Misa de Medianoche: Isaías 9,1-6; Tito 2,11-14; Lucas 2,1-14

Misa del Día: Isaías 52,7-10; Hebreos 6, 1-6; Juan 1,1-5. 9-14

Dos recuerdos de mis días en Tanzania ilustran bien un punto esencial de la Navidad. El primero se remonta a 1977. Me encontraba en el tren que me llevaba a Mahenge para dar a los sacerdotes de la diócesis un seminario sobre el Evangelio de Mateo. Conversaba con un profesor que había conocido en Tabora y que se decía “católico-marxista”. “¡Pero esto no puede ser!”, exclamó. “¡Un europeo que pretende hablar a los africanos a propósito de un judío!”

El segundo me lleva a Dar es Salaam en diciembre de 1984. Mientras esperaba mi marcha a Europa me tocó ser párroco interino en una parroquia de la periferia en sustitución de un compañero que, cansado, había pedido ser trasladado. Vinieron a verme dos miembros del consejo parroquial: –“Padre, no queremos el belén del año pasado. Preferimos el de siempre”. No querían el magnífico belén en ébano negro, de estilo africano, que mi compañero había colocado la Navidad anterior.  –“¿Por qué?” –“¡Porque Jesús no era negro!” –“Tampoco era italiano con el pelo rubio”, contesté. “Se parecía más a un árabe“. No les gustó nada el que Jesús pudiera ser árabe, pero insistieron –“De todas formas el Jesús italiano se parece a Jesús más que el Jesús negro”.

En realidad tenían razón. Así que tuve que aceptar el belén tradicional “italiano”. Ellos por su parte consintieron que instalásemos junto al belén tradicional un enorme tablero con numerosas postales de belenes japoneses, subsaharianos, sudamericanos, etíopes, europeos…

También es significativo un tercer recuerdo, de Túnez esta vez, de cuando un cristiano árabe del Medio Oriente me explicó con humor –aunque no con mucho: “los árabes nunca le perdonarán a Jesús el que naciera judío”.

La humanidad del “Dios-con-nosotros” es muy real y concreta, a menudo desconcertante. Podemos aceptarla o considerarla extraña, e incluso rechazarla, como lo hicieron los primeros disidentes cristianos que luego serían llamados “docetistas”. Pero formará siempre parte del núcleo de nuestra vivencia cristiana. La noche de Navidad, con los pastores del evangelio según san Lucas admiraremos y adoraremos la dignidad infinita, divina del hijo de María, traído al mundo en la indigencia a causa de los decretos de los poderosos de entonces. Nacido judío hace dos milenios, hablando arameo con acento galileo e ignorando todo sobre motores eléctricos y la existencia de otras galaxias. Pero al 100% “Emanuel”, “Dios-con-nosotros”.

De por sí, y dado que no sabemos qué es “Dios”, la realidad “divina” de Jesús habría bastado para alimentar nuestros mitos y leyendas, pero no necesariamente nuestra confianza en nosotros mismos y nuestra alegría. Pero en la misa del 25 leeremos en el Evangelio según San Juan: “Pero a cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Y ese mismo Jesús que junto a los pastores hemos celebrado la noche anterior, nos invitará a admirar, respetar y celebrar nuestra propia dignidad divina.

Por toda una serie de motivos, algunos muy comerciales y ambiguos, en casi todos los países del mundo se celebra la Navidad como un día de paz, de amistad, de regalos con los que alegrarse mutuamente. La mayoría de la gente ignora cuál es el motivo primordial, el significado fundamental de la celebración. Nosotros sí lo sabemos: estamos llamados ser hijos de Dios. Esa llamada, esa vocación la transportamos en vasos de arcilla, tan frágiles como el niño todo pequeñito que nació en Belén de Judá hace dos milenios. Pero creemos en él, y él nos invita y nos da la fuerza para que creamos en nosotros mismos.

¡Feliz Navidad! La nuestra tanto como la de Jesús.

Ramón Echeverría, mafr

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