de unión que existe entre el Señor y sus amigos y amigas, llamados a continuar su tarea. Del mismo modo se comprende la exigencia de contemplación y de compañía. A la escuela de Jesús y siguiéndolo, el misionero descubre el Espíritu que anima al Maestro y las características de su acción.
Alguien dirá quizás que forzamos las cosas al querer hacer a Jesús el modelo del misionero, ya que Jesús limitó su misión a sus compatriotas y correligionarios. ¿Cómo puede ser modelo del misionero, llamado a trabajar en las fronteras? - Es verdad, la misión temporal de Jesús no estaba orientada directamente a la acción misionera de la que aquí hablamos, pero sus opciones, su modo de obrar y sus motivaciones son válidas para toda misión. Además no lo olvidemos, en varias ocasiones, Jesús desbordó los límites de su misión en medio de su pueblo (Mt 15,24), afirmó claramente la universalidad de la acción divina y su acción salvadora para todos: "Dios es Espíritu - nos dice en san Juan - y los que lo adoran, lo adoran en espíritu y en verdad" Jn 4,24), y en Mateo declara: "en ninguno de Israel he encontrado una fe semejante. Pues bien, os digo que muchos vendrán de oriente y de occidente y tendrán un sitio en el banquete del Reino de los cielos" Mt 8,11-12. La apertura del espíritu de Jesús llegó al punto de aceptar la sabia y humilde observación de una mujer pagana a la que dio razón cambiando su modo de proceder: "Mujer, grande es tu fe. Hágase según tu deseo" Mt 15,28.

En Jesús, el misionero encuentra:
- Las raíces de su obrar, es decir: la orden de envío del Padre y el sentimiento de piedad: "Vamos a otros lugares, a las aldeas vecinas, par predicar también, pues es para eso que he venido" Mc 1,38; "A la vista de las muchedumbres sintió piedad, estaban cansados y desorientados como ovejas sin pastor" Mt 9,36.
- Sus opciones fundamentales transmitidas en el relato de las tentaciones. Estas opciones se concretizan en un servicio desinteresado: "No solo de pan vive el hombre", en la sencillez y el sentido común: "No tentarás al Señor tu Dios" y en la intención que domina todo: "Adorarás al Señor tu Dios, a él solo servirás" Mt 4,4-10.
- Sus acciones concretas: ha sido "enviado a llevar la buena noticia a los pobres, anunciar a los cautivos la liberación, a los ciegos la vista, libertar a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" Lc 4,18-19.
- Su propio estilo y el que quiere para los suyos: "Estoy en medio de vosotros como el que sirve", y "Los reyes de las naciones mandan... entre vosotros no será así, al contrario, que el mayor entre vosotros se comporte como el más joven y el que gobierna como el que sirve" Lc 22,26
- Y, finalmente, el misionero encuentra en su contemplación del Señor sus preferencias: "No son los sanos quienes tienen necesidad del médico, sino los enfermos" Mc 2,17, sin nombrar las numerosas otras actitudes apostólicas con relación, por ejemplo, al respeto de las personas y a sus ritmos de progresión.

3. Animados por el Espíritu
El misionero está sólidamente unido al Espíritu Santo por varios motivos, en cierto modo específicos. Primero, porque en la Escritura la misión aparece como la obra del Espíritu. El Espíritu empuja a los Apóstoles fuera del cenáculo y los envía al mundo (Hech 2). Es él quien envía a Pedro a la casa de Cornelio: "Estando aún Pedro reflexionando sobre el sentido de su visión, el Espíritu le dijo: 'he ahí hombres que te buscan. Va, baja y vete con ellos sin dudar, he sido yo quien los ha enviado" Hech 10,19.

Encontramos el Espíritu en acción durante todo el relato de san Lucas, especialmente en la extraordinaria epopeya de Pablo, donde está presente en todas partes: en la alegría que invade a los enviados y a los neófitos: "Llenos de alegría a oír esas palabras, los paganos empezaron a glorificar la palabra del Señor... Llenos de alegría y del Espíritu Santo" Hech 13,52. "El carcelero los hizo subir a su casa, preparó la mesa, y se alegró con todos los suyos de haber creído en Dios" Hech 16,34. Encontramos el Espíritu en la potencia y en la eficacia de las palabras y los actos de los enviados: "Pablo dijo con fuerte voz: 'Levántate, ponte de pié'. Él de puso de pié de un salto, y caminaba". Hech 14,10. "En Iconio, entraron en la sinagoga de los Judios y de tal modo hablaron que una gran muchedumbre de Judíos y de Griegos abrazaron la fe" Hech 14,1. También está presente en las iniciativas que toman y en las que rechazan: "Intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió" Hech 16,7; "A partir de esta visión, intentamos marchar a Macedonia, persuadidos que Dios nos llamaba a evangelizarla" Hech 16,10.

El misionero aparece como el aliado del Espíritu en una acción que no le pertenece. Además, frente a las numerosas y difíciles opciones que tiene que realizar por el hecho de encontrarse y trabajar en situaciones fronteras, el discernimiento de los espíritus constituye una pieza clave en su acción. La interioridad y la escucha de la voz del Espíritu son indispensables a su acción y caracterizan necesariamente su espiritualidad.

4. En unión y en tensión con la Iglesia
Hasta hace poco, el misionero aparecía, sin lugar a dudas, como el hombre de la Iglesia. Los teólogos de la misión consideraban "la implantación de la Iglesia" como su obra principal. Hoy, ese lazo privilegiado entre la Iglesia y el misionero parece menos fuerte y, a veces, hasta problemático. No es raro encontrar hoy en algunos misioneros una cierta actitud de lejanía declarada. ¿Qué pasa exactamente?
Los condicionamientos históricos y los cambios que se han producido en la reflexión teológica pueden explicar en parte las actitudes de ayer y las de hoy. La cuestión, sin embargo, viene de lejos: está presente desde el principio. Desde siempre encontramos esta doble actitud de unión y de tensión entre el misionero y la Iglesia. Veamos cómo y porqué

Por una parte, la misión es claramente obra del Espíritu por medio de la Iglesia. La vocación misionera es la expresión espontánea e indispensable del dinamismo y de la salud espiritual de la comunidad eclesial. En su seno germina y crece la vocación del enviado. Es la comunidad quien lo envía y lo sostiene. El lazo vital entre los dos es, pues, fundamental.

Por otra parte, sin embargo, la tensión también lo es. La tensión nace espontáneamente de aquello que constituye el corazón de la vocación misionera, enviada a las fronteras. A causa de esto el misionero se encuentra habitualmente en situaciones nuevas. Está obligado a inventar, a crear, a tomar iniciativas que no siempre serán bien vistas o adecuadas al parecer de los que viven en el centro. Este centro (de pensamiento, organización y mando) tendrá fácilmente tendencia a querer mantener los mismos horizontes y tendrá la tentación de obligar a los recién venidos a seguir las normas y costumbres de siempre. Es lo que constatamos en los inicios frente a las primeras comunidades cristianas no judías donde encontramos en litigio, ¡nada menos, que a los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo! (Gal 2,11-14).

El problema no es pues de hoy sino de siempre. En nuestros días, la sensibilidad es mayor a causa del impacto sobre nosotros de las independencias políticas, económicas y culturales de un buen número de comunidades humanas de cara a Occidente. El misionero, parte integrante de la comunidad eclesial pero que vive en las fronteras, es más consciente que sus hermanos del centro de los frenos que la organización eclesial pretende imponer a todos, confundiendo, a veces, lo esencial de la fe con sus circunstancias históricas. El misionero sufre más de esta situación y lucha por defender la libertad de las nuevas comunidades. De ahí la exigencia particular para él de cuidar la profunda comunión en lo esencial con el fin de gozar de mayor libertad para lo demás.
5. Inmersos en un ambiente extranjero
El misionero vive una inevitable tensión, dolorosa pero rica en frutos. Para que éstos puedan nacer y crecer sanos y abundantes es necesaria una doble fidelidad en el misionero: la fidelidad a la fe y a la comunión eclesial y la fidelidad al pueblo (a la comunidad humana) en cuyo seno vive.

El Evangelio es para la vida. No solo toca a las personas y a los pueblos como desde el exterior, cual si fuese un elemento extraño destinado a quedar aislado e inmutable en una pura identidad formal. El Evangelio es una palabra de vida, una mirada penetrante sobre lo real, un dinamismo creador y transformador que hace vivir de manera original. No existe otro Evangelio que el vivido. Evangelio y vida se influencian y se condicionan mutuamente. Juntos constituyen una síntesis viviente en la persona del cristiano. A través de éste, pasa a la cultura y a la vida de su pueblo. Es por osmosis, por contagio, que se comunica la vida cristiana.
Esta es la ley de todo apostolado. Es también una de las exigencias más marcadas en la tradición misionera a causa del elemento de extrañeza - el "ad extra", en las fronteras - que la misión lleva consigo. No le basta al misionero amar su nueva comunidad humana, pueblo o cultura, tiene que conocerlo desde el interior. Tiene que ser solidario con él al punto de hacer suyos sus características, y ser, en la medida de lo posible, un miembro pleno de su nueva comunidad. Estamos hablando de un ideal a perseguir sin cesar y difícilmente conseguido, pero un ideal que es parte integrante de su espiritualidad: "Me he hecho Judío con los judíos... Me he hecho un sin-ley con los sin-ley... Me he hecho débil con los débiles... Me he hecho todo a todos con el fin de, al menos, ganar a algunos" 1Cor 9,20-22.

Llamado a sumergirse en su nuevo ambiente, el misionero descubre no pertenecer a nadie. Desraizado de su comunidad de origen y transplantado a otra comunidad humana, constata no pertenecer plenamente ni a una ni a otra. Ha escogido vivir donde no tiene sus orígenes y se encuentra tan lejos de éstos que termina siéndoles extranjero. En su nuevo ambiente, sin embargo, todo es nuevo para él: el clima, la lengua, la cultura, la sensibilidad; todo constituye para él un nuevo reto. En esa situación encuentra el misionero uno de sus mayores sufrimientos y una de las características de su vida espiritual.
Este sufrimiento es hoy más intenso por el hecho ser consciente de haber compartido durante algún tiempo el juicio de Occidente a propósito de la pretendida superioridad de su cultura frente a la del pueblo que lo acoge: dato que, tanto la comunidad que lo envía como la que lo recibe, le hacen sentir a veces con dureza. Se siente, en el fondo, como Abraham, un apartida, un nómada en un mundo que no es el suyo. Por eso, o el misionero posee sus raíces en su propio interior, o sencillamente no tiene ninguna! Su definición verdadera se encuentra finalmente en relación a quien lo ha llamado a caminar con él.

6. Evolucionando con la historia
El pensamiento humano cambia y se transforma con el tiempo. El concepto de misión tampoco es estático. Si los principios básicos permanecen y podemos señalar algunos de ellos, otros cambian. La espiritualidad misionera sigue esa misma evolución y toma el color de cada época: salvación de las almas, implantación de la Iglesia, desarrollo integral, compromiso a favor de la justicia y la paz, encuentro y diálogo, unidad y reconciliación... son las principales coloraciones que el compromiso misionero ha tenido durante estos últimos siglos. Cada una de ellas ha influenciado su vida espiritual y ha marcado el modo de expresar su generosidad y su dinamismo.

A la salvación de las almas correspondía la angustia del apóstol que "veía caer en el infierno a millones de almas". El celo sin medida le empujaba, en una carrera frenética, al bautismo, sin preocuparse demasiado por una preparación adecuada. La gloria de Dios y la compasión eran los motivos de esta espiritualidad misionera de la que san Francisco Javier es quizás el mejor modelo.

El amor a la Iglesia y una buena formación en las técnicas del apostolado son las notas características de la etapa siguiente, la época de la implantación de la Iglesia. El celo apostólico surgía de la admiración a la Iglesia y del deseo profundo de comunión con ella, puesto que era el medio de gracia y de salvación para todos. Las cualidades requeridas eran la imaginación y la creatividad en el campo de las técnicas de apostolado, acentuando la adaptación de la doctrina y de los métodos de acción con el fin de hacerlos más comprensibles y eficaces. Imaginación y creatividad eran objeto del deseo espiritual de los apóstoles.

Conscientes de la importancia del substrato humano, necesario para hacer surgir y desarrollar una vida cristiana rica y equilibrada, la acción misionera - especialmente por el hecho de que a menudo se ejercía en regiones económica y técnicamente pobres - orienta su generosidad hacia algo que había sido siempre una de sus preocupaciones importantes: el crecimiento y el desarrollo en los diferentes sectores de la vida humana: salud, instrucción, infraestructuras sociales, políticas y económicas... La promoción de los valores humanos y el compromiso en una acción eficaz se convertía en expresión privilegiada de una espiritualidad misionera viva e "iluminada".

Este mismo deseo de transformación de las condiciones materiales llevaron la misión a analizar los mecanismos que engendran o mantienen situaciones de pobreza y subdesarrollo. Era necesario descubrir las raíces de las situaciones inhumanas y atacarlas. La generosidad misionera se expresa entonces en el esfuerzo por un estudio crítico de las situaciones, en la denuncia profética de las injusticias y de las estructuras que las generan y en un compromiso decidido en favor del binomio justicia y paz. Justicia - pues solo a partir de ella se puede colaborar a la construcción del proyecto de Dios sobre el mundo - y paz, porque en la lucha en favor de la justicia se pueden entrar acciones violentas no compatibles con el espíritu del Evangelio.

En la misma línea de Justicia y Paz, y en simbiosis con las circunstancias mundiales (guerras de carácter racial y religioso, composición intercultural de las sociedades modernas), el aspecto de la unidad del proyecto de Dios para toda la humanidad aparece con mayor claridad. La misión se pone así al servicio de la unidad, bajo su aspecto social y político: unidad y reconciliación, y bajo su aspecto cultural y religioso: ecumenismo, encuentro y diálogo. La proximidad, el conocimiento, el respeto, la solidaridad, la comunicación, el diálogo y la comunión entre las diferentes culturas y religiones son notas especiales de la espiritualidad misionera.

Importa conocer el proceso histórico de descubrimiento, re-descubrimiento o acentuación de estas notas espirituales para comprender su sentido y su importancia. Una vez descubierto proceso, hay que conservar la nota espiritual descubierta, aunque la etapa siguiente haya podido revelar errores o límites en la reflexión o en la sensibilidad que la hizo surgir. Por ejemplo: el celo misionero que nacía del deseo de la gloria de Dios y de la compasión sigue siendo válido aunque la motivación de salvar las almas que los acompañaban correspondía a una visión miope de la voluntad divina de salvación y a una concepción parcial de la persona humana. La angustia del apóstol por la salvación de las almas se transforma ahora en pasión por la venida del Reino de Dios. Del mismo modo, el compromiso a favor de las condiciones de vida realmente humana continúa siendo válido aunque la reflexión que lo sostuvo en su origen estaba construido sobre, o acompañado por la convicción de la supremacía cultural de Occidente, etc..

7. Según un carisma particular
Otros elementos califican la espiritualidad misionera. A primera vista, parecen ser primeros porque los descubrimos al inicio de nuestra vocación personal. En realidad son segundos, pues concretizan los elementos expuestos aquí. Hablamos del carisma del grupo al que pertenece el misionero. Este carisma nace de la experiencia espiritual de los miembros del grupo, especialmente del fundador o fundadores. El carácter del fundador y las circunstancias de tiempo y lugar de la fundación influencian el modo de comprender y de vivir los elementos comunes a la vocación misionera general y dan origen a un carisma particular, más o menos importante, según las gracias recibidas. Estos acentos marcan la vida espiritual del grupo sin crear necesariamente una nueva espiritualidad.

Para los Misioneros de África, a partir de los textos fundadores, en especial los del cardenal Lavigerie, el corazón del carisma podría describirse del modo siguiente: "Un grupo de apóstoles consagrados totalmente - vida y trabajo - a Dios para la misión en favor de África, viviendo en comunidades fraternas internacionales según un estilo de vida propio hecho de total disponibilidad, de sencillez de vida y de proximidad a la gente".

Concluyendo
Hacer una lista completa de todas las características de una espiritualidad misionera sería pretencioso y conduciría a un falso resultado por exceso, al querer incluir todas las cualidades cristianas o por defecto, al limitarnos a una elección parcial según la moda o las ideas y gustos de quien escribe. Pienso sin embargo que las aquí señaladas constituyen algunas de sus coordenadas ineluctables:
- La contemplación de Dios, Fuente de Vida y de Salvación, con sus frutos de amor comunicativo, de dinamismo, de alegría y de entrega a favor de la vida en su amplia gama de expresiones.
- La amistad y la compañía de Jesús, integrando sus motivaciones, sus actividades, su estilo y sus preferencias.
- La escucha permanente del Espíritu, solo revelador del proyecto del Padre y Guía seguro en la tarea de su concretización en el aquí y ahora.
- La doble comunión con la comunidad eclesial y con la comunidad humana en la que se inserta el misionero.
- La apertura acogedora de la propia época, integrando con discernimiento los aspectos nuevos que el Espíritu va haciendo descubrir a la humanidad y a la iglesia para llevar a cabo el proyecto divino de salvación universal.
- La fidelidad creadora de cara a la intuición primera que hizo nacer el grupo al que pertenece el misionero.

Estos me parecen ser elementos significativos de una espiritualidad misionera. Son coordenadas ineluctables en las que se desenvuelve la vida del misionero según el Espíritu, signos de una misión viva que escucha al Espíritu de Dios y a la vida, y que por ello, se mantiene en crecimiento, obligada a la creatividad so pena de ajarse y de morir.

Jesús Salas
Madrid, noviembre 06