Eclesiástico 3,2-6.12-14   —   Colosenses 3,12-21   —   Lucas 2,22.39-40

El que se hable y escriba tanto sobre la familia indica que ésta se ha hecho problemática. Y no sólo porque las parejas homosexuales quieran casarse y crear una “familia”. Me ha ocurrido varias veces que he escuchado a católicos criticar a la “familia” religioso a la que pertenecía alguno de sus miembros: “Pretenden que la comunidad es su “familia”, pero entre ellos no se comportan como hermanos o hermanas. Como resultado de los dos sínodos sobre África (1994, 2004) se ha aplaudido mucho la expresión “Iglesia-Familia”, que se propuso a partir de la vivencia africana (que se dio también en otras regiones antes del siglo XX) de la familia tradicional. Pero en la familia tradicional, no se daban las profundas diferencias sociales y económicas que se observan al interior de la comunidad católica, por ejemplo entre el Norte y el Sur. Ni tampoco se mataban entre ellos al contrario de lo que hicieron muchos cristianos en Europa y África. ¿Qué sentido puede tener entonces esta celebración de la Sagrada Familia, que comenzó en el siglo XVII en Canadá, se convirtió en fiesta litúrgica en 1893, y se celebra desde la reforma litúrgica de 1969 el domingo que sigue a la Navidad?

Todavía hoy en muchas partes del África subsahariana, “mamá” no es sólo la madre biológica sino también la hermana (o hermanas) de la madre. Y llaman “papá” al padre biológico y a cada uno de sus hermanos. Esta costumbre provoca a veces confusión entre los no africanos. Indica sin embargo que en el pasado la palabra “familia” evocaba ante todo eso que hoy llamamos “familia extensa”. Lo cual ocurría también en mi infancia en el pueblecito pirenaico de mi madre, y siempre en Nazaret, el pueblo en el que creció Jesús hace dos milenios. Y así es como, según San Marcos, en un momento dado los “suyos”, es decir “su madre y sus hermanos” vinieron a buscar a Jesús porque pensaban que se había vuelto loco (Marcos 3:21+31). La familia de Jesús no estaba formada exclusivamente por María y José, contrariamente a lo que la devoción popular imagina hoy. Pero entonces qué sentido hay que darle a la “Fiesta de la Sagrada Familia”, dado que existen hoy “familias” extensas”, “familias” nucleares (sólo los padres biológicos y sus hijos), “familias” monoparentales, “familias” recompuestas, “familias” religiosas, Iglesia-“familia”, y “familias” con una pareja homosexual como padres?

En el capítulo 2 de san Lucas, del que leemos este domingo un trocito (¿Por qué nos presentan tan a menudo textos tan pequeños y desmenuzados?), el evangelista hace dos veces referencia a la vida de Jesús en “familia”: “El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba” (Lucas 2: 39-40) y ‘”El bajó con ellos a Nazaret, y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres” (Lucas 2: 51-52).

Muy probablemente, la “familia” en la que Jesús vivió no coincide del todo con ninguna de las muchas “familias” que encontramos en un mundo tan complejo y diversificado como el nuestro. Y sin embargo sigue siendo modélica en cuanto que fomentó el desarrollo humano y espiritual de Jesús, como niño primero y luego como adolescente. Y ello a pesar de que el comportamiento del Jesús adulto les resultara tan extraño. No cabe duda de que esa “familia” pudo influir en Jesús mucho más de lo que pueden nuestras familias contemporáneas, poco importa su formato, que sufren la competencia de la escuela, de las redes sociales y de la sociedad en general. Lo cierto es que sólo puede decirse cristiana, no la familia que busca educar al niño para convertirlo en una copia de sus padres, sino la que busca el desarrollo humano y espiritual de su personalidad, que es única a imagen del Dios único. Recordad el texto de Khalil Gibran que leíamos en La Marsa con padres que estaban preparando el bautizo de su hijo: Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen”. En eso es en lo que la Familia de Nazaret ha sido y sigue siendo nuestro modelo.

Ramón Echeverría, mafr

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