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MISIÓN HOY : “¿Dónde te hemos visto, Señor?”

PEDRO-BURGOS-MAFR

Hace dos años que murió en Bruselas nuestro compañero Pedro Burgos.

Este testimonio póstumo suyo, sobre su trabajo en una de las cárceles de Bruselas, sigue invitándonos a la compasión y a la cercanía

de los más excluidos de la sociedad.

“Fue nuestro amigo Jorge quien me abrió el camino hacia el mundo de la cárcel. Jorge es un laico cristiano que encuentro los viernes en la “gare du Midi”, cerca de los sin techo. Viene de Kapellen, donde vive, y por nada en el mundo se perdería este encuentro con los que se han convertido en sus amigos. Un día, discreta y sencillamente, me habló de la cárcel. Desde su jubilación, diez años atrás, hace este camino, todos los lunes, para visitar a los presos de Saint Gilles. “¡Te gustará!”, -me dijo, como si nada-.

Después de pensarlo, evaluando las consecuencias de un eventual compromiso, me decidí y comencé las gestiones necesarias. En primer lugar, en el “Patronato para la recuperación social”, después en la “Dirección de las cárceles”. Fue necesario esperar seis meses, pero finalmente me llegó la autorización del Ministerio de Justicia.

Fue también con Jorge con quien, por fortuna, hice mi primera visita a la cárcel. Ya, desde el exterior, -con sus enormes muros coronados de alambres de espinos, sus torres de vigía, sus puertas blindadas- el aspecto de la cárcel es más siniestro. Se entra, e inmediatamente se pasa un primer control. Se atraviesan barreras, puertas que misteriosamente se abren apretando un botón, si no, no se abren y hay que esperar. Después, otro control, antes de enfilarse en pasillos sin fin. Guardias por todas partes; a veces detenidos que se desplazan bajo estrecha vigilancia… y se llega a las galerías. Si es necesario, subimos al primero, segundo o tercer piso buscando un número, el del preso y el su celda. Aparece el “jefe”, el guardián del pasillo, que se acerca con frialdad, se para delante de la puerta, mira por la rejilla, saca las llaves –¡el ruido de las llaves! – abre y nos hace pasar.

En su interior, uno o, a menudo, dos presos, habitualmente echados sobre las camas, con aire hosco. Pero, apenas reconocen a Jorge sus rostros se iluminan, se levantan inmediatamente y se acercan: saludos cordiales, abrazos. Hechas las presentaciones, la conversación se anima… nos ofrecen café, te – lo que nunca hay que rechazar -. Se interesan por mí, y la pregunta surge: “¿cuándo vendrás tú también a visitarnos?”

Obtuve la lista completa de los presos: nombre, edad, nacionalidad, fecha de entrada, número de celda… Alrededor de 750 encarcelados de todos los países imaginables, de los cuales, la mitad son musulmanes, sobre todo magrebíes. Puedo consultar sus dossiers judiciales, pero, por el momento, excepto en caso de necesidad, prefiero no hacerlo. Prefiero encontrarme con cada uno de ellos sin ningún prejuicio, acogiendo con sencillez y respeto lo que quieran contarme.

Si, a propósito de estas visitas a la cárcel, tuviese que señalar cuál ha sido mi primera impresión, la que más me ha impresionado, y cuáles son mis sentimientos más espontáneos, diría que ha sido sin duda esa extraña simpatía que he experimentado con todos los presos. Cierto, no he tenido que ver con criminales abominables o crapulosos… sin embargo, los que visito no son pequeños corderos inocentes. ¿Por qué, pues, ese sentimiento?: Juzgados y reconocidos culpables, completamente despojados de todo, ahí están, pasivos, en un rincón de su celda, en un estado de desnudez total. Raramente se encuentra lo humano –y por consiguiente se encuentra uno a sí mismo– a semejante nivel de verdad.

A partir de ahí, solo la mirada cuenta: “¿Piensas que hay aún en mí algo bueno?” Con avidez buscan esa mirada que les daría una nueva razón de existir.

En el “Poverello” me señalan el caso, el de Serge M. -“¿Puedes ir a verlo”?, me pregunta Claire, explicándome de qué se trata. Serge, está gravemente enfermo de cáncer y se encuentra en Saint Gilles, después de haber cumplido otros tres años de cárcel en Nivelles, y ¡aún le quedan 15! – ¿Y su familia?: Su mujer lo ha abandonado, y sus tres hijos, a los que quiere enormemente, han sido colocados en Instituciones de caridad. Eso es todo. No tiene a nadie más. Fui a visitarlo.

Lo encontré en una triste y pobre celda del sector de la enfermería. Acababa de ser operado en la víspera. Es un pequeño hombre, solo pesa 40 kilos, de barba hirsuta y aspecto frágil y agotado. “Perdone que no hable mucho –me dijo– me han operado en la boca”.

A pesar de todo hablamos, en primer lugar y sobre todo, de sus hijos. Me enseña sus fotos, y las mira con ternura; me dice sus nombres. “Es por ellos por lo que tengo que vivir”; son sus hijos que probablemente mañana vendrán a verlo. Y luego, más fotos; esta vez son sus amigos del “Poverello”; Jean, Claire, Béatrice… su verdadera familia desde hace 20 años “Como se encuentran mis viejos amigos?”

Cuando me levanto para marcharme, con una voz de sufrimiento, me pregunta: ¿No tendrías un cigarrillo?, ¡tengo tantas ganas de fumar!, nadie lo sabrá – añadió – “lo fumaré cerca de la ventana por la noche.” Tenía un paquete entero en el bolsillo, pero me vi obligado a decirle que no tenía… Era un martes por la mañana; sus hijos vinieron a verlo el miércoles; el jueves por la noche murió…

Un reducido número de personas vinieron a su entierro, entre las cuales algunos amigos del “Poverello” y otros de Nivelles, y sus hijos. Los reconocí. Raramente he participado en una celebración tan emotiva y tan bella. Acompañando su cuerpo al cementerio, un pensamiento me venía sin cesar: el cigarrillo que no le había dado… Serge, con su pesada deuda de 15 años se ha marchado. Ha escapado a la justicia de este mundo, para ponerse en las manos de la justicia, infinitamente más humana, de Dios.

Complejidad y límites de la Justicia: siempre preguntando, siempre rebatiendo, siempre inventando de nuevo… Pero, es en la compasión junto a los pobres y excluidos donde se decide lo esencial de la lucha en favor de un mundo más justo. Ahí se encuentra todo el Evangelio: el Reino y su Justicia.  Era el sueño de Jesús de Nazaret cuando veía las muchedumbres sedientas de vida y aplastadas por el peso inhumano de la Ley. Él sentía compasión.”

Pedro Burgos, mafr

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