Semana Santa, 9 al 16 de abril 2017

 

Domingo de Ramos. Algunas parroquias se llenarán a tope. Se diría que la procesión del domingo de Ramos gusta más que la liturgia sobria y austera del Viernes Santo o que la larga, por su contenido rica Vigilia Pascual. Me tienta calificarla como una especie de “recuperación”: escogemos en la tradición lo que nos conviene, procurando que no nos moleste y que nos cuestione lo menos posible… Seremos numerosos los que nos identificaremos gozosamente con la multitud que extendía sus mantos por el camino y gritaba “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Pero ¿tendremos la honradez y la valentía de identificarnos también con esa misma multitud cuando griten “Crucifícalo, crucifícalo”?

No hay duda de que sería injusto generalizar al hablar de este tema. De hecho, allí donde he vivido, siempre me han impresionado el silencio y el recogimiento de la gente, numerosa a menudo, que se reunía a las tres de la tarde para el Viacrucis del Viernes Santo. No se identificaban con Jesús, – ¿quién se atrevería a hacerlo? –, pero lo acompañaban, y hasta sufrían con él en sus caídas y humillaciones. A punto de comenzar la Semana Santa encuentro en eso una lección para todos nosotros: la de aceptar que nadie es capaz de identificarse con Jesús.

Es verdad que la Vigilia Pascual, haciéndonos revivir con sus lecturas bíblicas el magnífico proyecto de Dios para nuestra humanidad, nos invitará a participar en la alegría del Resucitado y en la de sus discípulos. Pero no podemos olvidar que esos mismos discípulos lo habían abandonado cuando lo detuvieron en Getsemaní y que Jesús se encontró sólo durante su pasión. Los discípulos no se atrevieron a identificarse con él. Lo harían más tarde, cuando el resucitado, que vivía en comunión con ellos, les transmitiría su fuerza y su espíritu. La mayoría de esos discípulos acabarían martirizados. Pero durante la Pasión, cuando los discípulos contaban sólo con sus propias fuerzas, Jesús se quedó sólo.

La tentación de “contar sólo con nosotros mismos” sigue dándose hoy, especialmente en nuestra relación con el Misterio que es Dios, y en un mundo contemporáneo dominado por ideologías individualistas. Pero no creo que sea éste el momento de detenernos en ello. Más bien yo me siento invitado durante esta Semana Santa a asumir la soledad de Jesús. A meditar sobre lo que él ha vivido y que yo sería incapaz de vivir. A observar cómo, perdonando a sus enemigos, ha revolucionado todos los parámetros de la acción política. A estar sencillamente a su lado, aunque que no me habría atrevido a hacerlo hace dos mil años. A sufrir con él viéndole sufrir, aunque sea un poquito…

Puesto que la muerte fue el momento más decisivo de la vida de Jesús, muy pronto los discípulos meditaron sobre ella, se la describieron unos a otros, recogiendo toda la información que pudieron. Por eso los tres días de su pasión ocupan una enorme parte de los evangelios. Pero hay en el evangelio de Marcos una frase extraordinaria que representa bien lo esencial de esos tres días. Según este evangelio, que en su brevedad refleja los sentimientos más fundamentales de la comunidad cristiana, en vida de Jesús los discípulos experimentaron enormes dificultades para comprender y aceptar quien era él. Fue sólo en el momento de su muerte cuando “el centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo “Realmente este hombre era Hijo de Dios´´”.

Que es precisamente a lo que estamos invitados durante esta Semana Santa: A identificarnos con el centurión romano; a permanecer junto a Jesús; a verlo morir; y a aceptar que al hacerlo Él es el Hijo de Dios.

 

Ramón Echeverría, mafr

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