Isaïe 60, 1-6   —   Ephésiens 3,2-3a.5-6   —   Matthieu 2,1-12
 
En primer lugar tengo que repetir lo que escribo cada año: mi admiración por San Mateo que escribió su evangelio para una comunidad cristiana de mayoría judía y que tuvo el valor de ofrecernos un “midrash” según el cual los primeros en reconocer a Jesús como Salvador fueron no judíos, paganos. ¡Qué ejemplo de apertura al otro, al extranjero, al no cristiano…!
Permitidme que en segundo lugar, intente explicar el término “midrash”. Se trata sencillamente de un “comentario” judío de eventos y textos bíblicos. Puede hacerse de muchas maneras. A veces se trata de encontrar nuevas interpretaciones a una antigua ley. A veces se busca un valor alegórico a las palabras de un texto. A menudo se reacciona ante un hecho o una historia, imaginando lo que no está escrito en el texto y que podría aplicarse mejor a una situación presente. Hoy lo llamaríamos “Comentario artístico”. Como cristianos, creemos que todos esos “midrash”, esos comentarios tan abundantes en el Antiguo y a veces también en el Nuevo Testamento, fueron inspirados por el Espíritu de Dios.
Desgraciadamente una especie de racionalismo excluyente nos ha hecho olvidar a menudo la importancia espiritual, humana y cristiana del “midrash” hebreo o de sus equivalentes en las otras culturas. Pero afortunadamente nunca desaparecieron esos ‘comentarios’: se transmitieron en los capiteles y frontispicios de nuestras iglesias; en las meditaciones según San Ignacio, en las que la imaginación juega un papel importante; en los cuadros que representan escenas bíblicas y de los evangelios… o en el belén de ébano negro que un compañero padre blanco compró para una parroquia en Dar es Salaam.
¿Por qué esta explicación sobre el “midrash”? Sencillamente porque estamos celebrando la fiesta de Epifanía de manera ‘midráshica’, como una especie de comentario popular muy cristiano en su contenido, construido a partir del texto de Mateo sobre los magos venidos de Oriente.
Puesto que habían ofrecido tres regalos muy costosos, oro, incienso y mirra, el cristiano Orígenes, a finales del siglo tercero, sacó la conclusión de que eran tres reyes. Leemos sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar en un mosaico del siglo sexto en Ravena. Aparecen en los relieves de las iglesias de la edad media y en pinturas a partir siglo 14. El italiano Giotto nos presenta a Gaspar, rey anciano de Tarso, acompañado por Melchor que ofrece incienso de Arabia, y por Baltasar, joven rey de piel negra que trae mirra del Yemen. Desde entonces para la mayoría de los artistas y para el pueblo cristiano, Melchor, el más anciano, es europeo y blanco; Gaspar, de tez morena, es árabe; y Baltasar, joven y negro, africano.
Lo llamativo es que ese comentario artístico y popular se llevó a cabo plenamente según el espíritu de apertura y de universalidad del evangelio según San Mateo. Y ello a pesar de que durante ese mismo período de la historia europea, los árabes se habían convertido en los enemigos a quien combatir, y los negros en esclavos que podíamos exportar al Nuevo Mundo. El escudo de mi Navarra nativa lleva cadenas en recuerdo de una victoria que tuvo lugar en 1212 contra el califa árabe andaluz Muhammad an-Nasir. Y fue el dominico Bartolomé de Las Casas quien sugirió que se podía exportar negros africanos hacia América para sustituir en los trabajos forzados a los indios nativos cuya humanidad era necesario respetar.
Así que en esta fiesta de la Epifanía el Espíritu de Jesús me invita a dar gracias a Dios por dos cosas: por la valentía del evangelista Mateo, que invitó a los cristianos judíos a abrirse al mundo pagano. Y por la imaginación del pueblo cristiano que, con la historia de los tres Reyes Magos, ha transmitido a las generaciones futuras el espíritu del evangelista San Mateo.
Para quienes, al menos por los encierros de toros, han oído hablar de la “Fiestas de San Fermín”, hay un tercer motivo para dar gracias a Dios. Desde 1657 unas figuras de gigantes que bailan, 4 parejas, rey y reina, amenizan las fiestas para el gozo de los niños y de sus padres. Una pareja representa a reyes árabes, otra a reyes africanos.
Ramón Echeverría, mafr

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