“Queridos Amigos,   Saludos desde Tanzania.   ¿Qué haces tú por ahí, a tus años?, me preguntan algunos. Os cuento:

Estoy solo en nuestra casa-residencia esperando el relevo de vigilantes. Son las 6’30 de la mañana. El de día no llega y autorizo al de la noche a que se vaya después de guardar el fusil en su cofre de metal incrustado en la pared. El de turno de día, sigue sin llegar y yo me tengo que ir a celebrar Misa, pues es Domingo y, a la vez, día de San José.

Por fin, a las ocho, veo en la cancela su figura tambaleante. Intenta abrirla y cerrarla varias veces. Parece como ebrio. ¡Pero, si él jamás bebe alcohol! Me acerco a verle y se me desploma en el suelo. Como sé que tiene problema de azúcar pienso en un coma diabético.

¿Cómo meterlo en mi coche con mis huesos descalcificados? Encomiendo mi esqueleto a Dios y lo intento. A la quinta vez, como los malos toreros al descabellar, lo consigo. Ya en el coche me interno de paso en el barrio donde vive para dar la noticia y ver si podemos entrar en su casa y coger su documentación para el Hospital.

Me paro en su casa. Me dicen que ya no vive allí, que es más lejos. Me vuelvo a parar, como medio kilómetro más adelante…, y enseguida una multitud de gente rodea el coche: unos para informar y la mayoría para curiosear. Me cuesta abrir la portezuela del coche para salir, pero salgo y voy a pie donde me dicen que vive ahora. Por suerte el dueño que le alquila la habitación se ofrece a acompañarnos al Hospital. No hemos podido entrar en su cuarto. No veo mi pequeño Suzuki-Jimny: cientos de curiosos, como un enjambre casi me lo oculta. Decidimos llevarlo al Hospital Hindu, pues el gran hospital de Bugando tiene tanta burocracia antes de atender al enfermo, que se nos moriría antes de acabar los trámites introductorios.

En el trayecto hacia el hospital nuestro enfermo entra en convulsiones, que me impiden conducir con seguridad. El acompañante, un año mayor que yo, le sujeta como puede desde el asiento de atrás. Babea hasta el suelo, su camisa es un rio de baba (después volveré a casa para llevarle una mía). Ya en la puerta del hospital, los dos octogenarios le cogemos (con fuerzas caídas del cielo, súbito regalo divino) hasta ponerle en una silla de ruedas.

Gracias a Dios, antes de todo papeleo administrativo, lo atienden de inmediato. Controlan su azúcar y le ponen una gota gota. Como media hora después abre los ojos y comienza a reconocernos y a hablar.  Milagrito de San José. Gracias, Patrono ¡Cuando vuelva a casa celebraré la Santa Misa! ¿Vale? MORALEJA: Si no hubiese estado aquí este hombre nos deja. Se hubiese ido al Otro Barrio. Al Definitivo”.

José Sotillo

José Vicente Sotillo, mafr

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